Desde el punto de vista financiero, la concentración está hecha, y el crédito es el motor más poderoso de la centralización económica; la alta banca es la que rige la producción y el cambio, atrayendo el dinero de los pequeños capitalistas y aglomerando los capitales, que maneja como soberana; ella es quien preside a la política interior y exterior, a los diversos movimientos de la sociedad moderna.

Desde todos los puntos de vista, la gran apropiación colectiva sucede progresivamente a la pequeña apropiación privada. Los puentes, los canales, que antes eran propiedad individual, son hoy casi sin excepción propiedad nacional o colectiva. Propiedad nacional son asimismo los correos y telégrafos; nacionalizados están en parte los ferrocarriles.

No porque esto sea un argumento que prueba que la evolución económica tiende en todos sentidos a la centralización de las fuerzas productivas, ha de deducirse, a imitación de los partidarios del socialismo o del comunismo de Estado, que esta centralización tiende a la forma especial de centralización representada por el servicio público.

El fenómeno importante, incontestable, es que la centralización económica se efectúa; ahora bien, que esta se efectúe en manos de las individualidades de la clase dominante o entre las del Estado, al mando de esta clase, para el resultado final es indiferente: en sí misma, la absorción por el Estado de las empresas particulares no haría dar un paso a la solución de la cuestión social.

No es necesario reflexionar mucho tiempo para cerciorarse de que la mayor parte de los ramos de producción, si bien tienden a centralizarse, de ningún modo tienden a constituirse en servicios públicos. Desde el instante en que esta forma especial de centralización no resulta de la naturaleza de las cosas, se hace preciso examinar si deberíamos favorecerla cuando llegara el caso.

El Estado no es, como dice cierto burgués que ha entrado en el Partido Socialista, como el gusano en la fruta, para contentar sus miserables apetitos desorganizándolo, «el conjunto de los servicios públicos ya constituidos,» es decir, una cosa que no tiene necesidad sino de correcciones y adiciones.

No se trata de perfeccionar, sino de suprimir el Estado, que no es más que la organización de la clase explotadora para garantizar su explotación y mantener en la sumisión a sus explotados. Luego es mal sistema para destruir una cosa comenzar por fortificarla. Y se aumentaría la fuerza de resistencia del Estado favoreciendo su monopolio de los medios de producción, es decir, de dominio. ¿No vemos a los obreros de las industrias del Estado sometidos, comparativamente con los demás, a un yugo más difícil de sacudir?

Mientras que, de esta suerte, sería perjudicial a los obreros, la transformación en servicios públicos, por las compras a que daría lugar, sería una nueva fuente de especulaciones financieras y beneficiaría a los capitalistas.

Por otra parte, esta transformación no facilitaría en nada la obra del Socialismo. No será más difícil apoderarse del Banco de Francia o de los ferrocarriles que de los correos y telégrafos; la toma de posesión de los grandes organismos de producción pertenecientes a las Sociedades capitalistas, será tan cómoda como si perteneciesen al Estado.

La centralización económica se verifica: tal es el hecho. En todas partes la pequeña propiedad de uno solo va cediendo el puesto a la gran propiedad de varios. La comunidad de las cosas y de los hombres es cada vez más general.