El erudito capitán de Infantería don Lucas de Torre ha dado con una novelita del corte del Lazarillo en la Biblioteca de la Academia de la Historia. Intitúlase Diálogo del Capón, compuesto por el incógnito. Encima dice: vachiller Narváez. Revue Hisp., t. XXX, 1914. El estilo es más corrido y limpio que el del Lazarillo; pero los personajes y escenas, todo toledano, excepto el comienzo, que trata del pupilaje de los estudiantes en Salamanca. Personajes, lugares, escenas, modo irónico y delicado de tratar las cosas, convienen en gran parte con el Lazarillo y con el Cancionero de Horozco. La obra es algo posterior, pero del mismo reinado de Felipe II, en que Horozco vivía. Del cual fué muy propio hablar de pupilos y más de capones (págs. 16, 39, 232), de los cuales tratan rarísimos autores. Dos veces nada menos se cita el Lazarillo en esta novela: "Cap.: ...luego me contaréis vuestra vida, que tengo gran deseo de saberla, y por qué queríais huir de mí al principio, que no puede ser mala la historia.—Velasquillo: ¿Mala? No fué tal la de Lazarillo con mil leguas". (Capón, fol. 55 v.).—"Velasquillo: ...saldré quando la hambre me diere garrote hacia la venta del Moral ó á Azuqueica y encomendarme á Dios y á la buena, gente como Lazarillo de Tormes, que nunca nadie murió de hambre". (Capón, fol. 52).
¿Escribiría Sebastián de Horozco el Diálogo del Capón en los últimos años de su vida, cuando, por el continuo uso, se hubiera soltado más en la prosa? ¿Ó fué su autor el Luna, que escribió la Segunda parte del Lazarillo, pues en el estilo y lenguaje hay todavía mayor semejanza? De todos modos, las circunstancias externas, y mucho más el estudio interno, llevan al ánimo la persuasión de que Sebastián de Horozco fué el que escribió el Lazarillo, mientras nuevos documentos, con testimonios claros, no convenzan otra cosa. De esta fuerte probabilidad, que es cuanto puede esperarse del estudio interno de una obra, participan los grandes eruditos españoles don Francisco Rodríguez Marín y don Adolfo Bonilla y San Martín, como de palabra me lo tienen comunicado, y con cuyo autorizado parecer he querido dejar aquí corroborado el mío.
El Lazarillo fué traducido al francés en 1561 por Jean Sangrain; al flamenco, en 1579; al inglés, en 1586, por David Rowland; al alemán, en 1617, por Nicolás Ulenhart; al italiano, en 1622, por Barrezzo Barrezzi; al latín, por Gaspar Ens, en la traducción del Guzmán.
Vida de Lazarillo de Tormes, ed. R. Foulché-Delbosc, Bibliotheca Hispánica, t. III; ed. H. Butler Clarke, London, 1897; Bibl. de Aut. Esp. [donde el libro se atribuye á Diego Hurtado de Mendoza], t. III; ed. J. Cejador, con introducción y notas, Madrid, 1914, véase Literature Notes, marzo, 1915. Consúltense: A. Morel-Fatio, Études sur l'Espagne, 1ére série, 2e ed., París, 1895, págs. 109-166; R. Foulché-Delbosc. Remarques sur Lazarillo de Tormes, en Revue Hispanique (1900), t. VII, págs. 81-97; F. De Haan, An outline of the History of the Novela picaresca in Spain, The Hague-New-York, 1903; F. W. Chandler, The literature of Roguery, Boston, 1907; W. Lauser, Der erste Schelmenroman, Lazarillo von Tormes, Stuttgart, 1889; A. Schultheiss, Der Schelmenroman der Spanier und seine Nachbildungen, Hamburg, 1893; H. Rausse, Zur Geschichte des spanischen Schelmenromans in Deutschland, Münster i. W., 1908; A. Bonilla y San Martín, Una imitación de Lazarillo de Tormes en el siglo xvii, en Revue Hispanique (1906), t. XV; Le garçon et l'aveugle; jeu du xiiie siècle, ed. M. Roques, París, 1912.
177. Novela picaresca es la real ó fingida autobiografía de un pícaro, esto es, de uno que, no queriendo sujetarse á trabajar ni someterse á nadie, gusta de buscarse la vida á costa de los demás. Como parece que á semejante briba le lleva en parte la misma sociedad, ó al menos se lo permite, satiriza el pícaro, irónica é indirectamente, á la misma sociedad en que vive. Como, por otro lado, va arrastrado por su genio y carácter y el público goza de ver pintada la manera de ser de tantos que así viven, resulta que todos reconocen sin querer ser el modo picaresco una de las cualidades de la raza española, que, por demasiados humos, quijotismo y sentimientos nobles, llevados al extremo, prefiere padecer por no someterse ni trabajar, hallando un particular goce en ostentar la sutileza del ingenio, en darse maña cómo poder vivir á sus anchas á costa de los demás. Es género novelesco enteramente español, que comenzó con el Lazarillo, dejóse de cultivar en el severo reinado de Felipe II y volvió á brotar al comenzar el de Felipe III con Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, que le añadió las moralidades propias de aquella más grave época. Cervantes inventó un nuevo género: la novela rufianesca y hamponesca. Quevedo urbanizó la picaresca, haciéndola novela de buscones con este nuevo matiz de la picardía urbana, y fué cultivada variamente después, aunque más raramente, hasta nuestros días.
178. A. Morel-Fatio, prefacio al Lazarillo, París, 1886: "Deux procédés ont concouru à la formation de ce genre...: le récit autobiographique et la satire des mœurs contemporaines". La autobiografía puede y suele ser fingida en la mayor parte de los casos; pero está tan fundada en la realidad de la manera de vivir de muchos y llevamos los españoles tan en el corazón esta manera de ser, que las novelas picarescas parecen verdaderas autobiografías, aunque sólo haya de hecho en ellas algunos rasgos y acontecimientos de la vida de sus autores, exagerados é idealizados con lo que en los verdaderos pícaros ven alrededor de sí. Todo ello lo hallamos en el Lazarillo, "el verdadero padre de los libros picarescos" (Navarrete, Bosquejo histórico sobre la novela española, pág. 67). Morel-Fatio (l. c. pág. 2): "L'histoire littéraire voit à juste titre dans notre roman le prototype de la nouvelle picaresque; elle fait du Lazarille le père de toutes ces gueuseries". M. Pelayo (Heterod., t. II, pág. 518): "el Lazarillo de Tormes, príncipe y cabeza de la novela picaresca entre nosotros". El pícaro es el verdadero héroe en esta novela, porque para los españoles el ideal y dechado de la vida es el pícaro, el ser tan agudo y tracista, que, sin someterse más de lo que uno quiera y sin trabajar, se dé maña para vivir á sus anchas. En otros pueblos donde eso fuera deshonroso no se tendría por héroe al pícaro, y no habría literatura que le ensalzase. La voz pícaro aplicóla el vulgo á Guzmán de Alfarache, sin habérselo llamado su autor, lo cual comprueba lo nacional que era el fundamento de este género literario y cuanto acabamos de decir. Pícaro, como picaño, es el holgazán ducho en la briba, en vivir á costa de otros mediante su ingenio. La primera vez que sale el nombre en la novela picaresca es en el Guzmán (1, 2, 2, 3): "creyeron ser algún pícaro ladroncillo". Rinconete: "muy descosidos, rotos y maltratados... la ventera admirada de la buena crianza de los pícaros". Il freg.: "en Carriazo vió el mundo un pícaro virtuoso, limpio, biencriado". Tan español es el ser pícaro, tan gustoso y honroso le parece serlo, como Cervantes lo pinta en el noble Carriazo, que de propia voluntad se desgarra de su casa y se da á la picardía. Claro está que pícaro se llamó antes al que ayudaba en la cocina y en el traer como ganapán bastimentos y otras cosas para ella, y díjose del picar y tomar en ella golosinas; pero generalizóse para el desharrapado que vive picando acá y acullá, y luego para designar al bribón que anda á la briba. Fué primero el ganapán, de los hermanos del trabajo, y pinche de cocina; pero del picar y pinchar salió el valor que tiene en la novela picaresca y en el uso hoy corriente. Covarrubias, Ganapán: "Ninguna cosa da cuidado al ganapán, no cura de honra, y así de ninguna cosa se afrenta: no se le da nada de andar malvestido y roto, y así no le ejecuta el mercader... come en el bodegón el mejor bocado y bebe en la taberna donde se vende el mejor vino, y con eso pasa la vida contento y alegre": es pintura puntual del pícaro. Guzmán: "comencé á tratar el oficio de la florida (astuta) picardía; la vergüenza que tuve... perdíla por los caminos...; era bocado sin hueso, lomo descargado, ocupación holgada y libre de todo género de pesadumbre". Mateo Luján: "eché de ver en mi vida picaresca que muchos hijos de buenos padres que la profesaban, aunque después los quisieron recoger, no hubo remedio: tal es el bebedizo de la libertad y propia voluntad". Véase La vida del pícaro (1601). La etimología de pícaro, en Cejador, Tesoro, Labiales, I. Sobre la inclinación española á la vida aventurera y picaresca, véase Navagiero, Viajes por España (Libros de antaño, t. VIII, años 1525-1528): "Los españoles, lo mismo aquí (Granada) que en el resto de España, no son muy industriosos, y ni cultivan ni siembran de buena voluntad la tierra, sino que van de mejor gana á la guerra ó á las Indias para hacer fortuna por este camino más que por cualquier otro". Conviene la novela picaresca con el Libro de buen Amor, con La Celestina, con El Quijote, con el Criticón, en ser obra satírica, que critica las costumbres sociales, de intento moral, que es la nota de toda la literatura española. Desde Séneca y Marcial hasta Juan Ruiz sobresalió España en la sátira, y Juan Ruiz es el progenitor español de la ficción picaresca, siguiéndole Rojas en la pintura que en La Celestina hace de la gente baja. La filosofía de la novela picaresca es la filosofía española, la manera que tienen los españoles de ver la vida. Los pícaros de nuestra literatura "son otros tantos filósofos estoicos, con sus puntas y ribetes de cínicos, dice Bonilla (Hist. filos. esp., t. I, pág. 159). El pícaro, aunque hombre de sutil ingenio, es poco amigo de estudios doctrinales; también el cínico rechaza como un mal la ciencia y la cultura. El cínico desprecia las reglas artificiosas de la llamada urbanidad, y es un rebelde contra las leyes del Estado; también el pícaro es autónomo é individualista, y no respeta nada que no sea su particular provecho. El estoico desprecia las especulaciones demasiado abstractas, y entiende que no es ciencia la que no sirve para la vida; el pícaro no tiene tampoco otra filosofía que ésta que se aprende en la ruda y dolorosa escuela de la experiencia, á fuerza de caídas y de tropezones. El estoico es, ó procura ser, impasible; el pícaro no llora jamás, ni se altera en demasía por los sucesos de la vida, porque, como Guzmán de Alfarache, cree en la predestinación, y, como Don Pablos, entiende que la Fortuna gobierna y rige el mundo. Por eso, al leer las reflexiones de Guzmán, parécenos tener á la vista los pensamientos y las sentencias del autor de los libros De beneficiis. La filosofía picaresca (que filosofía es, y tan alto nombre merece) es una derivación del cinismo; su entronque español no es otro que Séneca". Fouillée, en su Esquisse psychologique des peuples européens, ha escrito: "El genio áspero de los españoles, como el de los romanos, es acomodado á la sátira; pero por ser de su natural graves gustan de burlarse con amarga socarronería. El despiadado realismo de sus novelas picarescas no nace de lástima que tuvieran de los desgraciados, sino de puro desprecio". Aviesas entendederas, por cierto. ¡El autor del Lazarillo, según esto, despreciaba á Lazarillo! ¡Y se ha creído que es autobiografía! Cervantes debía de odiar á Rinconete y Cortadillo, á Lope, el rufián dichoso, á los galeotes, á maese Pedro. ¡Espinel despreciaba al escudero Marcos de Obregón, y Mateo Alemán, á Guzmanillo! También estas dos obras tienen no poco de autobiográficas. ¿Es posible que se despreciasen estos señores á sí mismos, ni á las pobres criaturas que nos pintan tan simpáticas, listas, agudas, tan buenas, en una palabra, á pesar de sus picardihuelas, hijas de la necesidad en que se hallaban? Sólo escritores tan ligeros de cascos, como lo estuvo Fouillée al escribir semejante cosa, pudieran despreciar á esos pobres muchachos. En varones tan graves de su natural como aquellos autores españoles no cupo tal desprecio. ¡Valiente manera de despreciarlos, haciéndolos amables á los lectores! La amargura de la burla sobre quienes recae en la novela picaresca es sobre los demás, que tan mala vida daban, por razones sociales, á los infelices mancebos, y cabalmente para que el mal proceder de la sociedad resaltase más, los pintaron á ellos tan agradables. Fouillée no ha leído ó no ha entendido nuestras novelas picarescas. Pero aun sin leerlas, bien se le podía haber ocurrido que sus autores no iban á ser tan zafios y desmañados que despreciasen á sus héroes y los hiciesen despreciables. Se figuró sin duda que los pícaros españoles eran como los personajes ruines y de malas entrañas del teatro de Shakespeare, ó que en nación tan cruel, como los franceses suponen serlo España, la hez de ella, los golfos de la calle, serían crueles y los más dignos de desprecio. No sé yo que haya español que no se lastime, y hasta quiera y cobre cariño á los golfillos esos de por ahí. Pues ésos son los pícaros que nuestros autores quisieron pintar, y nuestros autores fueron de tan blandas entrañas por lo menos como los españoles de hoy, que hasta nos encariñamos con los golfos. La igualdad y democracia española no cabe en la cabeza de franceses y demás gentes de raza germánica, entre quienes encajó el feudalismo y donde es imposible se dé la familiaridad de trato entre altos y bajos que aquí se dió siempre y quedó retratada en la que hubo entre don Quijote y Sancho. El realismo de la picaresca pintó lo que España era, con el natural propio de la raza; pero nuestra raza debe de ser tan incomprensible para los franceses, que ni la han sabido ver pintada en la picaresca. El pícaro español encierra sentimientos nobilísimos; lleva metido en su corpezuelo un espíritu de rey; jamás hace el mal por serlo ni por aviesas y torcidas intenciones, sino por chunga, tomando á broma las miserias del vivir y convirtiéndolas en fuentes de donaire. Guzmanillo se hacía querer de todos, hasta de los que, antes de conocerle, le hacían sufrir teniéndole por malo. Y este desengañarse de las gentes, ó por lo menos de los lectores, respecto á los pícaros del arroyo, que pareciendo escoria de la sociedad, son almas de oro, que la suerte arrastra por el fango, es una de las fuentes de la filosofía y de la belleza que encierra la picaresca española. Cornudo y todo, se deja y se hace querer Lazarillo de cuantos le conocemos, cabalmente porque somos graves los españoles y distinguimos lo que pueden las circunstancias y apuros en que los pobrecillos se ven. Acaso algunos franceses, más cercenados de colodrillo, los desprecien y tengan por basura y canalla, que así suelen juzgarlos algunos infatuados señores, halagados de la fortuna, de allende. Por España no suele gastarse tan soplada fatuidad ni la gastaban nuestros nobles de antaño, ni aun los hidalgos, con todos sus humos y linajerías á cuestas. Dígalo, si no, don Quijote.
Sobre la novela picaresca, consúltense: Aribau, La novela picaresca, en el Discurso preliminar, vol. III de la Bibl. Autor. Esp., Madrid, 1846, págs. 21-28; F. Wolf, en Jahrbücher der Literatur, Band 122, Wien, 1848, págs. 98-106; Ernest Lafond, Les humoristes espagnols, en Revue Contemporaine, 15 junio 1858; Karl Stahr, Mendoza's Lazarillo und die Bettler und Schelmenromane der Spanier, en Deutsche Jahrbücher für Politik und Literatur, Bd. III, Berlín, 1862, págs. 411-444; Emile Chasles, L'Espagne picaresque, en Miguel de Cervantes, par E. C., 2ème ed., París, 1866, págs. 254-286; (anónimo) Picaresque Romances, en The Southern Review, vol. II, Baltimore, 1867, páginas 146-171; O. Collman, Gil Blas und die Novela Picaresca, en Herrig's Archiv, vol. XLVI, 1870, págs. 219-250; A. Morel-Fatio, Préface á la Vie de Lazarille de Tormes, París, 1886, págs. i-xxii; D. Jan ten Brink, Gerbrand Adriaensz, Bredero, vol. III, De Kluchten en de blijspelen, Leiden, 1889, págs. 182-212; A. Morel-Fatio, Lazarille de Tormès, en Études sur l'Espagne, 1ère série, págs. 114-140, 171-176; Dr. Juan ten Brink, Dr. Nicolaas Heinsius Jun., eene studie over den Hollandschen schelmenroman der 17e eenw., Rotterdam, 1888; Karl von Reinhardstöttner, Aegidius Albertinus, der Vater des deutschen Schelmenromans, en Jahrbuch für Münchener Geschichte, II, Jahrgang, 1888, págs. 13-16; Arvède Barine, Les gueux d'Espagne. Lazarillo de Tormes, en Revue des Deux Mondes, 15 Avril, 1888, págs. 870-904; Léo Claretie, en Lesage romancier, París, 1890, páginas 175-425; José Giles y Rubio, El origen y desarrollo de la novela picaresca, discurso leído en la apertura del curso académico de 1890 á 1891, Oviedo, 1890; Wilhelm Lauser, Der erste Schelmenroman, Lazarillo von Tormes, 2nd ed. Stuttgart, 1892; Albert Schultheiss, Der Schelmenroman der Spanier und seine Nachbildungen, Sammlung gemeinverständlicher wissenschaftlicher Vorträge, Heft, 165, Hamburg, 1893; F. W. Chandler, Romances of roguery. Part. I. The picaresque novel in Spain, 1899; Fonger de Haan, Pícaros y ganapanes, en Homenaje á M. Pelayo, Madrid, 1899; íd. An outline of the History of the novela picaresca in Spain, The Hague-New-York, 1903; Revista España Moderna, Madrid, 1913, enero, pág. 76; febrero, pág. 5; marzo, pág. 51; abril, pág. 157; mayo, pág. 85; donde hay un concienzudo estudio sobre La novela picaresca en España, de Wadleigh Chandler (Franck).
179. Año 1554. Lope de Rueda (1510?-1565) nació en Sevilla, tuvo por padre á Juan de Rueda y fué de oficio batihoja, ó sea fabricador de panes de oro. Era cuando Oropesa, Hernando de Vega, Juan Rodríguez y otros actores recorrían los pueblos haciendo sus églogas, farsas y coloquios, de Juan del Enzina, Lucas Fernández, Gil Vicente, etc. Á alguna de estas compañías se pegó Rueda, y no contento con ser actor se hizo autor, variando primero las piezas y haciendo luego otras originales. El nombre de comediante se halla por primera vez en una pragmática de Toledo, 9 de marzo de 1534, por don Carlos y su madre doña Juana, mandando que vistan de suerte que se les distinga á los comediantes de los demás, lo cual indica que se les tenía por gentes de mediana fama, y de hecho sus costumbres no eran muy de alabar, aunque habría excepciones, como Rueda, elegido en 1554 por el conde de Benavente, don Antonio Alonso Pimentel, para realzar las fiestas que hizo al pasar Felipe II por Benavente al embarcarse para Inglaterra. Era ya, pues, autor y director de compañía y hacía piezas bastante largas, aderezadas con pasos ó escenas cómicas de costumbres, en que de ordinario salían el bobo, el vizcaíno, la negra, el rufián, etc. Hacia 1552 se había casado con Mariana, comedianta que algunos años (1545-1551) distrajo la solitaria ociosidad del tercer duque de Medinaceli, don Gastón de la Cerda, que no le debió pagar bien, pues dió lugar á un pleito en Valladolid de Lope de Rueda contra sus herederos (1554-1557). En 1558 llamaron á Rueda para fiestas en Segovia, según cuenta Colmenares. El año siguiente estuvo en Sevilla y dos años después en Toledo (1561), representando en ambas ciudades en la fiesta del Corpus; después pasó á Madrid, donde se había ido la Corte, y allí estuvo hasta fines de 1561, que se fué á Valencia, de donde era su mujer, quizá la segunda que tuvo. En Madrid debió de conocerle entonces Cervantes, que tenía catorce años de edad; en Valencia dice Timoneda que Rueda corrigió, al echarlas, algunas de sus comedias. Con la valenciana Ángela Rafaela estaba ya casado en segundas nupcias en 1561. De Valencia pasó en 1564 á Sevilla, y después á Córdoba, donde murió, hecho su testamento el 21 de marzo de 1565, y fué enterrado en la catedral, en el sepulcro de su hija. El librero Juan Timoneda publicó Las quatro comedias y dos colloquios pastorales del excellente poeta y gracioso representante Lope de Rueda, Valencia, 1567-1576, reformándolas algo, que no sería mucho, y añadiendo varios elogios poéticos al autor.
Lope de Rueda. (El Deleytoso, 1567).