De los sos ojos tan fuertemientre lorando,
tornava la cabeça i estávalos catando".
La obra tiene 3.729 versos, faltan el comienzo y dos páginas de á 50 versos, una después del 2.337 y otra después del 3.307, más algunos otros después de los versos 181, 440 y 934. El segundo cantar comienza:
"Aquis conpieça la gesta de mio Cid el de Bivar".
Y acaba:
"Las coplas deste cantar aquis van acabando.
El Criador vos vala con todos los sos santos".
De estos versos parece sacarse que eran cantares separados ó que de otros tales enhebró el autor su obra, á la cual llama gesta y cantar. El tercero comienza con la cobardía de los Condes y acaba:
"en este logar se acaba esta razón".
Si hubiera pretendido el autor dar unidad artística al Cantar pudiera haber comenzado, como se suele, por la mitad, después del destierro, por ejemplo. Sobre la puntualidad histórica y geográfica, así como sobre los ligeros episodios ficticios, véase M. Pidal, edición de 1913. Allí mismo está la historia verdadera del Cid.
144. Si se prescinde del metro, el Mio Cid ofrece el mismo espíritu, la misma naturalidad, la misma sencillez, la misma gravedad, la misma alteza de sentimientos, y en cuanto cabe, según la diferencia de los tiempos, el mismo estilo y lenguaje, el mismo predominio de la realidad sobre la imaginación que el Romancero, conocido á fines del siglo xv. Es un zurcido de largos romances. Cuanto han dicho los autores de Mio Cid puede aplicarse al Romancero, sacada la extensión, el metro y el lenguaje de las diferentes épocas. Y es que el asunto, la manera de tratarlo, el espíritu del pueblo español es el mismo; sólo hay diferencia en el metro y la extensión. Ahora bien: metro y extensión débense á ser obra escrita por un erudito; de lo demás del poema el verdadero autor fué el pueblo, el mismo que lo fué del Romancero. No sabemos hasta dónde pueda alcanzar lo que, fuera de la extensión y del metro, se deba al autor que escribió el Mio Cid; pero la semejanza con el Romancero prueba que fué bien poca cosa. En el poema de Mio Cid el pueblo español se canta á sí mismo, poniendo en sus sones toda su alma, como es el pueblo griego el que se canta á sí mismo en los poemas homéricos. Nada de afectaciones, exageraciones y adornos postizos, nada de fantasía; todo es naturalidad, realidad viva, visión de los hechos escueta, seca y grave. Esa no es obra de erudito; es obra popular. El erudito no hizo más que zurcir en uno varios romances siguiendo la vida pública del Cid y ponerlos medianamente en metro francés. De aquí que el Cid, que después conocemos en las obras siguientes de eruditos, ya es otro Cid, caballeresco, novelesco, exagerado, porque la levadura de la caballería, venida de fuera, había echado á perder la natural y sencilla visión popular, la cual no vuelve á los escritos hasta que se escribe el Romancero, saliendo á relucir el mismo auténtico autor del Mio Cid, el pueblo.
145. Juicios sobre Mio Cid[20]. Sánchez (1779): "la sencillez y venerable rusticidad", "el aire de verdad". Capmany (1786) lo tiene por simple crónica rimada y toma dos pasajes "de los menos inelegantes y bárbaros". Forner (1790): "algún cartapelón del siglo xiii, en loor de las bragas del Cid". Mendibil (1819): "nada tiene de épico y aun casi pudiera disputársele el título de poema". Quintana (1807): "no está tan falto de talento que de cuando en cuando no manifieste alguna intención poética". Martínez de la Rosa (1828): "embrión informe".