326. El verso por excelencia de Juan de Mena es el verso de arte mayor, que lo trabajó más que ninguno de sus predecesores. Es de origen gallego, como dijo Santillana, y sirvió durante todo el siglo xv para la poesía erudita y elevada. Responde al decasílabo francés con cesura después de la quinta, y sin duda vino de Francia, no derechamente, sino mediando Galicia, como se ve por las Cantigas:

"Por ende un miragre | aquesta reyna
Sancta fes muy grande | á una mesquina".

Y en el Cancionero del Vaticano (núm. 462):

"Baylemos nos ja todas, todas, ay, amigas,
Sō aquestas avelaneyras floridas;
Ε quem por velida como nós velidas,
Se amigo amar,
Sō aquestas avelaneyras floridas
Verrá baylar".

Parécese al endecasílabo anapéstico ó de gaita gallega, propio de la muñeira, esto es, al endecasílabo con acento en 4.ª y 7.ª. Es tan evidente el parentesco entre el dodecasílabo y el endecasílabo anapéstico, como el que ambos metros tienen con el decasílabo de los himnos (verso de nueve sílabas de los franceses). La octava, con estos versos formada, parece fué obra de los castellanos en el siglo xiv y se halla por primera vez en el Deytado sobre el cisma de Occidente, del canciller Ayala. Duró hasta mediado el siglo xvi, en que le sustituyó el endecasílabo italiano. Han tratado del arte mayor Morel-Fatio, L'Arte mayor et l'Hendécasyllabe dans la poésie castillane du xve siècle et du commencement du xvie, extracto de la Romania, t. XXIII, París, 1894; M. Pelayo, Antol. de poet. lír. cast., t. XIII, pág. 199, etc.; Milá y Fontanals, Obras, t. V, pág. 324, etc.; Cascales, Tabl. poét., Madrid, 1779, pág. 99; Alonso López Pinciano, Philosoph. ant. Poetica, Madrid, 1596, pág. 286; Juan del Enzina, Arte de poes. cast.; Nebrija, Gram. castellana; sobre todo Foulché-Delbosc, Revue Hisp., 1902, pág. 75, etc., traducido por Bonilla, Juan de Mena y el Arte Mayor, Madrid, 1903.

Juan de Mena, Cancionero, ed. R. Foulché-Delbosc, en Cancionero Castellano del siglo xv, 1, Nueva Bibl. de Aut. Esp., t. XIX, páginas 120-221; El Laberinto de Fortuna, ed. R. Foulché-Delbosc, Mâcon, 1904.—Consúltense: R. Foulché-Delbosc, Étude sur le "Laberinto" de Juan de Mena, en Revue Hispanique (1902), t. IX, págs. 75-138 [con disertación sobre el arte mayor y bibliografía de Mena]; A. Morel-Fatio, L'arte mayor et l'hendécasyllabe dans la poésie castillane du xve siècle et du commencement du xvie siècle, en Romania (1894), t. XXIII, 209-231; John Schmitt, Sul verso de Arte mayor, en Rendiconti della Reale Accademia dei Lincei (classe di scienze morali, storiche e filosofiche), 5.ª serie, Roma, 1905, t. XIV, págs. 109-133; F. Hanssen, El Arte Mayor de Juan de Mena, en Anales de la Universidad de Chile (1906), t. LXVIII, págs. 179-200; M. Menéndez y Pelayo, Antología de poetas líricos, etc., t. V, págs. CXLVIII-CCVI; B. Sanvisenti, I primi influssi di Danti, del Petrarca e del Boccaccio sulla letteratura spagnuola, Milano, 1902, págs. 81-125; C. R. Post, The sources of Juan de Mena, en The Romanic Review (1912), t. III, págs. 223-279.

327. Año 1439. Juan Rodríguez de la Cámara ó del Padrón, por el lugar en Galicia de su nacimiento, es el último de los trovadores de la escuela gallega. Nació á fines del siglo xiv y murió á mediados del xv, de familia antigua y linajuda, pero sin muchos haberes. Educado en los libros de caballerías del ciclo bretón y en los de linajes, que no eran menos fantásticos, entró al servicio del cardenal don Juan de Cervantes, gallego de origen y Obispo de Segovia en 1442 y Arzobispo de Sevilla en 1449, como trovador suyo, y parece le acompañó al Concilio de Basilea, donde ya estaba aquel prelado en abril de 1434. Entre los familiares del Cardenal se contaban El Tostado, Juan de Segovia y Eneas Silvio, después Pío II, con quienes sin duda adquirió su caudal clásico, no menos que en sus viajes por Italia en compañía del mismo Cardenal. También parece estuvo en Tierra Santa, quizá como consecuencia de amores desventurados en la corte de Castilla, después de dejado el servicio del cardenal Cervantes, siendo acaso paje de don Juan II, y haciendo de vergonzoso en palacio con una "grand señora", á quien "prendió por señora y juró su servidumbre", y ella cada día le mostraba más "ledo semblante"; pero perdióle la soltura de su lengua y el confiarse á un amigo, pues sabido por ella el quebrantamiento del secreto, se indignó de suerte que él se retrajo "al templo de la gran soledat, en compañía de la triste amargura, sacerdotisa de aquélla", y se desahogó haciendo tan duras penitencias como Beltenebrós en la Peña Pobre y escribiendo El siervo libre de Amor. No hay en esta novela romántico-caballeresca alusión alguna á fecha posterior á 1439, y para cuando se compiló el Cancionero de Baena, que fué antes del 1445, ya había entrado fraile Juan Rodríguez, no se sabe si en Jerusalén. Ignórase igualmente qué dama fuese aquélla, y hay quienes han escrito novelas creyendo fuese uno doña Juana, mujer de Enrique IV y madre de la Beltraneja, otro doña Isabel de Portugal, segunda mujer de don Juan II, aunque los dos fantasean como novelistas. Ello es que Juan Rodríguez, si no murió trágicamente, como también soñaron otros, sufrió largo y penoso destierro, hasta que en el claustro de Herbón, que contribuyó á edificar con sus bienes patrimoniales, halló tranquilidad entre los franciscanos. Su vida fué, pues, una novela romántica y tal es el fondo biográfico, sin duda, de su obra principal, El siervo libre de Amor (1439-1440), como de un nuevo Macías, de quien él se dice amigo y fué su dechado de vida. Esta novela romántica en prosa y en verso se divide alegóricamente en tres partes: "la primera parte prosigue el tiempo que bien amó y fué amado, figurado por el verde arrayán..., la segunda refiere el tiempo que bien amó y fué desamado, figurado por el arbor de paraíso..., la tercera y final trata el tiempo que no amó ni fué amado, figurado por la verde oliva...". Es una obra en que hay que distinguir dos partes, la de su autobiografía y la novela caballeresca y sentimental Estoria de los dos amadores Ardanlier e Liesa, de pura invención. La primera está inspirada en la Fiammetta, de Boccaccio; la segunda, en las ficciones del ciclo Bretón, incluso el Amadís de Gaula, en los viajes aventureros de españoles, como don Pero Niño "á la dolce Francia", de Mosén Diego de Valera á Hungría, Polonia y Alemania, y en acontecimientos románticos reales. No es obra caballeresca enteramente, pues juega más el amor que el esfuerzo, ni hay elementos sobrenaturales de magia y encantamientos, sino del género de la novela sentimental, como la Cárcel de Amor y la Menina é Moça de Bernardim Ribeiro.

El Triunfo de las donas en elogio de las mujeres, refutando á Boccaccio, cuya sátira feroz contra ellas en Il Corbaccio ó Laberinto d'Amore fué muy leído é imitado en el siglo xv, fué dirigido por Juan Rodríguez á la reina doña María y trae 50 razones sobre las excelencias de la mujer sobre el hombre, con muchas autoridades "divinas, naturales y humanas", que en sus manos resultan á veces chistosos disparates. La cadira del honor ó Tratado de la nobleza ó fidalguía es un panegírico, y en él alude á otra obra sobre lo mismo, el Oriflama, cuyo manuscrito había dejado en Padua ó Venecia. También se cree tradujo las Heroidas de Ovidio, que se conocen con el título de Bursario, que le dió su autor.

Fuera de las seis composiciones líricas insertas en El siervo libre de Amor, consérvanse unas 14 en los Cancioneros, general, de Baena, de Stúñiga, de Herberay des Essarts y los dos de la Biblioteca Real. Todas son de amores, menos la mejor de ellas, la Flama del divino rayo, himno de su conversión; de las otras recordemos Los siete gozos de Amor, Los diez mandamientos de Amor, la canción Ham, ham, huyd que ravio. Pero la prosa de Juan Rodríguez es mejor que sus versos, y su vida romántica, más curiosa que sus versos y su prosa. Con ser gallego, no se sabe escribiese más que en castellano, al cual trajo el sentimentalismo apasionado y misterioso y el sentimiento de la naturaleza, cosas propias de su raza y elementos verdaderamente poéticos siempre y más extraños en aquella sociedad cortesana de poetas cultos y eruditos. La erudición, que también le sobra á Juan Rodríguez, la debe al clasicismo, que aprendió en Italia. Si fuesen suyos los tres romances del British Museum, del Conde Arnaldos, Rosa florida y la Infantina, sería el primer poeta que puso su nombre á un romance y de los mejores poetas de su siglo; pero el ritmo afeminado y lánguido de Juan Rodríguez hace dudar sean suyos tales romances.

328. El apellido Cámara parece en el Tumbo de la iglesia Iriense, dado á conocer por el P. Fita y el canónigo Ferreiro (Monumentos antiguos de la Iglesia Compostelana, pág. 6, Madrid, 1883; Recuerdos de un viaje á Santiago, por el P. Fita y don Aureliano Fernández Guerra, Madrid, 1880, cap. VIII). Probablemente nació en La Rocha, lugar cerca de El Padrón, y donde pone las principales escenas de su novela El siervo libre de Amor. Tuvo gran reputación entre los genealogistas, quienes citan un nobiliario suyo, que no se conoce. Hay quien cree que viajó hasta por el extremo Oriente. Las palmas que crecen en el huerto de los franciscanos de Herbón dicen los gallegos que las trajo él de Tierra Santa. La pasión con la dama cree M. Pelayo fué ilícita y adúltera, como solían serlo los amores trovadorescos, y tal creía en el siglo xvi el que forjó sobre ellos una novela, suponiendo fuese la tal dama la reina doña Juana: hállase en un códice de la Biblioteca Nacional, y publicóla Pedro José Pidal en la Revista de Madrid (noviembre de 1839), reproducida en las notas del Cancionero de Baena y en las Obras de Juan Rodríguez del Padrón. Pero ni Juan Rodríguez era aragonés, como allí se dice, ni el tiempo concuerda, como ni el del que cree fuese doña Isabel de Portugal, cuyo matrimonio con don Juan II fué el 1447, cuando para el 1445 estaba compuesto el Cancionero de Baena, donde se lee: "Juan Rodrigues del Padrón quando sse fué meter frayre á Jerusalén..., en despedimiento de su señora" (núm. 470), de modo que fuera allí ó en otra parte donde se metió fraile, para entonces ya lo era. Hízose popular su vida y amor romántico. Garci Sánchez de Badajoz escribió, hablando del infierno simbólico: "Vi también á Juan Rodríguez | del Padrón decir penando: | "Amor, ¿por qué me persigues? | ¿no basta ser desterrado? | ¿aún el alcance me sigues? | Este estaba un poco atrás, | pero no mucho compás, | de Macias padeciendo, | su misma canción diciendo: | "Vive, leda, si podrás". Canción que trae Baena, la recuerda la novela anónima y la cita Valdés en el Diálogo de la lengua. Su trágica muerte se inventó igualmente para asemejarle á Macías, de quien se decía amigo y el único "merescedor de las frondas de Dafne". Sobre su profesión, Wadingo, Scriptores Ordinis Minorum, artículo Fr. Juan de Herbón: "Minorum subiit institutum in patria, ubi, concessis facultatibus coenobio construendo, vitam duxit religiosissimam. Floruit sub annum 1450". Del Siervo libre de Amor sólo hay una copia muy incorrecta en el códice Q. 224 de la Bibl. Nac., de donde se sacaron las dos ediciones: la de Manuel de Murguía, en su Diccionario de escritores gallegos, Vigo, 1862, y la de Paz y Meliá, en las Obras de J. Rodríguez, 1884. Del Triunfo de las donas se conocen dos códices: el de la biblioteca del Duque de Frías y el de la Nacional. De la Cadira los hay en el Museo Británico, en la Academia de la Historia y entre los manuscritos de la casa de Osuna, hoy en la Nacional. El portugués Fernando de Lucena tradujo al francés el Triunfo (1460), del cual hay dos manuscritos: uno en la Biblioteca de Bruselas; Brunet cita una edición de 1530.