Tengo para mí, contra lo que M. Pelayo da á entender, que á la poesía popular no llegó en esta época el influjo francés, por ser tan opuestas, como se ve comparando las dos épicas, la francesa y la puramente popular castellana del Mio Cid y las doctrinas políticas de ambos pueblos. Algo tomaron también los franceses de España, como dice Fitzmaurice-Kelly (Hist. de la lit. españ., 1913, pág. 9): "Esto se echa de ver en un Fragment de la vie de Sainte Foy d'Agen, cuya fecha se refiere al siglo xi, y que claramente confiesa el empleo de un tema español:
"Canczon audi q'es bella'n tresca,
Que fo de razo espanesca".
"La historia del caballo de madera, transmitida por los griegos á los árabes, acompaña también á estos últimos en la Península; pasa á Francia, donde se la encuentra en el Cléomadis, de Adenet de Roi, y en su derivado el Miliacin, de Gerardo de Amiens, y torna á España para reaparecer en Don Quijote. En fin, observemos que un asunto indudablemente español está transformado en la epopeya intitulada Anséis de Carthage, donde se cuenta cómo Carlomagno dejó en España al rey Anséis, que deshonró á Letisa, hija del varón Isorés, y cómo Isorés se vengó, desencadenando contra Anséis el ejército musulmán; es de la mayor evidencia que nos hallamos aquí frente á una refundición bastante tosca de la leyenda de Rodrigo y del conde Julián, sustituyendo Cartago á Cartagena. En suma: originariamente, España debe más á Francia que ésta á aquélla".
Resumamos. Á Francia se debió el haber puesto por escrito la épica popular, enteramente nacional por los asuntos, manera, doctrinas y carácter, naciendo así la literatura erudita del mester de clerezia. Pero, por lo mismo, si no á ella, débese á la impericia de nuestros poetas eruditos de entonces el haber preferido el metro francés y el haber menospreciado y dejado tan desconocida para la posteridad como antes lo estaba aquella épica popular, que, por casualidad, tuvo la fortuna de ponerla por primera vez en escritura el autor de Mio Cid, porque sin duda era tan gran poeta que reconoció su valor artístico; pero que sus sucesores dejaron en olvido ó la trataron tan mal en los restos que nos quedan del Fernán González, Los Infantes de Lara, etc., que ya no se escribió más que la poesía erudita del mester de clerezia, dejada como cosa de menos valor la verdadera poesía nacional, la popular del mester de juglaria.
138. Consúltense: Joseph Bédier, Les Fabliaux, 2.ª ed., París, 1895; íd., Les légendes épiques, París, 1908-1912, 4 vols.; Wilhelm Cloeta, Beiträge zur Literaturgeschichte des Mittelalters und der Renaissance, Halle, 1890, 2 vols.; Adolf. Ebert, Allgemeine Geschichte der Literatur des Mittelalters im Abendlande, Leipzig, 1874-1887, 3 vols.; Jean Barthélemy Hauréau, Singularités historiques et littéraires, París, 1861; Alfred Jeanroy, Les origines de la poésie lyrique en France au moyen âge, París, 1889; 2.ª ed. 1904; Manuel Milá y Fontanals, De la poesía heroico-popular castellana, Barcelona, 1874; íd., Los Trovadores en España, 2.ª ed., Barcelona, 1889; Turpini, Historia Karoli Magni et Rotholandi, edic. F. Castets, en el núm. 7 de las Publications spéciales de la Société pour l'étude des langues romanes, Montpellier, 1880; La Chronique dite de Turpin, publiée d'après les mss. Β. N. 1850 et 2137. Ed. F. A. Wulff, Lund, 1881; G. Paris, Histoire poétique de Charlemagne, París, 1865; A. Bello, Obras completas, Santiago de Chile, 1882, t. VI.
Sobre las relaciones de España y Francia en aquel tiempo: Marcel Robin, Bernard de la Sauvetat abbé de Sahagun et premier archevêque de Tolède, 1907 (Positions des thèses de l'École de Chartes); André Michel, Histoire de l'art, París, 1906, t. II, ptie 1ere, pág. 505.
139. Á la influencia francesa desde Alfonso VI (1073-1109) debe también no poco la lengua castellana, mayormente con la comunicación continua de romanos que iban á Santiago de Galicia por el camino francés. De aquella época son la mayor parte de las palabras germánicas que tiene nuestro idioma, pues fuera de las que en tiempo de los godos vinieron por la Provenza, que formaba con España un mismo reino visigótico, las demás llegaron por medio del francés en el siglo xii. Del mismo francés pasaron entonces al castellano la mayor parte de las palabras francesas, de origen no germánico, que tiene y se hallan en nuestros más antiguos escritores.
140. El latín llegó á la Provincia (Narbonensis) ó Provenza con la primera entrada de los romanos (122-118 antes de J. C.)[16], y á toda la Francia con las campañas de César (58-51 antes de J. C.). Tres lenguas halló el conquistador: la bélgica, la céltica, la aquitánica: "Hi omnes lingua, institutis, legibus inter se differunt". La primera pertenecía, por lo menos en parte, á la rama germánica; la segunda, á la céltica; la tercera, á la ibérica ó euscalduna. De aquí tres diferentes pronunciaciones y maneras de apropiarse el latín, de donde resultaron tres lenguas románicas: la lengua d'oui ó francés al Norte, la lengua d'oc ó provenzal al Sur y Sudeste, el gascón al Sudoeste. El límite belga era el Sena, según César; el Loira, según Estrabón, como hoy lo es, del francés y del provenzal. En el gascón el influjo ibérico ó eusquérico es tan señalado, que, sin haber tenido comunicación alguna con el castellano, presenta innegables puntos de semejanza en todo el fonetismo, sin contar la gran cantidad de raíces comunes, provenientes del éusquera, la mayor parte de las cuales se hallan igualmente en todo el Mediodía de Francia.
En las Leys d'Amors (II, 388) se tiene al gascón por lengua extraña respecto del provenzal: "apelam lengatge estranh coma frances, engles, espanhol, gascó, lombard". Son caracteres propios del gascón y comunes al éusquera el poner a- ante r: arrei ren, arriou riu; el empleo de ll por l: llebá levar, llit leit; ch por s ó ss: chens senes, lachá laissar; conservar ca y no mudarlo en cha: causí, no chausí; y por j: yutyá jutjar, yoye joya, saye satge; sonar como b la v, como en castellano: boulé volia, serbici servici; perder la f debilitándola en h, como en castellano: hagot fagot, ha far, hemne femna.
En la lengua francesa ó d'oui, descendiente del latín en labios de los belgas de César, hay que tener en cuenta su carácter germánico, no sólo por el habla de los que primero se expresaron en latín y lo transformaron en lengua románica, sino por el habla de los francos y normandos posteriores.