"Vehementi nimium commotus dolore
Sermonem aggredior furibundo more,
Et quosdam redarguens in meo furore,
Nullum mordens odio vel palpans amore".

Pero los himnos que los clérigos cantaban todos los días son los que remedaron en el alejandrino y cuaderna vía. Fueron sus autores San Gregorio, Prudencio, San Ambrosio y Sedulio, y recogiólos un tal Hylarius. Casi todos son yámbicos. "Das Metrum der altfranzösischen Epen—dice Westphall—ist ebenfalls acht und siebensylbig, hat aber nicht in dem trochäischen, sondern in dem iambischen Dimetrum (rerum creator omnium) seinen Ursprung, denn es beginnt nicht mit dem schweren Takttheile, sondern mit der Anakrusis". Los himnos eclesiásticos eran casi todos yámbicos, ritmo que cuadra de lleno á la lengua francesa, la cual tiene agudas las palabras, al revés del castellano, que teniéndolas de ordinario graves ó llanas, se avenía mejor con el ritmo trocaico. Por lo mismo, el septenario ó impar concordaba con el francés, y con el castellano el octonario ó par. Pudieron, pues, los clérigos españoles emplear en su versificación castellana el metro yámbico, que cantaban cotidianamente en latín; pero el hecho de que en la época en que aparecen los primeros monumentos poéticos eruditos en España, que son los escritos en este metro de catorce sílabas, con los de siete y de nueve, es cabalmente cuando se deja sentir tan poderosamente la influencia de los cluniacenses en la corte y en la iglesia española, hace creer que á ese influjo eclesiástico francés se deba su empleo. Con los benedictinos de Cluny vinieron á España las piezas litúrgicas franco-latinas, por ejemplo, el Auto de los Reyes Magos, tomado del oficio latinizado de alguna ciudad francesa. La Vida de Santa María Egipciaqua, en versos de nueve sílabas, por lo ordinario, está tomada de otra obra francesa; el Libro de Apollonio está en la cuaderna vía ó versos de siete sílabas, y en el mismo metro se escribió el Mio Cid, que tiene semejanzas con la Chanson de Roland, que no pueden ser casuales: el obispo francés don Jerónimo, fogoso como el arzobispo Turpin en el poema francés, Álvar Fáñez, "diestro brazo" del Cid, como Roland era el "destre braz" de Carlomagno.

Sobre la métrica de Mio Cid oigamos á M. Pelayo (Antol. poet. lir. cast., t. XI, pág. 89): "Hay en el Poema algunos versos, comenzando por el primero: "De los sus oios | tan fuerte mientre lorando", que parecen semejantes al decasílabo ó endecasílabo francés; es decir, que pueden partirse en dos mitades: la primera de cinco sílabas, y la segunda, de siete. Pero estos versos son excepcionales, aunque los hemistiquios de cinco sílabas abundan y también los de nueve". Tómese nota de esto, que pudiera ser de influencia francesa. Continúa: "No hablaremos de ciertas monstruosidades métricas, como una línea de diez y ocho sílabas, porque no sabemos hasta qué punto será responsable de ellas el poeta; ni tampoco del caso bastante frecuente de versos cortos, á los cuales parece faltar el primer hemistiquio. Todos estos son accidentes que no dan carácter á la gesta. El verso más común oscila entre los dos tipos de 7 + 7 y 8 + 8, pero con manifiesto predominio del primero: Tornaba la cabeza | e estábalos catando... | Alcandaras vacías | sin pieles e sin mantos... Atendiendo á la impresión general que el poema deja en el oído, se inclina uno á creer (y es la opinión más corriente) que nuestro rapsoda épico se propuso hacer alejandrinos, aunque no siempre resultasen tales, por culpa suya ó de los juglares que repitieron su canción ó la del escriba que la trasladó". De alejandrinos de catorce sílabas y de versos de diez y once sílabas, todos metros franceses, no pudo salir el pie del romance castellano de diez y seis: son dos ritmos tan opuestos como el yámbico, del que salieron los versos franceses, y el trocaico, del que salió el verso castellano. No pudo, pues, salir el romance castellano de este caos de metros franceses con algunos versos de romance. El poeta quiso imitar en castellano los yámbicos eclesiásticos y los metros franceses y se le escaparon algunos versos de romance, que, sin duda, oía en la poesía popular.

El autor del Alixandre, obra tomada de una latina y otra francesa, y el de las otras obras de Berceo[15], como poesías que se hicieron algo después, tienen los alejandrinos y la cuaderna vía en toda su perfección. El Mio Cid es uno de los primeros ensayos, si no el primero, de la versificación del mester de clerezia. En cambio, el Arcipreste de Hita tiene entre los versos alejandrinos no pocos de pie de romance, por ser juglar y poeta popular no menos que poeta erudito. Hallamos, pues, el pie de romance en el primer monumento poético del castellano, en el Mio Cid, y como metro popular, que se le rezuma al poeta erudito al querer emplear el alejandrino, de origen latino-eclesiástico y francés. No aparece, pues, el romance por primera vez en el siglo xv.

"Los versos de diez y seis sílabas dominan con gran exceso—dice M. Pelayo hablando del Poema de Rodrigo—, y aun en versos de otra medida se hallan á cada momento hemistiquios de ocho sílabas diversamente combinados (8 + 7, 9 + 8, etc.). Así como la métrica del Poema del Cid hace el efecto de un mester de clerezia incipiente, la del Rodrigo deja la impresión de una serie de romances informes y tosquísimos". Esta última manifestación de M. Pelayo es la pura verdad, y de ella se deduce que el autor del Poema del Cid se daba más maña para la nueva versificación á la francesa que no el del Rodrigo, que no acierta á dejar el romance popular; pero que entrambos luchaban entre el metro vulgar del romance y el nuevo del alejandrino, que todavía no habían domeñado. Prosigue M. Pelayo: "De otros cantares de gesta no tenemos más que las prosificaciones de las Crónicas y ésta es base muy insegura, aun contando con el apoyo de las asonancias. Pero no hay duda que ya en la primitiva Crónica general abundan los octosílabos y son ley general en las refundiciones del siglo xiv". Pero, sobre todo, hablando "de las dos direcciones que hemos reconocido en el verso épico castellano" (métrica alejandrina y métrica de pie de romance), "la segunda—dice (t. II, pág. xx)—, la que no tiene relación con los metros de las gestas francesas, se sobrepuso inmediatamente á la primera, dejando relegado el alejandrino á los poetas monacales y escolásticos y desterrándole enteramente del arte popular. Es curioso advertir este fenómeno en los libros historiales que aprovecharon fragmentos épicos, desliéndolos en prosa. Así como en la Crónica general aparecen por dondequiera vestigios de versificación alejandrina, así en las refundiciones posteriores de dicha Crónica, v. gr. en la llamada de Castilla (de donde vino á ser extractada luego la famosa Crónica del Cid), se siente, hasta en esos mismos pasajes, la influencia del ritmo octosilábico, como si el oído de los compiladores de la historia fuese siguiendo dócilmente las evoluciones del canto popular". Lo que aquí había es que el pueblo seguía cantando romances, mientras que los clérigos escribían alejandrinos, según la nueva moda.

¿Por qué, pues, se niega que hubiese romances antes del siglo xv? ¿Por qué se añade que los romances conocidos del xv son trozos desprendidos de gestas versificadas en alejandrinos como el Mio Cid? Lo que de aquí se saca es que el pueblo tenía sus gestas, largas ó cortas, en romances, que de ellas pasaron trozos á las Crónicas y que las gestas que conocemos de Mio Cid y Rodrigo y Alixandre son imitaciones que los clérigos hicieron de las populares, trayendo del canto eclesiástico y de Francia un nuevo metro erudito, que, poco á poco, se perfecciona; pero que raras veces deja la liga del pie de romance que á los clérigos poetas les reteñía por oirlos en el pueblo, por más que lo menospreciasen. La tan decantada gesta de los Infantes de Lara, que tenemos prosificada en una de las Crónicas, son trozos de romances, parecidísimos á los romances conservados como tales del mismo asunto. No salieron estos romances de aquellos otros, llamados gesta: son hermanos gemelos, acaso unos más antiguos que otros, pero nada más. Pueden verse cotejados romances y gestas en M. Pelayo (Antol. poet. lír., cast., t. XI, pág. 276). Pero hay más: algunos trozos parécense á Mio Cid: ¡como que ésta es la única gesta en que acaso se fundieron varios romances, aunque versificándola el poeta por el nuevo mester de clerezia. Cuando conserva el pie de romance resulta un romance verdadero. Y luego dirán que no hubo romances hasta el siglo xv. Véase este trozo de la llamada gesta de los de Lara:

"Esora dixo a los suyos—el infante don Mudarra:
Señores (pensat de) andar,—faremos tal cavalgada
Que si yo bivo e no muero—el albricia vos sera dada.
¡Armas, armas, cavalleros,—el traydor no se nos vaya!
Hy veredes cavalleros—atan apriesa descir
Ε conpañas a conpañas—todos (se van a) guarnir;
Los que eran ya guarnidos—a las señas piensan de yr.
Desque esto vio Velazquez—començo de apercibir,
Acabdillando sus hazes—(bien) oyredes lo que diz:
Amigos, los que viniestes—cavalleros para mí,
De todo lo que gané—(bien) convusco lo partí.
.........................................................................
Alli dix Gonzalo Gustios:—fijo por amor de caridad,
Fuerte cavallero es el traydor—non ha en España su pan:
Yo que le conozco (bien)—con él me dexad lidiar,
Ε vengaré los mis fijos—e quem' fizo cativar.
Estonz dixo don Mudarra:—Señor, non mandedes tal,
Que pleito le tengo fecho—non lo puedo quebrantar".

Óiganse versos del Mio Cid, picando en cualquier parte:

"Si Dios me legare al Çid—e lo vea con mi alma,
Desto que auedes fecho—uos non perderedes nada:
Dixo Auengaluon:—plazme desta presentaia,
Antes deste teçer dia—vos la dare doblada". (c. 1529).
"Que guardassen el alcaçar—e las otras torres altas". (1571).
"E aduxiessen le a Bauieca;—poco auie quel ganara". (1573).
"Oyd, Minaya Albarfanez,—por aquel que está en alto," (1297).
"Quando Dios prestar nos quiere,—nos bien ge lo gradescamos.
Ferid los, caualleros,—por amor de caridad! (720)
Yo so Ruy Diaz el Çid,—Campeador de Biuar".

"Por amor de caridat" es frase del Cid y de Gonzalo Gustios. Creo que esto es romance, aunque del siglo xii.