Moratín resume todos estos juicios de nuestros afrancesados escritores hallándolo todo deforme: lenguaje, estilo, versificación y consonancia (Orígenes del teatro español, nota 3). Southey (1808): "decididamente, y sobre toda comparación, el más hermoso poema escrito en lengua española". Autor anónimo de la Quarterly Review, t. XII, pág. 64: "los españoles no conocen aún el alto valor que como poema tiene la historia métrica del Cid, y mientras no desechen el falso gusto que les impide percibirlo, jamás producirán nada grande en las más elevadas esferas del arte; bien puede decirse sin temor que de todos los poemas que se han compuesto después de la Ilíada, el del Cid es el más homérico en su espíritu, si bien el lenguaje de la Península era en aquella época rústico é informe". Hallam (1818): "aventaja á todo lo que se escribió en Europa antes del aparecimiento de Dante". Ticknor (1849): "puede asegurarse que en los diez siglos transcurridos desde la ruina de la civilización griega y romana hasta la aparición de la Divina Comedia ningún país ha producido un trozo de poesía más original en sus formas y más lleno de naturalidad, energía y colorido". Wolf (1831): "reproducción inconsciente de la realidad, por eso mismo más veraz, más sorprendente"; "la exposición desnuda de arte", "por la íntima verdad y elevada naturalidad". Publicado el poema francés de Roland en 1837, la crítica coteja entrambas obras. Damas Hinard (Poème du Cid texte et traduction, París, 1858), dice que el poeta de Roland era más docto que el del Cid; conocía de la antigüedad clásica cuanto era conocido en su época; condujo su obra con muy buen juicio, y por la unidad y simplicidad de su composición puede ser mirado como precursor de los clásicos franceses del siglo xvii. Pero le faltaba la gran cualidad del poeta: el sentimiento de la vida humana y el poder de expresarlo. La geografía de la Chanson es fantástica; sus personajes son á menudo imaginarios y monstruosos, como los paganos de Micenes, de cabeza enorme y cerdosos cual jabalíes. La acción de estos fantasmas es también imposible. El sonido de la trompa de Roldán se oye á treinta leguas; Turpin, con cuatro lanzadas en el cuerpo, ó Roldán, con la cabeza hendida y los sesos que le brotan por los oídos, obran y combaten como sanos. Los ejércitos son enormes, de 360.000 y de 450.000 caballeros. Cinco franceses matan á 4.000 sarracenos. Y la misma falta de naturalidad se observa en la exposición; baste como ejemplo el abuso de las repeticiones... Muy al contrario, el juglar del Cid no quiere ostentar su imaginación; la emplea sólo en hacer aparecer ante nosotros la realidad misma; no nos presenta un cuadro de la España del siglo xi, sino que nos transporta á ésta y nos hace asistir á los acontecimientos. Los personajes están pintados con las convenientes medias tintas. El tono y color de la narración se amoldan blandamente al diverso carácter de cada episodio; compárense entre sí el de las arcas de arena, el del conde de Barcelona, el del robredo de Corpes y el más importante de todos, el de la corte de Toledo, en el cual el oscuro juglar recuerda al más ilustre narrador de los tiempos modernos, á Walter Scott. Cuando así se contemplan uno frente á otro, el Poema del Cid y la Chanson de Roland, no puede menos de declararse, como hacían los antiguos jueces de campo, que la victoria pertenece al poeta español. L. de Monge (Études morales et littéraires, Bruxelles, 1887, pág. 285, "Le Cid et Roland"): "En el Roland nos choca la dureza de las costumbres, la ferocidad, la intolerancia; en el Cid, la humanidad, la caridad, la dulzura, al menos relativa". "En suma: el Poema del Cid es menos grandioso acaso que la Chanson de Roland: pero es menos bárbaro á la par que más real, más viviente, más humano, de una emoción más directamente accesible á los hombres de todos los tiempos". Bello (1830): "son dignos de Homero, por el sentimiento, las imájenes i la noble simplicidad del estilo". A. de Puibusque (Hist. comp. des littérat. espagn. et franc., I, 1843, pág. 41): "dans ces divers tableaux, tout l'art du poète est son naturel; mais ce naturel n'a-t-il pas quelque chose du sentiment élevé qui inspira l'Iliade? n'est ce pas la même simplicité d'héroisme?". Volvamos á los españoles. Amador de los Ríos (1863): "acaso se la podría colocar entre los poemas épicos", "tampoco sería gran despropósito el clasificar este peregrino poema entre las epopeyas primitivas". Milá (1874): "bien puede calificarse el Mio Cid de obra maestra. Legado de una época bárbaro-heroica, fecunda en aspectos poéticos y no desprovista en el fondo de nobilísimos sentimientos, aunque en gran manera apartada del ideal de la sociedad cristiana, es, no sólo fidelísimo espejo de un orden de hechos y costumbres que no serían bastantes á suplir los documentos históricos, sino también un monumento imperecedero, ya por su valor literario, ya como pintura del hombre." M. Pelayo: "Lo que constituye el mayor encanto del Poema del Cid y de canciones tales es que parecen poesía vivida y no cantada, producto de una misteriosa fuerza, que se confunde con la naturaleza misma y cuyo secreto hemos perdido los hombres cultos..., el ardiente sentido nacional, que, sin estar expreso en ninguna parte, vivifica el conjunto... al temple moral del héroe en quien se juntan los más nobles atributos del alma castellana, la gravedad en los propósitos y en los discursos, la familiar y noble llaneza, la cortesía ingenua y reposada, la grandeza sin énfasis, la imaginación más sólida que brillante, la piedad más activa..., la ternura conyugal más honda que expansiva..., la lealtad al monarca y la entereza para querellarse de sus desafueros...". Si esto quiere decir algo, es que la obra, así, inconsciente y castiza, tiene al mismo pueblo por autor. Que es lo que viene á decir E. Baret (Hist. de la littér. esp., París, 1863, pág. 28) al afirmar que el Poema del Cid comparte la exactitud de Homero en lo que concierne al conocimiento de los lugares; pero sólo atento á los cantos del pueblo, no procura hacer obra de poeta, bien diferente del autor de Roland, que ha leído á Virgilio y se entretiene en crear una geografía fantástica, unos personajes y hazañas imaginarios. Fitzmaurice-Kelly (1904): "Le sujet et l'esprit, dans le Poema, sont essentiellement espagnols et, en tenant compte de ce fait que le juglar se sert de la formule épique conventionnelle, son œuvre est grande en vertu de sa simplicité, de sa force, de sa rapidité et de sa fougue". De Menéndez Pidal había de copiarse toda su Introducción á la edición de 1913; baste este magnífico cotejo: "El Roland, por su simplicidad esquemática, por su unidad de acción y de tiempo y por su esmero en la presentación, anuncia la clásica tragedia francesa. El Mio Cid, por su carácter más histórico, por buscar una superior verdad artística dentro de las complejidades de la vida entera y por el abandono de la forma, es precursor de las obras maestras de la comedia española. Los Nibelungos, en su grandioso desorden, tan preñado de aspectos, muestran su parentesco con las trágicas concepciones shakespearianas".

146. Cid (Poema del). Ed. R. Menéndez Pidal, Cantar de Mio Cid: texto, gramática y vocabulario, Madrid, 1908-1911 [ed. paleográfica, t. III, págs. 907-1016; ed. t. III, págs. 1017-1164]; ed. Archer M. Huntington, New York, 1894-1903, 3 vols. (con trad. inglesa); ed. popular, New York, 1909, 3 vols.; ed. V. E. Sidforss, en Acta Universitatis Lundensis, Lund, 1895-1896, t. XXXI y XXXII; ed. K. Vollmöller, Halle, 1879; ed. J.-S.-A. Damas-Hinard [con trad. francesa], París, 1858; ed. A. Bello, Obras completas de Don A. B., Santiago de Chile, 1881, t. II; ed. F. Janer, Bib. de Aut. Esp., t. LVII; edic. Men. Pidal, "La Lectura", Madrid, 1913, cuya ortografía está mudada sin razón alguna, y aun otras cosas más que la ortografía. Consúltense: R. Dozy, Recherches, etc., Leyden, 1882, 2 vols.; J. Adam, Uebersetzung und Glossar des altspanischen Poema del Cid, Breslau, 1911; J. Cornu, Études sur le Poème du Cid, en Romania (1881), t. X, páginas 75-79; J. Cornu, Études sur le Poème du Cid, en Études romanes dédiées à Gaston Paris, París, 1891, págs. 419-455; J. Cornu, Revision des Études sur le Poème du Cid, en Romania (1893), t. XXII, páginas 531-536; J. Cornu, Verbesserungsvorschläge, etc., en Symbolae Pragenses, Prag., 1893, págs. 17-23; J. Cornu, Beiträge zu einer künftigen Ausgabe des Poema del Cid, en Zeitschrift für romanische Philologie (1897), t. XXI, págs. 461-528; F. Koerbs, Untersuchung der sprachlichen Eigentümlichkeiten des altspanischen Poema del Cid, Bonn, 1893; A. Restori, Osservazioni sul metro, sulle assonanze e sul testo del Poema del Cid, Bologna, 1887; A. Restori, La Gesta del Cid, Milano, 1890; F. Araujo Gómez, Gramática del Poema del Cid, Madrid, 1897; P. Roca, Rectificación de algunas lecciones del "Poema del Cid", en Revista de Archivos, etc. (1897), t. I, págs. 262-265; R. Menéndez Pidal, El Poema del Cid y las Crónicas generales, en Revue hispanique (1898), t. V, págs. 435-469; E. de Hinojosa, El derecho en el Poema del Cid, en Homenaje á Menéndez y Pelayo, Madrid, 1899, t. I, págs. 551-581; M. Menéndez y Pelayo, Tratado de los romances viejos, en Antología de poetas líricos, etc., t. XI, págs. 290-322; A. Coester, Compression in The "Poema del Cid", en Revue hispanique (1906), t. XV, págs. 98-211; E. Baret, Du poème du Cid dans ses analogies avec la Chanson de Roland, París, 1863; J. Ormsby, The Poem of the Cid [trad. inglesa incompleta, con prefacio importante], London, 1879; L. de Monge, Études morales et littéraires, Bruxelles-París, 1889, t. I, págs. 202-283.

147. Los rastros de más viejos cantares de gesta parecen ser los de la Pérdida de España, esto es, del rey Rodrigo, que alude á los acontecimientos del año 711 y los de Bernardo del Carpio y de Mainete, que tocan á la venida de Carlomagno á España. Hállanse estos rastros en la Primera Crónica de España, reinados de Fruela I, y en la Primera Crónica general, reinados de Alfonso II el Casto y de Alfonso III el Magno. Sobre Carlomagno y todo á lo á él tocante, el libro más conocido fué la Crónica latina del seudo Turpin, hecha en gran parte en Santiago de Galicia y conocida por un códice dado hacia 1140 á la iglesia de Santiago de Compostela por el francés Aimeric Picaud (De Pseudo-Turpino, tesis latina de Gastón Paris, París, Franck, 1865; Dozy, Le Faux Turpin, en el t. II, 3.ª ed. de Recherches, 1887, páginas 372-431 y xcviii y cviii). No hay que atribuir esta obra al Arzobispo de Reims, Turpin, muerto hacia el año 800, sino á dos falsarios muy posteriores. Parece que fué francés y clérigo ó monje el autor de los primeros capítulos, de los que residían en Compostela; desde el capítulo VI, donde predomina la épica francesa, es de otro francés, y probablemente lo escribió también en Santiago, donde se ha conservado su libro formando parte del célebre Códice Calixtino. Este libro propaló la epopeya carolingia entre los clérigos españoles. La mejor edición es la de M. Castets. Debió de escribirse poco antes de 1140. Más antigua es la Chanson de Rolland, del siglo xi, y, según Rajna, debió componerla algún juglar francés que, yendo á Santiago ó volviendo de allí, pasó por Roncesvalles. Hubo de conocerse en España en el mismo siglo xi. Sobre la leyenda de Bernardo, véase M. Pelayo (Antol., t. XI, pág. 176).

Sobre el Cid hubo otros cantares, y más antiguos, como el Cantar del Rey Fernando y su continuación el Cantar del Cerco de Zamora, que pintaba al Cid más joven que el Mio Cid. Entrambos perecieron; pero se transparentan en la Primera Crónica general de España. Otro tanto sucedió á los antiguos cantares sobre los Infantes de Lara, los siete hijos de Gonzalo Gustios, que murieron peleando con los moros en Almenar por celada que les puso su tío Ruiz Velázquez para vengar el insulto hecho á su mujer doña Lambra el día de sus bodas. Otra Gesta de los Infantes de Lara, posterior á esos cantares, fué cantada el siglo xii y pasó en parte á la Primera Crónica general; y á fines del siglo xiii otra más extensa, que pasó á un arreglo de otra Crónica general del reinado de Alfonso XI, acabado en 1344, y á una refundición la tercera Crónica general de principios del siglo xv.

La Conquista de Almería en latín vemos que alude á otros cantares más antiguos sobre el Cid; de los posteriores, que el pueblo siguió cantando, habla la Crónica general: "Non lo sabemos por cierto sinon quanto oymos decir á los juglares en sus cantares de gesta", y en las Partidas (2.ª part., ley 20), ordenando á los juglares que "non dixiessen otros cantares sinon de gesta o que fablasen de fecho de armas". "La Estoria d'Espanna, dice M. Pelayo (Antol. poet. lír. cast., t. II, pág. xxvi) nos ha conservado, pues, no solamente el fondo, sino en muchos casos las mismas palabras de los cantares, y hay páginas enteras donde la restitución de la forma métrica es facilísima. En este caso se hallan gran parte de la leyenda de Bernardo y de la de los Infantes de Lara, no menos que la caballeresca de Maynete y Galiana. Pero ha de observarse que cuando algún asunto tradicional había ya caído en manos de los poetas cultos, el Rey Sabio y sus colaboradores prefieren el texto erudito al popular. Así la parte relativa á Fernán González en la General es transcripción, no de los cantares de gesta primitivos (de los cuales sólo algún retazo ha llegado á nosotros en el caótico prefacio de la Rimada), sino del poema de mester de clerezia, compuesto por un monje de Arlanza. Respecto de otras fuentes de la General, como la Estoria del romanz del Infant D. Garcia (el asesinado en León por los Velas), no es fácil decidir por su solo título y por el breve resumen de la Crónica, si se trata de una obra popular ó erudita, ni siquiera si estaba en verso ó en prosa".

Unos trescientos versos del primitivo cantar de los Infantes de Lara ha sacado Menéndez Pidal de las Crónicas. Puyol y Alonso ha sacado de la Crónica del Cid un Cantar de Gesta de Don Sancho II de Castilla, que en su forma original pudo componerse en el siglo xi.

Todos estos cantares anteriores y contemporáneos de Mio Cid, ¿fueron gestas largas ó no fueron más que retazos cortos? Además, ¿fueron escritas y eruditas ó puramente cantadas y populares? Estas preguntas no suelen hacerlas los que no distinguen bien la poesía erudita y la popular, las gestas largas y los romances ó gestas cortas. La prosificación en las Crónicas muestra más bien el pie de romance que el alejandrino (véase sobre Bernardo la Antol., de M. Pelayo, t. X, pág. 205); además eran cantares de juglares, esto es, populares, y lo que es más significativo, todos estos cantares encierran cierta lucha contra Francia y los franceses, cosa propia de los populares, mientras que la clerecía estaba afrancesada y afrancesado nació el mester de clerezia, la primera poesía castellana escrita. Otra nota es la enemiga que muestra contra el reino de León, por ser puramente castellanos, entre los cuales los franceses no influyeron como entre gallegos y leoneses. Si esto es así, lo más probable es que fueran romances y populares, no escritos, puesto que el alejandrino vino con la literatura erudita. Nο menos probable es que fueran anteriores á Mio Cid, del siglo xi y primera mitad del xii, ó acaso del siglo x algunos de ellos y que en ellos no influyó la epopeya francesa. Es cuanto sabemos del mester de juglaria.

148. Cantar de los Infantes de Lara. Consúltense: R. Menéndez Pidal, La Leyenda de los Infantes de Lara, Madrid, 1896; G. Paris, La Légende des Infants de Lara (Extracto del Journal des Savants, mayo y junio, 1898); G. Paris, Poèmes et légendes du moyen âge, París, 1899, págs. 215-25.

Cantar de Gesta de Don Sancho II de Castilla, ed. J. Puyol y Alonso, Madrid, 1912 (con estudio).

149. El Auto de los Reyes Magos fué compuesto á fines del siglo xii ó principios del xiii. Sacado de la liturgia latina, traída por los benedictinos franceses de Cluny, es un paso dramático para representarse en la fiesta de la Epifanía, en la catedral de Toledo. Tiene 147 versos eruditos y algunos leoninos, de seis, ocho y doce sílabas, perdido el final. La fuerza dramática, la sinceridad y realismo, la viveza del diálogo, lo ponen muy por cima de los oficios latinos y piezas dramático-litúrgicas que conocemos de otras partes. Se ve que todavía le soplaba al autor la musa popular; pero ya es un poeta erudito del mester de clerezia, que sigue la moda francesa.