Alfonso X.
(Ms. de la Crónica general de la época. Biblioteca Real).
192. De 1524, en que Colón la compró en Medina, es la primera edición conocida de la Historia de la doncella Teodor, que pasó á las Mil y una noches y mucho antes debió verterse del árabe al castellano. Atribúyenla algunas ediciones á un Mosen Alfonso Aragonés; pero no fué seguramente Pero Alfonso el de la Disciplina Clericalis. El texto, publicado por Knust (Tübingen, 1879, Socied. Liter. de Stuttgart), según dos códices de El Escorial, parece del siglo xiv ó anterior. Salvá cita dos ediciones, una de 1535 y otra que supone de 1520. Colón tenía la dicha de 1524 y otra sin fecha. Conocidas son las de Zaragoza, 1540; Toledo, 1543; Segovia y Sevilla, sin fecha; Alcalá, 1607; Sevilla, 1642; Valencia, 1676; Madrid, 1726; Lisboa, 1735.
Otro libro antiguo es el Capítulo de las cosas que escribió por respuestas el filósofo Segundo á las cosas que le preguntó el emperador Adriano, editado por Knust, y cuyo asunto se halla en la Crónica de Alfonso X y en el Speculum historiale, de Vicente de Beauvais.
193. Alfonso X "el Sabio", rey de Castilla y de León (1221-1284), nació en Burgos, fué hijo de Fernando III el Santo y de doña Beatriz de Suabia; peleó de mozo con los moros, tomando á Cartagena y Lorca, y casó con doña Violante de Aragón (1248), hija de don Jaime I y de doña Violante de Hungría; residió mucho en Toledo, donde juntó los mayores sabios para componer, entre otras obras, las Tablas Alfonsíes, y fué proclamado Rey dos días después de la muerte de su padre (1252). Luego repudió por estéril á su esposa y envió por Cristina, hija del rey de Dinamarca; pero habiendo dado á luz su esposa á la princesa Berenguela, casó á Cristina con el infante don Felipe, electo arzobispo de Sevilla. Falto de recursos, alteró el valor de la moneda, acuñando los burgaleses en vez de los pepiones, que eran de mayor ley. Señoreó á Jerez y Arcos de la Frontera, Medina Sidonia y Lebrija. Nacióle el primogénito, el infante don Fernando de la Cerda, en 1256; volvió en 1261 á guerrear con los moros de Murcia y los venció en Alcalá la Real. En 1262 la flota castellana tomó á Cádiz. Muerto Guillermo de Holanda y vacando el trono de Alemania, presentóse como pretendiente, apoyándole cuatro electores y oponiéndosele los Papas durante diez años; pero las luchas civiles le impidieron lograrlo por las armas. Confederados los descontentos nobles con el Rey de Granada, que había hecho treguas, consiguieron de Alfonso X cuanto le pidieron (1274), y mientras fué á vistas á Beaucarie con Gregorio X, el nuevo Rey de Granada, apoyado de los benimerines, entróse por tierras de Córdoba y derrotó al Gobernador interino don Fernando de la Cerda, que murió luego en Ciudad Real, encargándose de la regencia el infante don Sancho, cuyo ejército fué también derrotado en 1275, pereciendo don Sancho, arzobispo de Toledo. Vuelto Alfonso á España, firmó treguas con los moros y convocó Cortes en Segovia, donde declararon á don Sancho, su hijo segundo, heredero del reino, en daño de los hijos del difunto don Fernando de la Cerda, lo cual llevando á mal doña Violante y temiendo por la vida de sus nietos, se los llevó á Aragón, acción que el Rey calificó de crimen de lesa majestad, mandando á don Sancho matar á los cómplices de la Reina, y por ello fué muerto el infante don Fadrique en Treviño, lo que motivó la intervención de Felipe III, de Francia, á ruegos de su hermana la princesa doña Blanca, viuda de don Fernando de la Cerda, y pidió al Rey cediese al primogénito de los infantes de la Cerda el reino de Jaén, como vasallo de Castilla, á lo que no se avino don Sancho.
En las Cortes de Sevilla de 1271 tornó á aumentar el valor de la moneda para poder guerrear con el de Granada, lo que le malquistó con el pueblo, mientras que don Sancho iba apoderándose del gobierno y el francés proseguía apoyando á los de la Cerda. Juntadas Cortes, se opuso don Sancho á lo del reino de Jaén en forma desabrida, por lo cual su padre le amenazó con desheredarle, respondiéndole el hijo: "Tiempo vendrá en que esta palabra la non quisierades haber dicho". Alzóse, en efecto, con algunas ciudades contra su padre, apoyado de Aragón y Portugal (1282) y convocando Cortes en Valladolid, con asistencia de doña Violante, la nobleza y procuradores de las ciudades, despojaron á don Alfonso del título de Rey, dándoselo á don Sancho, bien que no lo quiso aceptar. Quedó el Rey solamente con Sevilla, que le fué fiel, como lo dice la empresa de su blasón: "No m'a dejado". Martín IV mandó se volviese á su obediencia so pena de excomunión, y Alfonso envió su corona al rey Jacub de Marruecos, el cual le envió 60.000 doblas de oro y vino con un ejército, juntándosele en Zahara. Evitóse la guerra civil por negarse don Sancho á ir contra su padre (1283); pero fué proclamado Rey el año siguiente, en el cual murió don Alfonso.
Condescendencias con un hijo ambicioso y pequeños yerros, cometidos con sana intención, le llevaron á todos estos desastres, añadiéndose, sin duda, su amor á las ciencias y letras, que no suele compaginarse con el cuidado que pide el gobierno, lo cual Mariana cifró en este juicio que de él hizo: "Dumque coelum considerat observatque astra, terram amisit". Si algo erró como rey, la cultura española le debió harto más, acaso más que á ningún otro hombre de nuestra nación. Él fué nuestro primer y más grande legislador, el primero en fecha y uno de los mayores prosistas españoles, el fundador de la prosa castellana, el mejor historiador y el mejor lírico de su época, y sobre todo, el que trajo al castellano la ciencia y la cultura arábigo-judía española y oriental y dió empuje y aun hizo nacer toda la cultura española. Por eso se le han atribuido cuantas obras corrían anónimas, lo cual implica el juicio que de él formó España entera no menos que coronándole con el calificativo de El Rey Sabio.
La literatura castellana, sobre todo, le es deudora de haberse comenzado con él á escribir las leyes y documentos oficiales en romance, haciéndolo él por tan elegante y natural manera, que muchos años y aun siglos habían de pasar hasta que hubiese quien le igualase. Bárbara era y siguió siendo la prosa de los demás romances, cuando Alfonso x levantó tan alto la prosa de la lengua castellana.
La obra de Alfonso x no acaba en lo que él escribió y en lo que otros por orden suya escribieron. Su ejemplo parece bandera enhiesta en lo alto del trono castellano, que no dejan de mirar y seguir los reyes y cortesanos que tras él vinieron. Sin su ejemplo probablemente no se hubiera dado á las letras su sobrino don Juan Manuel, que en su tío se miraba, como se ve por el prólogo al Conde Lucanor, ni su hijo Sancho iv, ni Alfonso xi, ni don Juan ii, con toda su corte, hubieran favorecido las letras y dádose á ellas, brillando conforme á su talento, ni el Canciller ni Santillana y todos los demás magnates de aquella semibárbara edad hubieran manejado la pluma á par de la espada, si el Rey Sabio no hubiese ensalzado y entronizado las letras castellanas.