Resumiendo, el romance fué siempre el metro propio de la poesía popular castellana; en él cantaba sus gestas el pueblo antes del siglo xii, y desde mucho antes, aunque por no haberse escrito sólo se hayan conservado versos en las Crónicas y en las más antiguas gestas escritas, como el Mio Cid, á pesar de haber pretendido sus autores emplear el metro francés; la literatura erudita comienza componiendo en metro francés lo que el pueblo había hasta entonces cantado en metro castellano; la influencia francesa en el metro de las primeras obras escritas prueba haber sido causa principal del nacimiento de nuestra literatura escrita ó erudita, comenzando con epopeyas en metro francés. Á qué se deba esa influencia francesa, cosa es bien sabida.

137. En tres épocas, sobre todo, ha influido en España la nación vecina: en los siglos xii, xviii y xix. La primera coincidió con el despertar de nuestra literatura, en la que, por consiguiente, hubo de dejar honda huella, rindiendo parias la nuestra á la francesa hasta la época del Renacimiento, en que se cambiaron las tornas. Época malhadada aquélla del siglo xii, en la que, al despertar á la reflexión nuestro pueblo, cuando las instituciones populares, fraguadas en el continuo pelear de tantos años, iban á dar sus frutos, cuando el espíritu nacional vió que la lengua vulgar podía ser escrita tan bien como la latina, cuando aunadas dos de las principales coronas de la Península en una sola sien, cuando la morisma, perdidas sus más fuertes plazas, sólo pensaba en asegurar la retirada, en vez de una reconstrucción castizamente nacional, preparada por el filo de la espada, por las cartas-pueblas, por las instituciones populares, á vueltas de las menguadas ventajas que la reforma monacal y las menos lucidas aún que los cruzados extranjeros nos aportaron, distraídos por acá en saquear á los judíos y acaparar honra y provecho, nos vinieron de allende el Pirineo una turbamulta de aventureros so color de ayudarnos en las conquistas de Toledo y Lisboa y en las batallas de Alarcos y de las Navas, y un enjambre de monjes cluniacenses, que empezando por reformar los claustros acabaron por llevarse las mitras, abadías y demás dignidades eclesiásticas, y hasta el venerando rito muzárabe. En cambio, con unos y con otros vino un soplo de feudalismo franco, con todas sus consiguientes tiranías, distinciones sociales, y demás levadura, que había de fermentar, dando largos siglos de rebeliones y rivalidades entre los magnates hasta los reyes absolutos, término final en que tenía que parar el feudalismo. Dudosas son las ventajas de la introducción de la letra francesa, desechándose la gótica tradicional; lo que no puede ponerse en duda es el afrancesamiento de la Corte de Alfonso VI y el afrancesamiento de la instrucción, de la literatura y hasta de la lengua. Yo no veo que nuestra épica, la única manifestación poética genuinamente española de la Edad Media, ganara nada con el influjo francés, no por falta de los franceses, á quienes debemos el haber comenzado á escribir en castellano, sino por la mala mano que nuestros clérigos tuvieron en abrazar la métrica francesa, dejando la nacional, que es el pie de romance, sobre todo. Cuanto á elementos poéticos, bien pocos y de escaso valor debemos á Francia. Si hemos de juzgar por las dos únicas gestas que se han salvado de entre las muchas que hubo antes del siglo xiii, desleídas unas en la Crónica general, olvidadas otras por las que les sucedieron, la épica castellana, si parecida á la francesa, ya que no en la abundancia y en el eco general que ésta tuvo en toda Europa, en muchas otras cosas, por derivarse ambas lenguas y civilizaciones de un tronco común, difiere de ella por la inspiración en el espíritu tradicional de independencia, de libertad democrática, de igualdad de clases, y por la forma en el realismo, tosco y hasta brutal, pero idealizado hasta en los primeros vagidos de aquella gente adusta y guerrera, bien ajena á todos los convencionalismos de civilizaciones refinadas y gastadas. "Es claro que algo y aun mucho—dice M. Pelayo (Antol., II, pág. 17)—había de diferir el ideal poético y la cultura mundana entre los caballeros y los monjes franceses ó afrancesados que rodeaban á Alfonso VI, al Conde de Portugal don Enrique, á la reina doña Urraca, al emperador Alfonso VII ó al arzobispo compostelano don Diego Gelmírez; y los rudos mesnaderos que seguían al Cid ganando su pan desde la glera del Arlanzón hasta los vergeles de Valencia, ó los fieros burgueses de Sahagún, que, enojados con la aristocrática tiranía de sus abades, entraban á saco sus paneras y tumultuariamente se bebían su vino. Era natural que la epopeya francesa fuese muy del gusto de los primeros, pero parece duro admitir que también la entendiesen y se deleitasen con ella los segundos". Los poemas castellanos no lisonjeaban los oídos de aquellos palaciegos y abades feudales, acostumbrados al servilismo, que, dada la división de clases, distinguía tanto á la nación vecina hacía ya más de cuatro siglos. Los españoles, más iguales y llanos por carácter de raza, habíanse hecho todavía más individualistas, más democráticos, más independientes desde que las hordas mahometanas, destruyéndolo y confundiéndolo todo, les habían obligado á mancomunarse entre las breñas del Norte contra el enemigo común.

Los mismos héroes épicos parecen haberse ganado las simpatías populares precisamente, ó por haber abundado en estas ideas y haber participado de estos caracteres de raza, ó porque tal era el ideal y el carácter del pueblo castellano, ó, lo que es más cierto, por ambas cosas á la vez. Bernardo del Carpio eclipsa á Roldán francés, Fernán González el rebelde, Ruiz Díaz de Vivar el proscrito, no eran hijos ciertamente del feudalismo. No son héroes que la musa castellana fuera á ofrecer á franceses ó afrancesados para darles un rato de solaz y esparcimiento; son bloques arrancados á las peñas de la Bureba por la musa ruda y natural, realista, viviente y sincera del pueblo castellano de la Reconquista, siempre en rebelión contra sus adalides, que no llegaban á comprender sus aspiraciones democrático-liberales, siempre apasionado por el espíritu de independencia. La epopeya castellana perdió su genial inspiración cuando la literatura francesa influyó en los autores castellanos pertenecientes á la sociedad instruida, cuando al mester de yoglaria sucedió el mester de clerezia. El Mio Cid, la más antigua gesta castellana que se ha conservado es, en el asunto y en la manera de tratarlo, una muestra de la épica popular castellana, uno de tantos cantares populares como creen todos que hubo, por los restos que nos quedan desleídos en las Crónicas. Pero también es la primera muestra de la poesía erudita que pone el nacimiento de nuestra literatura erudita ó escrita y el nacimiento del castellano literario en el siglo xii, en el reinado de Alfonso VII (1127-1157), entre los años de 1140 y 1157. Su autor quiso tratar ese asunto popular en metro francés, alejandrino; conocía bien la Chanson de Roland, compuesta en el siglo xi, y probablemente Garin le Loherain, como se ve por semejanzas que no pueden ser hijas del acaso. El obispo francés don Jerónimo es tan fogoso en Mio Cid como el arzobispo Turpin en la Chanson de Roland; Álva Fáñez es el diestro brazo del Cid, como Roland era el destre braz de Carlomagno; el llorar de los ojos es el plorer des oilz. "De modo, dice Menéndez Pidal (edic. La Lectura, pág. 49), que la cuestión puede quedar en terreno firme, reconociéndose en el Cantar un fondo de tradición poética indígena y una forma renovada por la influencia francesa". "Desde fines del siglo x, añade, á lo largo del camino francés que conducía á Santiago, había barrios enteros poblados de franceses, principalmente del Mediodía de Francia, en Logroño, Belorado, Burgos, Sahagún, y, fuera de aquella gran vía de peregrinación, en Silos, en Toledo y en otras muchas ciudades. Por fuerza los juglares peregrinos ó los franceses principales, que á veces traían sus juglares consigo, harían conocer á sus compatriotas establecidos en España los poemas franceses. "Bastaba, dice M. Pelayo (Antolog. poet. lír. cast., t. II, pág. xv), el hecho capitalísimo del afrancesamiento de la corte de Alfonso VI, con sus dos yernos borgoñeses, y la turba de monjes de Cluny levantados á las primeras cátedras episcopales y á las más pingües abadías de Castilla, de Portugal y de León: bastarían indicios tan elocuentes como la reforma monacal: el cambio de rito: el cambio de letra: la invasión del feudalismo franco, no sin sangrienta resistencia de los burgueses: la afluencia de cruzados y aventureros transpirenaicos á la conquista de Toledo, á la de Lisboa, á las batallas de Alarcos y de las Navas (si bien muchas veces se mostrasen más atentos á saquear á los judíos que á pelear con los mahometanos), bastaría, digo, el recuerdo de todos estos hechos para fijar de un modo bastante aproximado la época en que los cantares épicos franceses penetraron en las regiones centrales y occidentales de la Península, convirtiéndose en predilecto solaz de las clases aristocráticas". Lo que añade: "Pero ¿cómo llegaron á las clases populares que ya comenzaban á tener existencia y gustos propios?" parece suponer que la épica castellana, en el asunto y manera, no era popular y tan nacional y opuesta en gustos, doctrinas y carácter á la francesa, enteramente aristocrática, que no pudo nacer en Castilla por imitación de la francesa, sino que es muy anterior y autónoma. Los caracteres de la epopeya castellana son tan opuestos á los de la francesa, que se bastan para prueba de no haberse en ellas inspirado, antes haber nacido independientemente mucho antes. "Muy distante de la fecundidad prodigiosa de la epopeya francesa y de su universal y omnímoda influencia en la literatura de los tiempos medios, dice el mismo M. Pelayo (Antol. poet. lír. cast., t. II, pág. vii), tiene en desquite un carácter más histórico, y parece trabada por más fuertes raíces al espíritu nacional y á las realidades de la vida. Exigua sobre manera es en nuestros poemas la intervención del elemento sobrenatural, y éste dentro de los límites más severos de la creencia positiva, manifestándose en leyendas tan sobrias como la aparición de San Lázaro al Cid en figura de gafo ó leproso. El espíritu cristiano que anima á los héroes de nuestras gestas más se induce de sus acciones que de sus discursos: alguna oración ruda y varonil es lo único que sienta bien en labios de tales hombres avezados al recio batallar, y no á las sutilezas de la controversia teológica. Ni de la milagrería posterior, ni mucho menos de lo que pudiéramos llamar poesía fantástica, de los prestigios de la superstición y de la magia, hay rastro alguno en estas obras de contextura tan sencilla y, en rigor, tan escasas de fuerza imaginativa cuanto ricas de actualidad poética. Sólo la creencia militar en los agüeros, herencia quizá del mundo clásico, si no ya de las tribus ibéricas primitivas, puede considerarse como leve resabio de supernaturalismo pagano. Las acciones de nuestros héroes se mueven siempre dentro de la esfera de lo racional, de lo posible y aun de lo prosaico: rara vez ó ninguna traspasan los límites de las fuerzas humanas. Sólo en un poema de evidente decadencia se advierte marcada inclinación á la fanfarronada y á la hipérbole del valor, que es la caricatura del heroísmo sano y sincero de las rapsodias más antiguas: sólo en ese mismo poema se atropella caprichosamente la historia, que en los anteriores aparece respetada, no ya sólo en cuanto al fondo moral, sino también en cuanto á los datos externos más fundamentales. La geografía, lejos de ser arbitraria y de pura imaginación, como lo es en la misma Canción de Rolando, tiene en el Poema del Cid toda la precisión de un itinerario, cuyas jornadas podemos seguir sobre el terreno ó en el mapa. La tierra que nuestros héroes pisan no es ninguna región incógnita ni fantástica, sembrada de prodigios y de monstruos, son los mismos páramos y las mismas sierras que nosotros pisamos y habitamos. Esta poesía no deslumbra la imaginación, pero se apodera de ella con cierta majestad bárbara que nace de su propia sencillez y evidencia: de su total ausencia de arte. Parece que el cantor épico no inventa nada, y hasta que sería incapaz de toda invención: lo que añade á la historia resulta más historia que la historia misma. El Cid del poema ha triunfado del Cid de la realidad hasta en las Crónicas, hasta en los documentos eruditos: es el que se levanta eternamente luminoso, con su luenga barba no mesada nunca por moro ni por cristiano; con sus dos espadas, talismanes de victoria:

"¡Oh, Dios, qué buen vasalo si oviesse buen señor!".

"En torno de él se agrupan, con fisonomías todas distintas, aunque trazadas no más que con cuatro rasgos rudos, los heroicos compañeros de sus empresas, Álvar Fáñez Minaya, lanza fardida, brazo derecho del Campeador; Martín Antolínez, el Ulises de la epopeya, tan ingenioso y hábil como leal y esforzado; Pero Bermúdez, el impaciente y enérgico tartamudo; el obispo don Jerónimo, ardido batallador, Caboso Coronado. Y enfrente, como envueltos en sombras para el contraste, los tipos viles de los Infantes de Carrión y de sus deudos y parientes, generación de traidores insolentes y de sibaritas que almuerzan antes que fagan oración.

"Ni en las descripciones de combates ni en el cuadro asombroso de las Cortes que mandó hacer en Toledo Alfonso VI para que el Cid lograra su justicia y desagravio, se encuentra sombra de arte, en el sentido retórico de la palabra; pero hay otro arte más sublime, aquél que se ignora á sí mismo, y, confundiéndose con la divina inconsciencia de las fuerzas naturales, nos da la visión plena de la realidad.

"Los sentimientos que animan á los héroes de tal poesía son de tanta sencillez como sus mismas acciones. Obedecen, sin duda, al gran impulso de la Reconquista; pero en vez de semejante abstracción moderna, buena para síntesis históricas y discursos de aparato, no puede concebirse en los hombres de la primera Edad Media más que un instinto que sacaba toda su fuerza, no de la vaga aspiración á un fin remoto, sino del continuo batallar por la posesión de las realidades concretas. Si el Cid tuvo más altos pensamientos y llegó á decir que un Rodrigo había perdido á España y otro Rodrigo la recobraría, no es la poesía heroica castellana la que pone en su obra tales palabras, son los historiadores árabes, sus implacables enemigos, que por tal medio quieren ponderar el extremo de su soberbia. El Cid del poema lidia por ganar su pan, porque (como dice en otra parte el autor del poema) "haber mengua de él es mala cosa": lidia para convertir á sus peones en caballeros, se regocija con la quinta parte de lo que le corresponde en la repartición del botín; conquista á Valencia para dejar á sus hijos una rica heredad: sentimientos naturalísimos y hermosos en un hombre de la Edad Media, por lo mismo que tan lejanos están de todo énfasis romántico. Hasta la estratagema poco loable usada con los judíos Rachel y Vidas contribuye al efecto realista del conjunto, mostrando sometido al héroe á la dura ley de la necesidad prosaica.

"No es menos de reparar en nuestros Cantares de Gesta la total ausencia de aquel espíritu de galantería que tan neciamente se ha creído característico de los tiempos medios, cuando á lo sumo pudo serlo de su extrema decadencia. No sólo se buscaría en balde en nuestra viril y austera poesía la aberración sacrílega ó hipócrita del culto místico de la mujer, ni menos la expresión de afectos ilícitos de que no está inmune la lírica de los provenzales, sino que jamás la ternura doméstica, expresada de un modo tan sobrio, pero tan intenso, en las breves palabras del Campeador á doña Jimena y á sus hijas, y en leyendas como la de libertad de Fernán González por su esposa, se confunde, ni remotamente, con lo que pudiéramos llamar el amor novelesco, que más que un afecto sano y profundo, suele ser una exaltación imaginativa. Tales estados nerviosos, tales cavilaciones y desequilibrios, son producto de una civilización muelle y refinada, é incompatibles de todo punto con el ambiente de los tiempos heroicos. Mucho esfuerzo necesita un lector vulgar para pasar desde la Ximena dramática de Guillén de Castro ó de Corneille, combatida y fluctuante entre el deber y la pasión, á la Ximena épica, la de la Crónica Rimada, pidiendo con toda sencillez al Rey que la case con Rodrigo, á modo de composición pecuniaria, porque éste ha matado á su padre, después que uno y otro se habían robado mutuamente sus ganados, secuestrando, por añadidura, las lavanderas que bajaban al río. Pero aunque tal aspereza de costumbres ofenda, todavía, para quien tenga sentido de las cosas bárbaras, resulta tan poética, por lo menos, como las logomaquias del punto de honra que el teatro moderno aplicó indistintamente á todas épocas y estados sociales, como si cada uno de ellos no tuviese su peculiar psicología".

Los franceses, pues, que nos trajeron su letra y manera de escribir, fueron no pequeña parte para que la literatura, hasta entonces popular, se escribiese dando origen á la literatura erudita y al habla literaria; pero nada influyeron en la épica popular. Á principios del siglo xiii dicen que comienza la primera escuela erudita; bien se ve que comienza en el siglo xii con la literatura escrita. Esa escuela se llama á sí misma de mester de clerezia, en oposición á los antiguos y populares juglares; cuenta las sílabas con nueva maestría y fabla cuento rimado por la cuaderna vía, destinando sus poesías para lectura de la gente docta en vez de servir para la recitación ó el canto popular, como las antiguas gestas. Es la poesía de los monasterios, donde vivía la gente que sabía leer, que había recibido la educación latino-eclesiástica. Pero el primer ensayo, como cosa trasladada de la poesía popular, fué una mezcla de asunto y manera popular con el nuevo metro francés, que ese es la nueva maestría, fué una obra erudito-popular.

¿Redundó en provecho de la literatura castellana este traslado del pueblo á los eruditos? No hay más que comparar el Mio Cid, en lo que todavía de popular tiene, con las demás obras del mester de clerezia que le siguieron y con los romances populares, que, después de cansados los mismos poetas de tan aguado mester, volvieron á sacar del pueblo dos siglos más tarde. La influencia francesa y lo poco que alcanza la pura erudición en achaque de arte literario, son cosas evidentes en las obras que vinieron después del Mio Cid: el Auto de los Reyes Magos, de fines del siglo xii, y que procede de uno de los oficios latinos usados en Limoges, Ruan, Nevers, Compiègne y Orleáns; la Vida de Santa María Egipciaqua, tomada de la Vie de Sainte Marie l'Egyptienne; el Libro dels tres Reyes dorient, de fuente francesa ó provenzal; el Libro de Apollonio, la Razón de Amor, que remeda las pastorelas francesas, provenzales ó galaico-portuguesas. Los escritores del mester de clerezia hicieron un gran servicio á España, y ése se lo debemos á los franceses: el de haber puesto por primera vez en letra lo que con sólo cantarse acababa al fin perdiéndose; pero fué un error gravísimo en ellos no haber apreciado y tenido en lo que valía la musa popular, mudando de metro y aun mudando de asuntos, y perdiendo asi, ó, mejor dicho, dejando en manos del pueblo la fuerza épica nacional. Con ello retrasaron la verdadera y nacional poesía por más de dos siglos, pues hasta que vuelven á estimarse los romances, apenas se halla en la literatura castellana verdadera poesía, si no es en las obras del Arcipreste de Hita, soberano poeta, que, por serlo, volvió á amamantarse en la inspiración popular, llamándose á sí mismo poeta del mester de juglaria. Bien que ni error hubo; lo que hubo fué falta de grandes ingenios, que, como el Arcipreste y el autor del Mio Cid, supieran apreciar la poesía popular, como siempre la apreciaron los grandes ingenios, y de ella sacaron sus maravillosas obras, mientras el vulgo de los eruditos se entretiene con sus libros.