390. Las Coplas de Guillén de Segovia en el Cancionero general del Castillo (ed. Soc. Biblióf. españ., 1882); Poesías, ed. H. R. Lang, (en prensa). Consúltense: Fernando de la Vera, Traducción en verso del Salmo L de David "Miserere mei Deus" y noticia de versiones poéticas que de dicho Salmo se han hecho en lengua castellana y de sus autores, Madrid, 1879, págs. 104-133; O. J. Tallgren, La Gaya o Consonantes de P. G. de S., etc., en Mémoires de la Société néo-philologique de Helsingfors (1906), t. IV, págs. 1-49; H. R. Lang, A propos of "Caçafaton" in the Rhyme Dictionary of P. G. de S., en Revue Hispanique (1906), t. XVI, págs. 12-25; Η. R. Lang, The so-called "Cancionero" of P. G. de S., en Revue Hispanique, 1906, t. XIX, págs. 51-81.
391. El año 1474 es célebre por el advenimiento de los Reyes Católicos y la introducción de la imprenta en España, habiéndose publicado con aquella fecha en las prensas de Lamberto Palmart, de Valencia, el primer libro intitulado Obres o trobes en lahors de la verge María. Estas trobas fueron escritas por 44 poetas, catalanes los más, pero en lengua valenciana, menos Francisco de Castalvi, Francisco Barceló, Pedro de Civillar y "hum Castellá sens nom", que lo hicieron en castellano. Siguieron el Certamen poetich, el Comprehensorium, el Salustio. Desde 1476 tuvieron imprentas Barcelona, Zaragoza y Sevilla, desde 1480 Salamanca, desde 1482 Zamora, desde 1483 Toledo y Valladolid, desde 1485 Burgos, desde 1487 Murcia. Desde 1485 había en Lisboa tipografía hebraica.
Con harta razón escribió el Cura de los Palacios que en tiempo de los Reyes Católicos "fué en España la mayor empinación, triunfo é honra é prosperidad que nunca España tuvo".
Los Reyes Católicos.
(Capilla de los Reyes, Granada).
Aunáronse por manera maravillosa el varonil espíritu de justicia para poner á raya á los desaforados magnates en doña Isabel y su señoril afición y amparo de las artes y todo linaje de cultura, con el genio político y la bizarría militar de don Fernando. El abatimiento del poder real y los desmanes de los señores pedían los extremos de rigor, que algunos hoy condenan, pero que fueron los únicos que podían poner coto, como lo pusieron, á las desapoderadas ambiciones de los grandes, y eran necesarios para afianzar el poder real, asegurar las vidas y haciendas y abrir la nueva era de paz y de justicia en todas las clases y órdenes de la sociedad.
La política y el valor militar hicieron la unidad nacional, uniendo para siempre Aragón á Castilla, venciendo á Portugal, desarraigando la morisma, recobrando el Rosellón, incorporando á Navarra, reconquistando á Nápoles, abatiendo el poder francés en Italia y en el Pirineo, abriendo camino en Orán para el señorío de África, descubriendo nuevos mundos, preparando la anexión á la monarquía de nuevas provincias en Europa é imponiendo la hegemonía española en todo el mundo. La estimación que á las artes y buenas letras se otorgaba en la corte atrajo á los de fuera y despertó los ingenios españoles, echando las zanjas, no menos que del señorío político, del engrandecimiento artístico y literario de nuestro siglo de oro.
No son gérmenes tan sólo los que el reinado de los Reyes Católicos apuntan. Aunque los Boscanes y Garcilasos en poesía y los Guevaras y Valdés en prosa esperasen para venir los tiempos del Emperador, La Celestina y el Romancero, la Cárcel de Amor y el Diálogo de Cota, las obras de Jorge Manrique y Juan del Enzina, de Diego de Valera, Hernando del Pulgar, de Torres Naharro, Gil Vicente y Alonso de Herrera, son de esta gloriosa época de los Reyes Católicos. Jamás la sencilla naturalidad, la desafectada elegancia, el fresco realismo, la señoril gravedad se manifestaron con tan juvenil frescura y pujanza tan varonil como en la literatura de aquella época. Nebrija, Hernán Núñez y Sobrarias asientan los cimientos de las humanidades. Los dos Montalvos abren nueva era á la jurisprudencia el uno, á la novela caballeresca el otro. Íñigo de Mendoza y Juan de Padilla fundan la poesía mística, y un sinnúmero de anónimos anuncian la mística prosaica. Juan del Enzina y Lucas Fernández, los López y Calderones de aquella época, según ha dicho un crítico, si no tan grandes en extensión y amplitud, en cantidad y variedad, son, en cambio, más sencillos y delicados, más castizos y nacionales en asuntos, estilo y lenguaje, más populares y menos eruditos, más naturales y menos afectados, más del terruño y personales y menos metafísicos y exagerados. La égloga y el villancico, la comedia pastoril y de costumbres entraron en sus obras por un cauce tan natural y tan nacional como la gran comedia y la levantada tragedia en la jamás igualada Celestina. Y es que en la época de los Reyes Católicos la persuasión del propio valer en la gente española, despertada al estruendo de tantos triunfos y maravillosos acontecimientos, la hizo volver sobre sí, y sacudiendo de sí los escritores las puerilidades en que hasta entonces se habían entretenido, sobando los sosos y ficticios decires de la muerta y erudita escuela galaico-portuguesa, las no menos extranjerizas trovas de la simbólica imitación dantesca y petrarquesca, á lo Juan de Mena y sus discípulos, sacaron del fondo popular y verdaderamente nacional los tesoros enterrados y hollados soberbiamente siglos había por los antiguos eruditos, y aliándose los eruditos con los populares, haciéndose todos unos, comenzaron á cantar y á escribir en romance puro y castizo, desenterraron la épica nacional del Romancero, ennoblecieron las villanescas y cantarcillos populares, pintaron los rufianes y celestinas, las hembras del partido y los pastores, tal cual eran en España, haciéndoles hablar el popular lenguaje; en una palabra, dejándose de extrañas erudiciones y de imitaciones falseadas, nuestros escritores sacaron del pueblo el arte verdaderamente nacional, que yacía menospreciado y desconocido. Eso y nada más que eso es el Romancero, la Celestina, las Églogas y farsas de Juan del Enzina y Lucas Fernández, la mística de Íñigo de Mendoza y Juan de Padilla, el lenguaje de Pulgar, Valera y Herrera.
El Renacimiento italiano coloreó después esas cristalinas y nacionales aguas, dándoles ciertos elegantes tornasoles, que volvieron á encandilar á nuestros eruditos, y desviados de la vereda natural y segura, que es la popular, tornaron á despepitarse por todo lo extraño, desbocándose sin freno en la afectación y en el artificio hasta despeñarse en el gongorismo y conceptismo en el siglo xvii. Por eso para mí, si la literatura del siglo xvi es oro, la del último cuarto del siglo xv son puros diamantes, y el oro de los Valdés, Leones, Teresas, Quevedos, Góngoras y Lopes es el que supieron sacar del minero castizo y popular, y la mayor grandeza de Cervantes débese á que supo hermanar cual ninguno el metal español con el clásico greco-romano, tomando de éste lo exquisito de su elegancia y de aquél lo acendrado de su realismo.
392. "Dos grandes hechos que aceleraron su progreso durante este reinado, dice M. Pelayo (Antol., t. VI, pág. clxxix), y abrieron las puertas de una nueva era. Estos hechos son la influencia triunfante de los humanistas y la introducción de la imprenta en nuestro suelo". Tiene razón, si de la cultura en general se trata y de la erudición; pero M. Pelayo, como erudito y humanista, no suele tener ojos más que para cuanto á esa cultura y erudición clásica atañe, y no ahonda en el elemento popular, raíz única del verdadero arte literario, que es el nacional. Las grandes obras literarias del reinado de los Reyes Católicos deben muy poco al clasicismo y á la erudición exótica. Ya las hemos citado. Toda su fuerza y valer les viene del elemento popular y castizo que sus autores supieron apropiarse. Baste un ejemplo. Lo tomado de la erudición clásica en la Celestina es lo único que la mancilla, el hablar humanístico y el extemporáneo aludir á erudiciones greco-romanas; lo que la hace inmortal es el realismo español, los caracteres castizamente dibujados y el habla popular. Nada se diga de las escenas sayagüesas de Lucas Fernández y Juan del Enzina, de los cantarcillos populares, del vulgar lenguaje, ni del Romancero, popular hasta los tuétanos. Una literatura que tan personales y nacionales obras produce no puede llamarse literatura en germen, como la llama el mismo M. Pelayo por apreciar más la literatura erudita del siglo xvi; es una literatura en plena madurez y rebosando savia y vida. Claro está que asuntos, estilo y lenguaje huelen á no acabados, cuando con los del siglo xvi se comparan; pero lo mismo acaece con los del siglo xvi, comparados con los del xvii, y siempre sucede que toda época anterior ofrece un lenguaje y una manera de pensar y sentir que parecen imperfectas cuando con las de la época siguiente se cotejan. Por eso los literatos de la edad de plata en Roma apreciaban más su manera más rebuscada que la de la edad de oro del tiempo de Augusto. No es ese el verdadero y seguro criterio para juzgar del valor estético de las obras de arte, porque con él tenía razón Scalígero en preferir Virgilio á Homero y Estacio á uno y otro. El criterio moderno, más democrático y justo, da la preferencia á la mayor personalidad y á la mayor naturalidad y fuerza de la expresión, que nacen del mayor arraigo en el pueblo y espíritu nacional. Por esta nota es grande la literatura del tiempo de los Reyes Católicos, como es grande su política é historia, mayor en el fondo que la de sus sucesores, que recogieron el fruto y extendieron incomparablemente más la fama y gloria del nombre español. El mismo M. Pelayo no deja, sin embargo, de notar que "advertiremos al propio tiempo síntomas de novedad y de transformación, si no en los metros, en el espíritu; maridaje frecuente de lo vulgar con lo erudito, desarrollo visible de los elementos musicales del lenguaje y un lento infiltrarse de la canción popular en la lírica cortesana, que hasta entonces la había desdeñado". Compárense los diversos géneros literarios de esta época con los del siglo xvi y se verá claramente la diferencia. La épica es aquí el Romancero, que es la verdadera épica nacional. La épica del siglo xvi puede decirse que es la novela caballeresca, acomodada al espíritu aventurero y caballeresco de aquel siglo de empresas quijotescas. La lírica del tiempo de los Reyes Católicos es igualmente la popular de villancicos y cantares, que se hallan sobre todo en nuestros dramáticos egloguistas y en el Cancionero de Barbieri; en cambio la lírica del siglo xvi es la traída de Italia por Boscán y Garcilaso, la égloga latina, la canción y el soneto, lírica extraña, en los pensamientos y en el verso endecasílabo italiano, que hace nos parezca fría toda la lírica clásica del siglo xvi, porque realmente lo es, menos cuando se acerca á la manera castiza, como en Baltasar del Alcázar, á veces en Cetina y otros. La dramática del tiempo de los Reyes Católicos son las escenas pastoriles ó populares de Enzina, Vicente, Rojas, mezclándose ya en éste la dramática clásica. En el siglo xvi hay varias corrientes: la de las églogas dichas, la imitación de la Celestina y la de escenas populares, que también sigue mezclándose con el italianismo, hallando su perfección esta tercera corriente en Lope de Rueda y Cervantes en cuanto se atienen al entremés, á los pasos, escenas de costumbres y de caracteres, que es lo verdaderamente nacional. La dramática del siglo xvi no es, pues, más que continuación de la de fines del siglo xv. Son, por consiguiente, más nacionales y recias, más naturales y frescas las manifestaciones del arte épico, lírico y dramático del tiempo de los Reyes Católicos; en el siglo xvi sobrepuja el clasicismo latino é italiano, hay mayor elemento extraño, convencional, afectado; es más para los eruditos que para el común de los españoles. En el siglo xvii estos defectos se extreman mucho más y se urbaniza el arte, dejando el campo y encerrándose en las ciudades. Á la novela caballeresca sustituyen los grandes poemas épicos, imitaciones y calcos del poema clásico; la lírica italo-latina cae en el conceptismo y el gongorismo; tras el teatro del paso y entremés viene la comedia española, en que á los elementos castizos en Lope y en Tirso sobrepujan los afectados, convencionales, metafísicos, de enredos y pundonores ciudadanos de estos dos mismos grandes autores, de Calderón y de los demás. Solamente la prosa tarda más en perfeccionarse, puede decirse que llega á entera sazón en el siglo xvi, no habiendo tenido tiempo para aclararse y posarse en la época de los Reyes Católicos; en el siglo xvii se empobrece, se poetiza bárbaramente, se esquina y oscurece á fuerza de sutilezas, metáforas y concisiones, que van contra la naturalidad. En suma, durante el reinado de los Reyes Católicos señorea en el arte literario lo popular y castizo; en el siglo xvi lo italo-latino ó renacentista; en el xvii, los consiguientes frutos del renacimiento extremado, que son la afectación en el pensar ó conceptismo y en el decir ó gongorismo. El romance, el villancico, la égloga dramática son arte campestre, al aire y al sol; el poema clásico, el soneto, la comedia de capa y espada son arte urbano, casero, académico: el primero es arte nacional y para todos; el segundo, arte para ciudadanos cultos.