134. Romance es una serie de versos asonantados de diez y seis sílabas, partidas en dos hemistiquios de á ocho sílabas. El ritmo es binario: consta cada verso de dos hemistiquios, cada hemistiquio de cuatro sílabas ó dos pies, cada uno de dos sílabas. Es ritmo trocaico, esto es, con el tiempo fuerte delante del débil en cada pie; aunque la variedad penda cabalmente de no atenerse, dentro del ritmo trocaico, á este principio. El uso de escribir aparte cada hemistiquio como si fuera un verso se debe á los trovadores; pero en nuestras lenguas, donde la rima es principio métrico, la rima los forma y separa. Además los tratadistas antiguos de poética y música concuerdan en ello. "El tetrámetro que llaman los latinos octonario en nuestros poetas pie de romance, tiene regularmente diez e seis sílabas, e llamáronlo tetrámetro porque tiene cuatro asientos, octonario porque tiene ocho pies" (Nebrija, Arte de la leng. cast., l, II, c. 8), y escribe los versos en líneas largas, no menos que Luis de Narváez en Los seys libros del Delphin de Musica (1538) y Francisco de Salinas (De Música, 1577, pág. 384): "Ut apparet in his Hispanicis Los brazos traigo cansados de los muertos rodear, ubi posterius membrum aequivalet priori, quoniam unum tempus, quod nunc siletur in fine, ab antiquis voce canebatur in hunc modum: Los brazos traigo cansados de los muertos rodeare". Donde muestra que el final agudo equivale á dos sílabas.

Véase el romance fronterizo: "Alora, la bien cercada" (Antol., M. Pelayo, VIII, 155):

Lo esencial es que los tiempos séptimo y décimoquinto sean fuertes, esto es, que los pies finales de los hemistiquios sean siempre trocaicos.

"Alora, la bien cercada,—tú que estás en par del río,
cercóte el adelantado—una mañana en domingo,
de peones y hombres de armas—el campo bien guarnecido;
con la gran artillería—hecho te había un portillo".

En las gestas de Mio Cid, de Rodrigo, de los Infantes y las prosificaciones de las Crónicas predomina el mismo metro de 8 + 8. Tan popular era el metro, que se aplicaba á los epitafios, como el de Santa Oria, publicado por Sánchez al fin de las poesías de Berceo:

"So esta piedra que vedes,—yace el cuerpo de Santa Oria,
Ε el de su madre Amunna,—fembra de buena memoria:

Fueron de grant abstinencia—en esta vida transitoria,
Porque son con los ángeles—las sus ánimas en gloria".

Y el del alguacil de Toledo Fernán Gudiel, publicado en facsímile en la Paleografía, de Terreros (lám. 6). Berceo pasa por dechado de perfección silábica por no mezclar en sus versos de 14 sílabas ninguno de 16 del romance; pero "es muy probable, dice M. Pelayo, que la continua audición de la poesía juglaresca por los ingenios de clerecía (que á veces tomaron argumentos de ella, como el de Fernán González) fuese acostumbrando su oído á la cadencia octosilábica en los de catorce". El Arcipreste de Hita y el canciller Ayala construyen intencionalmente estancias enteras en versos octonarios monorrimos, dando con ellas muy precioso testimonio de que el tal verso era indiviso, tan indiviso como el alejandrino, cuyos dominios invade. Así en el Arcipreste:

"Fablar con muger en plaça es cosa muy descobierta:
A bezes mal atado el perro tras la puerta
Bueno es jugar fermoso, echar alguna cobierta:
A do es lugar seguro, es bien fablar cosa cierta".
(c. 656).
"¡Ay! ¡quan fermosa vyene doñ' Endrina por la plaça!
¡Qué talle, qué donayre, qué alto cuello de garça!
¡Qué cabellos, qué boquilla, qué color, qué buenandança!
Con saetas d'amor fyere, quando los sus ojos alça".
(c. 653).