393. Después de apuntar con algunos tenues destellos en la primera mitad del siglo xv, amanece de lleno el renacimiento para España en la época de los Reyes Católicos y continúa alumbrándola hasta los primeros comienzos del siglo xvii: es la edad de oro de nuestra literatura. Cinco épocas pueden distinguirse durante este influjo renacentista. La primera es la que acabamos de recorrer; la de los Reyes Católicos es la segunda, que podemos llamar de los humanistas. En ella florecen casi todos los más insignes que tuvo España; durante ella, toda persona que desea instruirse estudia las lenguas y literaturas de la antigüedad; en ella se traducen al castellano los principales libros griegos, latinos é italianos; cuantos desean pasar por cultos remedan en romance el período y el hipérbaton latino, con mejor ó peor fortuna, al modo de los personajes cultos de la Celestina. Hierve el nuevo mosto con pujanza, mezcladas sin clarificarse las ideas y las maneras de decir. El castellano literario se enturbia y alborota como en fuerte mareta: pocos autores salen airosos en el estilo terso y acabado, á no ser cuando se asen al habla popular, que contrasta, sesga y tranquila, los embates de la erudición. Pero el renacimiento no hace en España los efectos que en Italia, no sólo porque la ola resurte acá, ya rota acullá por vez primera, sino porque halla al espíritu español en un momento muy otro del que halló al espíritu italiano en el siglo xiv. Allí el renacimiento conmovió hasta los cimientos de la sociedad aniñada y encogida de la Edad Media; el paganismo se temió barriese la civilización cristiana del suelo italiano. Zozobraron hasta las creencias en la inmortalidad del alma, en Cristo Redentor y aun en Dios, padre de sus criaturas; un frío deísmo desvarió las cabezas de no pocos renacentistas, ya que el politeísmo no tenía fuerza para alzar la voz en demanda de sus antiguos fueros. Á las creencias cristianas tomaron el lugar las supersticiones, la astrología judiciaria, los talismanes. El goce pagano del vivir desenfrenó las pasiones, que ensangrentaron á Italia con no interrumpidas tragedias. El espíritu español hallábase, por el contrario, en el máximum del esfuerzo con que, sacudida la modorra de los últimos reinados, mejor dicho, encauzadas aquellas energías tan baldíamente derrochadas en luchas palaciegas y de señores de estados entre sí y con los reyes, empleáronse en las empresas más aventureras que jamás los españoles mismos soñaron: en echar de todo en todo de la patria á los moros, en vencer á Francia y conquistar á Italia, en descubrir un mundo nuevo. Colón, arrodillado al desembarcar en desconocidas playas; Cortés, aherrojando con cadenas de oro á Moctezuma; Pizarro empinándose y señalando con el dedo en la pared de la prisión del Inca la raya hasta donde había de llenarla de oro en polvo; los soldados de Valdivia dejando sus miembros helados en los desfiladeros de los Andes; la reina Isabel entrando sobre su hacanea por las puertas de Granada, ondeando en el alcázar y minaretes la morada bandera de Castilla; Gonzalo de Córdoba echando á puntapiés tras los Alpes la última rezaga de franceses; las prensas, en todas las ciudades de España, sudando tinta regeneradora, es un cuadro que pocas veces ha tenido su parejo con pinceladas de tamaña valentía. España se empinaba de repente. El empuje del espíritu español en tales circunstancias hubo de rebatir y contrastar el elemento afeminado y anticristiano del renacimiento, abrazando tan sólo el ansia de conocer la antigüedad clásica y enamorándose de su arte, sin dejarse mellar por la idea pagana. Dejaremos para sus propios lugares las otras tres épocas renacentistas: la del Emperador, la de los Felipes ii y iii y la de Felipe iv: otras no menos notables circunstancias hicieron que jamás entrara en España con el renacimiento clásico el espíritu pagano, que tan hondo caló en Italia y aun en el resto de Europa. España era harto española en tiempo de los Reyes Católicos para que del renacimiento admitiese idea alguna pagana, desmoralizadora ó destructora de la religión católica; sólo admitió el arte, la amplitud del humanismo, que dentro del cristianismo encajaba al propio; las doctrinas democráticas, que ya aquí vivían como en tierra bien sazonada; la unidad política, las tendencias imperialistas y absolutistas, buenas al principio, dañosas después; el respeto al individuo, más evangélico todavía que pagano; la mayor suavidad de costumbres, la finura en el trato, la rebusca del galano decir.
La cultura clásica entra de lleno en España con los humanistas italianos que vienen á ella, y los humanistas españoles que van á educarse á Italia. Fernando el Católico fué instruido clásicamente por Vidal de Noya; la reina Isabel aprendió el latín con doña Beatriz Galindo, protegió los estudios é hizo que el príncipe don Juan saliese "buen latino", como escribió Oviedo, y no menos sabían latín las infantas. "Non vedes quantos comienzan aprehender, mirando su realeza?", dice Lucena; "jugaba el rey, eran todos tahúres: estudia la Reina, somos agora estudiantes". El almirante don Fadrique Enríquez trajo á España, en 1484, á Lucio Marineo Sículo; el Conde de Tendilla, embajador en Roma, trajo, en 1487, á Pedro Mártir de Angleria, que comentó en Salamanca las sátiras de Juvenal, entrándole á la cátedra en hombros sus discípulos. Antonio Geraldino enseñaba á la infanta Isabel, y su hermano Alejandro á las demás infantas.
Con los trabajos mucho más serios de nuestros humanistas y con los estudios de la Universidad de Alcalá, en el primer tercio del siglo xvi, la cultura greco-latina se derramó por toda España, y no sólo la enseñaban los profesores oficiales, sino otros muchos particulares, como en Segovia, Juan Oteo, maestro de Andrés Laguna; en Soria, el bachiller Pedro de Rúa; en Valladolid y en Olmedo, Cristóbal de Villalón; en Toledo, Alfonso Cedillo, maestro de Alejo Venegas; en Calahorra, el Bachiller de la Pradilla; en Santo Domingo de la Calzada, Pedro Lastra; en Sevilla, Diego de Lora y Cristóbal de Escobar; en Granada, Pedro Mata; en Écija, Andrés el Griego. Aun de las señoras mencionan Lucio Marineo y el Gynecaeum Hispanae Minervae, de Nicolás Antonio, á doña Juana Contreras, Isabel de Vergara, Antonia de Nebrija, la Condesa de Monteagudo, doña María Pacheco, doña Mencía de Mendoza, marquesa de Zenete, doña Lucía de Medrano, que tuvo cátedra pública de clásicos latinos en la Universidad de Salamanca, y la famosa señora conocida por La Latina, doña Beatriz Galindo (1475?-1534), maestra en latín de la reina Isabel. El renacimiento no secó de repente las demás fuentes que alimentaban la cultura española. La filosofía la traían antes los nuestros de París, y siguieron trayéndola hasta que hubo aquí más grandes filósofos, como hubo más grandes teólogos que en París. La jurisprudencia siguió trayéndose del Colegio de San Clemente, de Bolonia, hasta que nuestros jurisperitos sobrepujaron á los venidos de Bolonia. No hay más que notar el lugar de impresión de las obras que citaremos para echar de ver los autores amamantados en aquellos centros de estudios.
394. Hay quien entiende por arte clásico aquellas obras pensadas con estudio, meditadas con espacio, como cosa grave y seria en la vida; aquel planear dando su justo lugar á los miembros; aquel pensar con sensatez y escribir con corrección; pesar las palabras, medir su cadencia, aquilatar su propiedad, engarzar sonoramente las frases, colorir de metáforas apropiadas el estilo, limar y retocar cien veces la expresión, refrenar la imaginación y contener la vivacidad y rauda del sentimiento, en una palabra, tener en la mano á la continua la regla y el compás de manera que, dominando siempre la inteligencia al corazón y á la fantasía, en todo se vea la mesura, la continencia del pensador y del escritor. Esto será talento equilibrado, ingenio discreto, ordenado y sano artista, si se quiere, y que, sin duda lo trajo el Renacimiento; pero no es ese el artista clásico verdadero. Otros entienden por arte clásico la pura imitación de griegos, latinos é italianos y aun franceses, la mucha lección de los antiguos, la erudición mitológica é histórica que revista hasta los pensamientos modernos. Mucho de esto hubo en la época del Renacimiento en Italia y en España; pero tampoco es más que arte de reflejo y de pueril remedo, que tenía que parar, como paró, en el culteranismo. El arte clásico ni rebaja el alto ingenio, reduciéndolo á discreto talento, ni menos á discípulo de una clase de retórica ó á erudito anticuario.
Arte clásico es el puramente griego, al cual se le acercaron, sin emparejar con él más que rarísimas veces, algunos romanos y algunos renacentistas. Arte clásico en España ha de hacerse con asuntos españoles, como con asuntos griegos se hizo arte clásico en Grecia; como aquél hundía sus raíces en las creencias populares de la Hélada, ha de arraigar aquí en las populares creencias españolas. Ha de ser sincero y natural, porque la naturalidad y verdad son el sano y verdadero fundamento del arte, huyendo de todo embuste de convenciones, erudiciones extrañas, efectismos hechizos y postizos y fines interesados que lo bastardeen y avillanen, y, sobre todo, de la afectación, que rebusca caminos extraordinarios y exquisitos para pasmar por lo inesperado y fuera de uso. Pero la nota distintiva del arte clásico, helénico, digamos, dentro de las dichas condiciones, que lo son de toda arte verdadera, es un cierto idealismo, no simbólico ni lejano, sino natural é inmediatamente nacido de la realidad, contemplada por el hombre pensador, que no es frío fotógrafo de la naturaleza. Suelen oponer al arte idealista el arte naturalista ó realista, y de hecho pueden notarse una y otra tendencia, exagerada en muchas obras de arte; pero no ha de creerse que el arte helénico ó clásico verdadero sea contrario al arte que remede y tome cuanto pueda del natural y de la realidad, antes es su fundamento, bien que harto desconocido por los seudoclasicismos que fuera de Grecia han señoreado las literaturas posteriores. El idealismo que distingue al arte clásico es como el alma que el ingenio del artista sopló dentro de lo natural y real vivificándolo, humanando, por decirlo así, lo material; mejor digamos divinizándolo y endiosándolo, porque aquel ideal clásico consistía en levantar, no sólo la naturaleza física, sino las acciones humanas mismas hacia la naturaleza sobrehumana, que concebían ser la vida de sus dioses, hacia aquella soberana serenidad y plácido reposo, que ideaban orear las cimas del Olimpo, morada de los inmortales, bañándoles de alegre beatitud sin mezcla de las perturbaciones y rastreros apetitos, que empañan, cuando no enlodan, á los tristes que vivimos en casas de lodo y piedra. La sana y robusta concepción de la vida, con la alegría del vivir, que hoy dicen, sólo creían competir de lleno á los bienaventurados, que así llamaban á los moradores del Olimpo, y esa vida plácida y serena, esa belleza inmarcesible y sin mancilla, que Platón llamó la idea de la belleza, era la que fantaseaban los artistas griegos como ideal del arte y la que supieron infundir en sus obras, alzando de esta manera de la tierra la naturaleza insensible hasta humanarla primero por el antropomorfismo de su mitología y endiosarla después á ella y á la misma humanidad y acciones humanas y como emparentándolas con los dioses. Tal es la serenidad y grandeza más que humana que destella de las estatuas griegas, de la epopeya, de la tragedia, que no parece sino que sosiega el ánimo del que contempla aquellas obras de arte, y le concierta y le asienta los afectos desasentados y desconcertados, bañándole todo en una sana placidez, reflejo de la que respiran en el Olimpo los inmortales. Clásicos entre los modernos son fray Luis de León y Cervantes, Hugo Fóscolo y Leopardi, Andrés Chénier y Goethe, en las Elegías Romanas y en Ifigenia. El mismo Eurípides decayó algún tanto de la soberana alteza clásica, según le reprochaban los mismos críticos griegos, por expresar demasiado humanamente las pasiones, desdiciendo de la antigua é ideal serenidad. De aquí aquella armonía en el plan, en los pensamientos, en el estilo, tan contraria á las disonancias del que llamaron romanticismo en el siglo xix; de aquí aquella paz del alma que mostraban los artistas clásicos, tan lejana á la agitación y tumulto de los nervios, que hoy tanto se pretende; de aquí aquel "buscar el reflejo de los universales, como dice M. Pelayo, y el sello y la impresión de las leyes eternas é inmutables", en una palabra: la idea, en el sentido platónico, mientras que muchos hoy anhelan por lo particular, lo mudable, el accidente, la aberración; de aquí el seguir el desarrollo lógico y no sustituirle con el interés de la curiosidad, el golpe mecánico y brutal del efecto y "creer, como añade el mismo autor, que el arte acaba en el conflicto y en el problema moral, cuando precisamente allí empieza, sin que esa lucha deba ser otra cosa que el prólogo necesario para que triunfe la perenne sophrosyne y reduzca, domeñe y purifique los inferiores afectos de terror y compasión, levantando el alma de las miserias de la vida con la majestad solemne de un cántico sagrado ó de una iniciación religiosa". (Estud. de crít. liter., Mart. de la Rosa).
395. Comparadas las literaturas griega, latina y castellana en los asuntos predilectos, la griega se distingue principalmente por el asunto religioso de su mitología, ya desenvolviendo las leyendas de sus dioses, ya las de sus héroes, hijos de ellos. La Ilíada, la Odisea, la tragedia, el epinicio, la lírica coral, no salen de este círculo. La oratoria y la historia tienen naturalmente sus materias propias, así como la filosofía. La literatura latina, en cuanto se acerca á la griega y es su imitación en la poesía de su mejor época, revolotea en torno de la misma mitología; pero en lo que tiene más de romana atiénese á la política, ya en la oratoria, ya en la jurisprudencia, ya en la historia, tres ramas que nacen del tronco puramente romano, del "Tu regere imperio populos, romane, memento". El asunto más favorecido de la literatura castellana es sin duda la moral práctica. Desde Séneca á Gracián, pasando por los dos Arciprestes, por Rojas, Mateo Alemán, Cervantes y Quevedo, desde la mística, digamos mejor ascética, hasta la picaresca, desde la novela hasta el teatro, domina la nota ética en todos los tonos.
Cuanto á la cualidad estética principal, la literatura griega se distingue por el ideal ya declarado, por la mesura, el límite, el ne quid nimis; la latina, por el color oratorio y retórico; la castellana, por la fuerza del realismo. De aquí que la elegancia y la sutileza lleven la prima en Grecia, la redondez y grandeza en Roma, el empuje de tonos y colores en España. Y es que los dioses y los héroes habían de cantarse con serenidad olímpica; la urbs, con la ampulosidad de su dominio, y las costumbres ó moral práctica, con el brío y color de la realidad de la vida. Por eso sobresale Grecia en la epopeya y en la tragedia; Roma, en la oratoria y la jurisprudencia; España, en la ascética, en la picaresca y en la comedia. La epopeya y la tragedia bastardearon al salir de Grecia, convirtiéndose en ejercicios eruditos; la oratoria, al pasar á España, llegaba ya convertida en retórica, por la pérdida de las libertades republicanas, y retórica siguió siendo en España. Lo nacional aquí fué la picaresca, la ascética y la comedia, géneros verdaderamente nuevos, hasta la última, que en sus procedimientos, hallados por Lope de Vega, y aun antes por los primitivos dramaturgos, nada debe á los del teatro griego y son enteramente contrarios. La novela española se espacía en manos de Cervantes sobre la italiana del Boccaccio como el águila sobre los pájaros de la arboleda. La novela cervantina no es, con todo, más que la condensación de los demás géneros literarios que pintan y critican las costumbres.
396. El renacimiento español no está, como el renacimiento italiano, en la pura imitación de lo greco-romano, y más de lo romano que de lo griego; ni menos, como el renacimiento francés, en el falseamiento de lo griego por el espíritu cortesano y el apocado tinte de elegancia de salón, que le dió el seudoclasicismo; ni como la filología moderna alemana, en el amazacotado almacenaje de una ciencia greco-romana al menudeo, verísima, pero que amontona eruditamente todos los cascotes que quedaron entre sus ruinas, habiendo volado el espíritu estético que las alentaba. El alma nacional española era entonces demasiado grande para entretenerse en juguetear imitando hasta el fondo pagano; era sobrado aventurera y rodeadora de mundos antes desconocidos para acorralarse en frivolidades cortesanas; era harto bullidora y briosa para encerrarse en museos y bibliotecas, clasificando hechos, apurando citas y cerniendo erudiciones. El alma española borboteaba entonces bríos y energías por todo el mundo, estaba henchida de hechos y realidades tan hazañosas que casi tocaban á las más desaforadas aspiraciones que fantaseada, estaba empapada en los sentimientos más hondos del cristianismo, hasta el estoicismo en lo moral, la intransigencia en el dogma, el misticismo en el pensamiento. Tenía que ser el renacimiento español, por consiguiente, de empuje, personal y característico, realista y exagerado de tintas y sentimientos, espiritual y cristiano hasta el arrobo. Mal cuadraba la serena objetividad, la belleza superficial de la pura forma, nota distintiva del arte clásico, á una alma ensimada en la lucha interior cristiana de vicios y virtudes y arrobada en la contemplación de la nada del hombre y del universo, de la inmensidad y eternidad de Dios y de la vida futura.
Por la fuerza de la personalidad ó conocimiento del propio valer nacional el renacimiento clásico espoleó en España el renacimiento del arte popular ó, mejor digamos, lo hizo salir del pueblo y lo llevó al arte erudito, á la literatura escrita. Por el vivaz realismo no pudo aquí prosperar lo simbólico, ni el remedo é imitación, ni idealismo de ninguna especie, sino que se coloreó más y más, y más y más rechinante y sincero fué el arte. Por el espíritu cristiano y místico no pudo encarnar en nuestra arte el espíritu mundano y material del puro alegre vivir de la gentilidad, sino que la hizo romántica, mística y espiritual. Por la bandera que levantó contra la Reforma protestante, á causa de tener que reprimir el Emperador las revueltas de sus súbditos alemanes, no entró en España el descreimiento y el paganismo; antes el arte se hizo cada vez más católico y espiritualista. Por todo lo cual alguien ha negado hubiese en España renacimiento. ¿Cómo iba á revivir el espíritu pagano y material en el pensar y en el ceñirse á la forma exterior en una nación cuya divisa era el cristianismo, esto es, lo más espiritual y místico, lo más contrario al paganismo? Si eso nada más es el renacimiento, no hubo renacimiento en España. Pero hubo aquí cierto afortunado consorcio del hondo pensar cristiano, eterno y espiritual, con la delicadeza y blandura de las elegancias en la expresión y forma que trajo el renacimiento. ¿Quién no lo ve en la poesía de León y en la prosa de Cervantes? ¡Cuán en estrecho nudo no se enlazan y funden lo espiritual y místico del pensar en la oda á la Ascensión, por ejemplo, con la horaciana elegancia, digo más, con la serenidad helénica de la expresión! ¡Cuán maravillosamente no se casan en el Quijote la áurea amplitud y exquisito humanismo de la expresión clásica y el pensar hondamente cristiano y castizamente popular de todos los personajes de la novela! Y no solamente en la exterior forma de decir está el espíritu clásico, sino en el humanismo del tratar y concebir las cosas, con tal de no descantar un punto del dogma y de la moral cristiana. Las elevaciones platónicas se armonizan en el pensar cristiano nacional con las precisiones aristotélicas y escolásticas por manera más levantada que en Cicerón, por ejemplo, merced á la inmensa capacidad que dentro de la doctrina cristiana, más dilatada que el universo, puesto que retrae en su tanto la infinidad del Criador de todo, halla toda manera de pensar que esté limpia de error y toda manifestación estética de cualquier pueblo y siglo que sea. Nuestros autores entraron á saco en Grecia y Roma y se apropiaron cuantas preseas hallaron de valor, y mucho antes que otros pueblos trajeron al arte nacional cuanto hallaron en el inmenso mar de la literatura hebraica y en sus comentadores, los Santos Padres. Tanto de hebraico como de clásico tiene Fray Luis de León, y nuestros místicos y ascéticos sobrepujan á los Padres de la Iglesia más elocuentes en fundir armoniosamente el pintoresco y popular realismo español con los elementos de doctrina y forma, sacados tanto de los gentiles como de los judíos. En esto consiste la grandeza de nuestra llamada mística, la obra más española y característica de la literatura castellana, hoy poco conocida á fondo por ser tan extraña al pensar moderno, material y anticristiano. El empuje renacentista, sin embargo, arrolló no pocas veces el arte nacional, como sucedió con las frías novelas pastoriles clásicas, que estuvieron un tiempo de moda á fines del siglo xvi, quedando arrumbada la poesía pastoril de nuestros primeros dramaturgos Enzina y Vicente, y acabó con todo el arte nacional en el siglo xvii, pues hijuelas del clasicismo fueron el gongorismo y el conceptismo, como naturales frutos de un arte ajeno, de la imitación y de la afectación consiguiente, y así su más propio nombre fué el de culta latiniparla, que le dió Quevedo. Y ésta es la razón, por muchos no vislumbrada, de haber sobrevenido este mal gusto y decadencia á todas las literaturas de Europa y al mismo tiempo, como que era consecuencia del arte clásico, postizo y de imitación, que señoreó en todas partes y tenía que nacer cuando el brío personal de las nacionalidades, tan robustas antes, venía ya á menos. Durante el siglo xvi nuestra nación sintióse tan fuerte, que sacó del clasicismo el provecho que podía de él sacarse; pero en descaeciendo el espíritu nacional, á principios del siglo xvii, no bastaron los mayores ingenios, Góngora, Tirso, Quevedo, Gracián, para contrarrestar los naturales efectos de un arte extraño y fueron arrollados por él, antes bien, sin querer, fueron ellos los que le rindieron parias y vasallaje más que nadie, fueron ellos mismos autores de la culta latiniparla, del mal gusto, de la decadencia literaria. "El renacimiento español no tiene la frialdad ni la objetividad materialista ni esa semicondición de pastiche, que hace antipáticos y secundarios al renacimiento francés y al italiano. En la arquitectura plateresca, al revés, hay calor y sentimiento, cierto misticismo sereno, discreto y amable y una gran sinceridad. El renacimiento italiano y francés, principalmente el primero, interrumpieron la evolución lógica del arte; los hombres de aquella época, como se sabe, pretendieron resucitar el arte griego y el romano, sin pensar en que catorce siglos de cristianismo habían ya ahondado su espíritu en el corazón de la humanidad. Así, los dioses de los artistas del renacimiento no evocan jamás los dioses griegos y romanos, y sus santos, pintados sin fe, simulan zurdamente la santidad. Nada de esto sucedió en España. La arquitectura plateresca, que continúa en cierto modo el arte medieval, es cristiana, castiza y realista, y se diría que ha surgido espontáneamente, como una expresión natural del estado de las almas". Así Manuel Gálvez (El Solar de la raza). Todavía se echa esto mejor de ver en la pintura. Mientras la italiana paganiza sus santos, desnudándolos de aquel celestial misticismo de Fra Angélico para engrosarles muslos y espaldas á lo Miguel Ángel y materializarlos enteramente, la pintura española llega al más alto grado de expresión cristiana y mística, y ni los pintores españoles que van á Italia traen de allí el paganismo, sino ciertos toques de humanismo y delicadeza, de grandeza olímpica y serenidad clásica, que saben maravillosamente casar con el realismo español y el misticismo cristiano, ni los pintores italianos que vienen á España tienen valor para persistir en su paganismo, cuanto menos poder para imponerlo á los españoles, antes se españolizan en el grado que admiramos en las obras del Greco. Lo que pasó en arquitectura y en pintura puede servirnos de ejemplo para entender lo que en literatura pasó. Nuestros autores de los siglos xv, xvi y xvii tomaron del clasicismo lo que nuestros pintores, quedando hondamente cristianos y realísticamente españoles. Ahora bien, esto no es decir que no hubo renacimiento en España, como algunos por ahí propalan, sino que lo supieron los españoles aprovechar mejor que nadie, no desnacionalizando ni despersonalizando el arte, como italianos y franceses, no paganizándolo ni descristianizándolo, sino reforzando y retocando el arte realista y cristiano con los elegantes matices del humanismo clásico. Que si por clasicismo y humanismo, si por renacimiento entienden el olvidar las cualidades nacionales y el espíritu cristiano, para echarse en brazos del paganismo y del culto á la materia, cierto no hubo semejante renacimiento en España y ni fuera bueno lo hubiera, porque para arquitectura, escultura, pintura y literatura de mera imitación clásica, de feo maridaje entre Cristo y Belial, entre el espíritu cristiano y el de la pura carne, hartos monumentos nos dejaron los italianos y franceses, quedando, por supuesto, siempre muy por bajo de los dechados que imitaban, como tiene por ley que acontecer en toda imitación; pero no hubiéramos tenido el arte realista y místico, que en escultura, pintura y literatura admiran cada vez más los entendidos y que sobrepuja en valer estético á todo el clasicismo imitativo del renacimiento, como tiene que sobrepujar lo personal á lo prestado, lo vivido á lo copiado, lo natural á lo postizo, lo popular y nacional á lo erudito y extraño.
397. Como acaso no faltará quien halle contradicción entre el realismo, que caracteriza la literatura y el arte español, y el misticismo cristiano, que es su verdadero espíritu, aunque el que tal contradicción halle da muestras de no conocer el arte español, conviene aclarar entrambos conceptos, de suyo clarísimos. El espíritu del arte español es cristiano y por consiguiente más ideal todavía que el que animó al arte helénico, cuanto nuestra religión es más sobrehumana y rebasa las lindes mismas del humano entendimiento. Todo el ideal platónico y olímpico de Grecia es nada si se compara con el soberano ideal de nuestro Dios infinito, y de su Iglesia y de la doctrina del Evangelio, que Jesús trajo al mundo, y con la inmortalidad de las almas. Pero el modo de expresión, en que el arte consiste, puede ser más ó menos realista y concreto. El Apolo de Belvedere, por ejemplo, es un hombre perfectísimo, cual los griegos alcanzaban á concebirlo y cual su ideal de la humanidad sana, olímpica y serena supo tallarlo. La escultura del San Francisco, de Alonso Cano, en la catedral de Toledo, lleva consigo un ideal todavía superior, el ideal del santo cristiano, que está muy por cima del ideal del dios olímpico pagano. Ved, con todo, qué expresión de hombre real y de vida tiene la estatua de San Francisco. El Apolo no vive, ni tiene pupilas siquiera, es el hombre idealizado; el San Francisco es el ángel humanado, es el ideal cristiano tan realistamente expresado, que es hombre vivo. Los griegos dejaban sin pupilas sus estatuas cabalmente porque por ellas sale la vida del alma, y ellos pretendían expresar hombres endiosados tan serenos y sin la lucha de las pasiones humanas como concebían á sus dioses en el Olimpo. Los cristianos pintaron esa lucha en los ojos de sus esculturas porque pretendieron expresar hombres vivientes en este mundo, sin por eso dejar de poner en ellos el espíritu del ideal misticismo que les animaba. Esto de los ojos es un símbolo, pues en todo lo demás, gestos y posturas, los griegos expresaban la misma serenidad olímpica, y los cristianos, las luchas del alma y de la vida. Y esa serenidad es el sello de la arquitectura griega, así como esa vida y espíritu es el sello de la arquitectura cristiana. La expresión de la realidad viviente es del arte cristiano, pero, sobre todo, del arte español, el cual, con todo eso, expresa el más elevado ideal cristiano, el misticismo, pero de otra manera más encubierta, como latiendo debajo de aquella forma viva y realista en la cual se encarna. Más común es todavía exagerar la adustez y la tristeza del arte español, pero no es menos falso. Adusto y triste es lo cristiano para el mundano, para la carne, para el que sólo busca carnales deleites. Tales son hoy día los que hallan adusto y triste el arte español. Los libros de San Juan de la Cruz están rebosando alegría, pero alegría espiritual, con tratar del renunciamiento á todos los placeres mundanos. El arte español se hizo para españoles, para cristianos; los modernos, mundanos y paganos, no saben entenderlo, porque no saben leer el alfabeto cristiano, que no es arte, sino expresión, y se lee una obra de arte como se lee un libro. Para los extranjeros modernos y para los extranjeros anticatólicos antiguos el arte español está en algarabía y así lo hallan triste y adusto, como tan opuesto al concepto que tienen formado de la vida. Pero ¿hay nada más apacible que las Moradas, que fray Luis de León, que la Subida al monte Carmelo? ¿Hay cosa más luminosa y alegre que la Noche escura? ¿Hay catedral más graciosa que la de León, más elegante que la de Burgos, más esbelta que la de Sevilla, más triunfal que la de Toledo? ¿Dónde está en estas catedrales españolas la adustez, la tristeza? Claro está que tristes y adustas las hallará la bailarina parisiense que se viniese á verlas; pero yo os aseguro que no menos tristes hallaría sus bailes parisienses si pudiera irlos á ver un San Juan de la Cruz. Ahora, comprendido el contraste que hay entre el espíritu cristiano de la España antigua y de su arte y el de los pueblos europeos de aquella misma época, que se habían pasado al campo de los herejes y de los de hoy todavía más anticristianos que aquéllos, incapaces de comprender la alegría del triunfo del cristiano sobre el mundo, del desasimiento de todo sobre los placeres de la carne, fácil cosa será de ver por qué llamaron y llaman adusto y triste al arte español los que no tuvieron ó no tienen el añejo y cristiano espíritu de aquellos españoles. Y lo que más es, con esto mismo se comprenderá el porqué de la negra leyenda forjada antiguamente entre los herejes de los Países Bajos, de Inglaterra y Alemania, sobre España, sobre su crueldad y sobre la adustez de su arte, y, en una palabra, se comprenderá la razón de la inquina de la civilización moderna contra la España que fué y aun la España que es, en cuanto la creen heredera de aquélla en el espíritu cristiano. Éste es el punto capital en materia de crítica cuando se trata de cosas españolas. Gracias que las luchas religiosas no llegan á algunas almas serenas de pensadores modernos, los cuales van cayendo en la cuenta y admirando cada vez más el arte personalísimo español. Pío Baroja, novelista nada reaccionario, ha escrito: "Salamanca parece demostrar en sus calles que el pueblo español, además del brío y de la violencia en la vida y en el arte, guardaba un fondo de gracia suave, hoy quizá perdida". Las fachadas de San Esteban y de la Universidad dan un terrible mentís, efectivamente, á los que tienen por adusto y sin gracia el arte español y ponen bien de manifiesto el feliz desposorio del arte místico y realista nacional con el arte del renacimiento, y Salamanca, respirando hondo misticismo español y elegante alegría clásica, vale más que cualquiera de las grandes ciudades europeas, si la espiritualidad que allí todavía se huele y se palpa vale algo más que el burgués materialismo que á ellas fríamente las embellece.