248. El Libro de la Montería publicólo Argote de Molina en 1582 y reprodújolo J. Gutiérrez de la Vega, Bibliot. venatoria, Madrid, 1877, t. I y II. Consúltese: B. Martín Mínguez, Alfonso XI y el Libro de la Montería, en La Ilustración Española y Americana, 1906, t. LXXXI, págs. 190-191. Consérvase el texto de las Cortes celebradas por Alfonso XI en Burgos, 1315; en Valladolid, 1325; en Medina del Campo, 1328; en Madrid, 1329; en Alcalá, 1348, con su famoso Ordenamiento, y en León, 1349.

249. Á la primera mitad del siglo xiv pertenece el Poema de Alfonso Onceno (1312-1350), traducción probablemente del gallego, hecha por Rodrigo Yáñez. El autor debió asistir á muchos de los hechos que canta como soldado y juglar, no como poeta erudito. Hay brío y calor, como en ningún otro poema anterior, fuera del Cantar de mio Cid. Consta de 2.455 estrofas de á cuatro versos octosílabos, consonantados el primero con el tercero y el segundo con el cuarto, aunque le falta el principio y el fin y tiene algunas otras lagunas. Es la última muestra de la epopeya castellana del mester de juglaria.

250. Descubrió el Poema de Alfonso XI en Granada, por los años de 1573, Diego Hurtado de Mendoza, y publicó un extracto de él Argote de Molina en la Nobleza de Andalucía (1588). Mendoza lo tuvo por una de las antiguas gestas (en su carta de 1.º de diciembre de 1573 á Zurita) y de hecho es la última del mester de juglaria. Nicolás Antonio creyó que su autor era Alfonso XI. El manuscrito, que fué de Mendoza, pasó con su librería á la Biblioteca de El Escorial, donde estuvo hasta 1864, en que Florencio Janer lo publicó, reduciendo á la forma versificada el texto, que está como si fuera prosa. Hállase plagado de faltas en la versificación, debidas acaso al que se supone lo transcribió al castellano, como insinuó Julio Cornu, pues leídos en gallego ó en portugués los versos cojos resultan enteros. Parece, pues, que el Rodrigo ó Ruy Yáñez, que se nombra en la copla 1841 ("Yo Rodrigo Yannes la note | en lenguage castellano") fué un traductor desmañado, natural de Galicia, que castellanizó su nombre de Rodrigo Eannes. Hay otros que suponen fué un portugués el que se esforzó por escribir el Poema en castellano; pero el sonar bien los versos en gallego hace más probable la primera conjetura. Las alusiones á las profecías de Merlín (242-246, 1808...) la corroboran, pues éstas entraron en Galicia con los lays bretones, y no menos lo de "la farpa de don Tristán" (409). El autor de la Crónica de Alfonso XI parece tuvo presente el Poema.

251. Poema de Alfonso Onceno. Ed. F. Janer, Madrid, 1863; Bibl. de Aut. Esp., t. LVII. Consúltense: señora C. Michaëlis de Vasconcellos, en Grundriss der romanischen Philologie, t. II, 2. Ableitung, páginas 204-205; señora C. Michaëlis de Vasconcellos, Estudos sobre o romanceiro peninsular: Romances velhos em Portugal, Madrid, 1909, pág. 330.

252. La Crónica rimada de las cosas de España desde la muerte del rey don Pelayo hasta don Fernando "el Magno", y más particularmente de las aventuras del Cid, que otros intitulan Cantar de Rodrigo ó también Las mocedades de Rodrigo, es una composición de unos 1.225 versos, los más de diez y seis sílabas, esto es, en romance, con huellas de la cuaderna vía y algunos versos que no son más que prosa cortada (ej. 235-248; 312-313). El autor semierudito tomó del pueblo el metro del romance, el asunto histórico y hasta la manera novelesca que habían traído á Castilla las nuevas leyendas caballerescas, venidas de Galicia y Francia. Es, pues, un largo romance con inspiración popular, hecho por persona algún tanto letrada.

253. La Crónica rimada se halla en un manuscrito del siglo xv. La refundición de la Crónica general de 1344 contiene ya en prosa la historia de las mocedades del Cid, tal como la ofrece la Crónica rimada, de manera que parece hubo gestas, mejor diremos romances, que las cantaban, de los cuales salió ó á los cuales alude esta prosa de la Crónica de 1344 y la descuidada Crónica rimada. El autor, que parece debía de ser palentino, tiene del juglar y del erudito. La manera de tratar al Cid en una y otra Crónica muestra que el espíritu caballeroso y aventurero corría ya por España y que ya se debían de cantar romances de este nuevo género novelesco, de los que tantos hay entre los romances viejos del siglo xv. El Cid, mozo de doce años, se combate con el Conde Gómez de Gormaz por haber maltratado éste á los pastores de su padre y robádole su ganado. Mátale, y la más joven de las hijas del muerto, llamada Ximena Gómez, demanda en matrimonio al matador, hecho caballeresco hasta dejarlo de sobra. Cásase Rodrigo contra su voluntad cediendo á los ruegos del rey don Fernando, á quien insulta y jura no besarle la mano á él ni ver á Ximena hasta tanto que no haya salido vencedor en cinco lides: otro rasgo caballeresco. Vencedor en una, se aviene con el Rey; peregrina á Santiago y, al volver, acoge á San Lázaro en figura de leproso, el cual se le aparece en sueños; sóplale en las espaldas y prométele victoria siempre que sienta estremecerse (calentura). En Palencia está aún en pie la iglesia de San Lázaro, mandada labrar por el Cid, y junto á ella hubo el primer hospital de leprosos de España, según allí se dice. Emprende, pues, sus aventuras, vence al Conde de Saboya, coge presa á su hija y aconseja al rey don Fernando que la tome para sí; pártese para París, golpea las puertas, encuentra al Papa, desafía al Rey de Francia y á los doce Pares; asiste á las vistas de los Reyes de Castilla y de Francia, del Papa y del Emperador de Alemania, portándose con altanera fanfarronería; la hija del Conde de Saboya da á luz un hijo, cuyo padre es "el buen rey don Fernando", y para celebrarlo, el Papa solicita treguas de un año, apoyándole el Rey de Francia y el Emperador de Alemania, padrinos del niño. El romántico Cid de la Crónica rimada bien se ve cuánto dista del histórico Mio Cid: el soplo de la novela caballeresca había soplado regañonamente de Galicia. Tal aparece después en no pocos romances y en el teatro, en la Comedia de la muerte del rey don Sancho y reto de Zamora por don Diego Ordóñez, de Juan de la Cueva; en Las mocedades del Cid, de Guillén de Castro; en Las Almenas de Toro, de Lope; en La jura en Santa Gadea, de Hartzenbusch; en Le Cid, de Corneille; en La Légende des Siècles, de Víctor Hugo; en los Poèmes tragiques, de Leconte de Lisle; en los Trophées, de José María Heredia.

La Crónica Rimada se conserva en un códice de la Biblioteca Nacional de París; fué impresa por Francisque-Michel, Viena, 1846; por Ferdinand Wolf, Viena, 1847; por Durán, en el Romancero general, vol. II, Madrid, 1851, Bibl. de Autor. Esp., t. XVI, Apénd. IV, núm. 188.

254. El Cantar de Rodrigo. Ed. B. P. Bourland, en Revue Hispanique (1911), t. XXIV, págs. 310-357; Crónica rimada de las cosas de España desde la muerte del rey don Pelayo hasta don Fernando "el Magno", y más particularmente de las aventuras del Cid, ed. Fr. Michel, Anzeige-Blatt für Wissenschaft und Kunst, en Jahrbücher der Literatur (Wien, diciembre 1846), t. CXVI; reimp., en Bibl. de Aut. Esp., t. XVI, págs. 651-664; facsímile del manuscrito de la Bibliothèque Nationale, ed. Archer M. Huntington, New York, 1904. Consúltese: M. Menéndez y Pelayo, Tratado de los romances viejos, Madrid, 1903, t. I, págs. 337-345.

255. Fernando Sánchez de Tovar ó de Valladolid, predecesor de López de Ayala en la Cancillería de Castilla en tiempo de Alfonso XI, y que acaso alcanzó hasta Enrique II, escribió por orden del mismo Alfonso XI la Chronica del rey D. Alonso "el Sabio", Valladolid, 1604; la Chronica del rey D. Sancho "el Bravo"; la Chronica del rey D. Fernando el IV; la Chronica del rey D. Alfonso XI. Todas en la Bibl. Escor. Creyéronse antes obra de Juan Núñez de Villaizan.

Acaso en 1345, y por lo menos poco antes de 1350, Fray Johan García de Castro Xerex (Castrojeriz), de la orden de los frailes menores, confesor de la reina de Castilla, trasladó del latín El Regimiento de los príncipes, por orden de don Bernardo, obispo de Osma (1331-1335), "por honra e enseñamiento del muy noble infante don Pedro, fijo primero heredero del muy alto e muy noble don Alfonso, rey de Castilla, de Toledo, de León". Este Infante fué el que reinó después, llamándose don Pedro el Cruel, nacido en 1334 y que sucedió á su padre Alfonso XI en 1350. La obra latina era De regimine principum, hecha por Egidio Colonna, ó "Gil de Roma", de la orden de San Agustín, que dice la versión, el cual murió en Aviñón en 1316, después de ser Obispo de Bourges y maestro del futuro Felipe IV el Hermoso, de Francia, para quien escribió el libro. Nacido este Rey en 1268 y habiendo sucedido á su padre en 1281, el libro se compuso antes de esta fecha. El trasladador añadió muchas cosas de su cosecha. Imprimióse la traslación en Sevilla, 1494. Consúltese Revue Hispanique, t. XV, pág. 370.