La literatura romana clásica helenizada dejó oscurecida la métrica antigua, que el pueblo siguió empleando, bien así como el habla erudita oscureció al habla popular. Pero todo lo ficticio, como forzado, perece, mientras que lo natural es fecundo y sigue viviendo. La lengua latina literaria ó culta y la culta ó helenizada literatura eran cosas hechizas de la alta sociedad romana, y así apenas vivieron un par de siglos, pereciendo de hecho desde el siglo iii, mientras que la lengua popular, evolucionando, se convirtió en las lenguas románicas, y la métrica popular, que seguía siendo la nacional romana entre el pueblo, como para todos lo había sido antes de la época clásica, sobrevivió y sobrepujó á la métrica griega, apenas llegó el cristianismo, la religión entonces popular, á levantar cabeza y afrontar y luego vencer al politeísmo. Los mismos poetas cristianos clásicos fueron empleando la rima juntamente con la cantidad, hasta que la cantidad desapareció, señoreándolo todo la rima y la acentuación silábica. Como estos mismos elementos formaban la métrica germánica, nada tiene de extraño que todos los pueblos europeos los reconociesen como única métrica triunfante. Los soldados de Aureliano, en el siglo iii, contaban ya, sin cantidad, pero con la acentuación silábica:
"Mílle mílle mílle
décollávimús
únus hómo mílle
décollávimús.
mílle vivát, qui mílle occídit,
tántum víni hábet némo,
quántum fúdit sánguinís.
Mílle Sármatas, mílle Fráncos
sémel et sémel occídimús,
mílle Pérsas quaérimús".
(Vopisc., Div. Aurelianus).
"Plerumque tamen—dice Beda (Metrica, pág. 258 K.)—casu quodam invenies etiam rationem in rhythmo non artificii moderatione servatam, sed sono et ipsa modulatione ducente, quem vulgares poetae necesse est rustice, docti faciant docte. Quomodo ad instar iambici metri factus est hymnus ille praeclarus:
Réx aetérne dóminé,
rerúm creátor ómniúm,
qui éras ánte saéculá
sempér cum pátre fíliús.
Et alii Ambrosiani non pauci. Item ad formam metri trochaici canunt hymnum de die iudicii per alphabetum:
Ápparébit répentína
díes mágna dóminí
fúr obscúra vélut nócte
ímprovísos óccupáns".
La acentuación silábica y la rima vinieron, pues, al castellano de la métrica popular latina y de la popular llegó el tetrámetro trocaico acataléctico, convertida la cantidad clásica en acentuación popular. En África, el pueblo cantaba verdaderos romances en latín. Cuando, en el siglo xiv y xv, el pueblo español cantaba romances, ¿tomólos del latín clásico, que no los tuvo, del latín medieval de los clérigos, que eran los eruditos, los cuales al versificar preferían los metros franceses y menospreciaban el romance popular? Cuando aparece en España escrito el romance no pudo tomarlo el pueblo del latín, pues ni los mismos clérigos lo querían para sus versos. Hay, pues, que confesar que, aunque no se escribiesen los romances en los siglos anteriores, porque los que sabían escribir ignoraban acaso como San Eugenio ó despreciaban como Berceo el metro popular, se cantaban romances, y romances se cantaron en España desde el siglo iv ó v, en que los cantaban en latín los africanos. ¿Desde cuándo se cantaron romances castellanos, dejados los romances latinos, pues los unos hubieron de salir de los otros sin intervalo alguno? Naturalmente, desde que el pueblo dejó de hablar latín y sólo habló castellano. En el siglo v había muerto el latín en todas partes como lengua hablada: desde entonces, por consiguiente, hubo romances castellanos. La prueba es evidente. El romance, repito, es popular; los clérigos y eruditos lo menosprecian. Hubo, pues, de hacerlo el pueblo en castellano cuando todavía entendía el latín y le reteñía en el oído el romance latino, que tan bien encajaba en la lengua castellana. Creer que varios siglos después de haber muerto el latín, cuando ninguno del pueblo sabía de tetrámetros trocaicos acatalécticos ni sabía cosa que á latín oliese, cuando los clérigos, los únicos que manejaban su mal latín, ni siquiera cantaban en tal metro latino, pues no lo hay en los himnarios, sino cabalmente el cataléctico, opuesto al metro castellano popular, cuando nadie podía, por tanto, sacar del latín el metro del romance; creer que entonces ó lo sacara el pueblo ó lo inventara tan enteramente igual, por chiripa, al que cantaba en latín el pueblo africano muchos siglos antes, es una verdadera sinrazón. Según M. Pelayo, el metro de los romances remedó en algo al dicho metro latino (Antol. lit. cast., t. XI, pág. 127); pero salió inmediatamente del metro de los cantares de gesta (ibid., 83): "Bastará indicar rápidamente cuáles son los elementos de la versificación en los cantares de gesta y en los romances. El sistema en unos y otros es substancialmente el mismo; pero como representan períodos distintos de nuestra poesía épica, los romances ofrecen ya en estado relativamente fijo y normal lo que es incierto y caótico en las gestas". Entre los versos caóticos de las gestas no sabemos lo que se deba á los copistas y á los autores. Lo que sí se saca en limpio es que, por ejemplo, el de Mio Cid pretende emplear el metro de la cuaderna vía, sino que á veces se le escapan algunos versos de pie de romance, esto es, que quiere versificar como los eruditos, como después versificaron los del mester de clerezia:
"Contra la mar salada conpeço de guerrear;
Aorient exe el sol, e tornos aessa part.
Myo Çid gano a Xerica e a Onda e Almenar,
Tierras de Borriana todas conquistas las ha.
Aiudol el Criador, el señor que es en çielo.
El con todo esto priso a Muruiedro.
Ya vie myo Çid que Dios le yua valiendo.
Dentro en Valençia non es poco el miedo (c. 1090...)".
Pie de romance entre versos caóticos:
"Meçio suyo Çid los ombros e en grameo la tiesta" (c. 13).
"E aquel que gela diesse sopiesse uera palabra" (c. 26).