Dejado el lenguaje, si al estilo atendemos y al alma del escritor, uno es el espíritu satírico del Lazarillo y del Cancionero. No hay mordacidad expresa; va siempre muy honda. La ironía es tan delicada y fina, que no se parece. Diríase un escéptico, que cuenta por contar, que se ríe por reir; un verdadero equilibrado discípulo de Erasmo, que sólo se repunta algún tanto cuando se acuerda de los clérigos, por el daño que sus malas costumbres acarreaban á la religión cristiana. Fuera de esto, el mismo espíritu escéptico de Erasmo; la misma blandura, condescendencia y caridad hasta con los que critica, se halla en el Lazarillo y el Cancionero. Pero también la misma libertad y desparpajo para sacar los más sucios trapillos á la colada, y con la misma elegancia y risueña manera, sobredorando lo más grosero y torpe con el rodeo con que lo expresa. No hay escritor más sucio ni desenvuelto en el fondo, ni más elegante y delicado en la forma, que el autor del Cancionero, igualando en esto á Cervantes. Véase en el Lazarillo cómo se dice que el arcipreste de San Salvador le ponía los cuernos. Solos Cervantes y Horozco alcanzaban tan elegante, irónica y risueña manera de decirlo.

Ahora los asuntos y alusiones. La madre de Lázaro, con sus moços de cauallos y sus estudiantes, no es más que la Puta vieja alcahueta del Cancionero (pág. 24), tomada de La Celestina, pero con los ribetes que el autor le añade, y son los de la madre de Lázaro:

Puta vieja embaidora,
ponçoñosa, serpentina,
maldita encandiladora,
heredera y sucesora
de la vieja Çelestina.

Hasta aquí es la de Rojas; pero en ella, injerta, aparece

Sonsacando mil moçuelas
y albergándolas á todas,
frailes y moços de espuelas,
dando casa, cama y belas

para hazer torpes bodas:
no hay moço ni despensero
que á tu casa no se acorra,
cayendo con su dinero;
pues guarte del rocadero
y açotes con miel y borra.

"Mi biuda madre, como sin marido y sin abrigo se viesse, determinó arrimarse á los buenos por ser uno dellos y vínose á viuir á la ciudad é alquiló una casilla y metióse á guisar de comer á ciertos estudiantes é lauaua la ropa á ciertos moços del Comendador de la Magdalena, de manera que fué frequentando las cauallerizas... á mi madre pusieron pena por justicia, sobre el acostumbrado centenario".

Pues lo de dar pupilaje á estudiantes, véase (pág. 5):

Yo os quiero, señor, dezir
qu' es la vida pupilar,
y espantaros eis de oir
de cómo puede vivir
el triste del escolar.
Veréis venir á comer
al cuitado del pupilo
aguijando á más correr,
que de hambre al parecer
su alma cuelga de un hilo.
Pues á la mesa sentados
las tripas cantan de hambre;
pónenles á los cuitados
los manteles tan cagados,
que hieden bien á cochambre.
Como piedras de cimientos
son los panes que les dan;
mas los pupilos hambrientos,
gargantas de picavientos,
de las piedras hazen pan.
Y aún se les hazen bodigos
masados con mantequillas,
y luego entre dos amigos
un plato con sendos higos
ó en invierno seis pasillas.
De carne pocas tajadas,
que no puedan malhazer,
tan sotilmente cortadas,
qu' en el plato á dos entradas
no ay más para qué volver.
No hayáis miedo qu' el tocino
de la olla haga mal;
después tres vezes de vino
muy azedo y muy malino,
medidas con un dedal.
Viene dos vezes aguado
del dueño y del tabernero,
y después, mal de su grado,
otra vez rebaptizado
del ladrón del despensero.
Pues no hagáis por echar mano
á la sal para salar:
hago voto al Soberano,
con el más pequeño grano
os pueden descalabrar.
Y después por despedida
con qu' el triste se derrostre,
le dan por sobrecomida
una mançana podrida,
qu' entre ellos se llama el postre.
Y si no, algún ravanillo
de antenoche, si hay sobrados,
ó tajada de quesillo,
que con el más ruin soplillo
volará por los tejados.
La cocina es singular:
una agua con yerbezillas,
qu' está puesta á escallentar
en la olla sin fregar
para lavar escudillas.

Y nótese la exagerada manera de ponderar, casi caricaturesca, pues es la del Lazarillo, sobre todo al pintar al clérigo y al escudero matándole de hambre. Lo de los Gelves lo cuenta Horozco en el manuscrito de la Biblioteca Nacional. Cómo rezan los demás ciegos, "sin hazer gestos ni visajes con boca ni ojos" lo dice el Cancionero (página 226):

"Que tengáis algún sosiego,
y no os deis á todos luego,
alçando el tono á porfía,
como de oración de ciego".