¿Acaso no es una aplicación diaria del régimen comunista la organización del trabajo en los talleres importantes y en las fábricas?
Al mismo tiempo que la aglomeración de productores regularmente organizados ha coincidido con la comunidad de las cosas, las capacidades directrices y administrativas que reclama toda producción en grande escala, se han constituido fuera de la minoría privilegiada. A medida que el instrumento de trabajo alcanzaba las proporciones gigantescas que hoy tiene, escapaba a la intervención y al impulso de su poseedor, que gradualmente iba dejando en manos de gerentes o empleados la vigilancia y la administración de aquel.
Antes, el éxito de su pequeña industria dependía de la actividad del patrono, de su inteligencia, de su economía; éxito que estaba íntimamente ligado con la persona del dueño, quien desempeñaba de este modo una función social.
Hoy, destronado el patronato individual por la forma societaria, el poseedor del capital no se ocupa más que de percibir, o, más bien, de comerse sus ganancias, sin necesidad de conocimientos especiales. ¿Qué papel desempeña el accionista, el propietario actual? Que sea idiota o derrochador, que muera o que se arruine, ¿qué importa para la prosperidad de la empresa de la cual monopoliza, en forma de acciones, una parte más o menos considerable de propiedad?
Los que hoy desempeñan las antiguas funciones del propietario, donde la forma colectiva de la propiedad ha sucedido a la individual, son asalariados; ingenieros o administradores más o menos retribuidos, pero al fin asalariados. Independientemente del feudalismo capitalista se ha formado el personal inteligente, dotado de la aptitud necesaria para poner en actividad las fuerzas productivas. Por consecuencia, la supresión de los accionistas, es decir, del propietario convertido en rueda inútil, no ocasionaría el menor desorden en la producción.
Como el capitalista no interviene en el acto de la producción más que para apropiarse el beneficio obtenido, solo ve en aquella la ganancia que ha de percibir, y por eso la empresa no tiene para él más que un fin, un objeto: la realización del mayor beneficio posible.
Para conseguir esto, en primer lugar extenúa, agota al productor y después altera el producto. Los productos no tienen de tales más que la apariencia; en todo y en todas partes la falsificación es la regla establecida. Poco importa que economías sórdidas produzcan la degeneración de la raza por la caquexia del productor; el envenenamiento del consumidor por la adulteración de los alimentos; la muerte o la mutilación por accidentes en las vías férreas, etc.: lo principal es llenar la caja. El reinado grosero de la burguesía ha hecho descaradamente de todo cuestión de dinero, artículo de comercio, y de este una estafa legalizada.
Por otra parte, como mientras más se vende más se gana, cada empresa o sociedad piensa en monopolizar todas las ventas para sí propia, y a este efecto produce tanto como puede; y se ve obligada a producir sin cesar por el interés que hay en no dejar descansar un momento los costosos instrumentos de producción. De este modo el mercado se atesta; las mercancías se amontonan, abundantes e invendibles; estallan crisis, que se renuevan periódicamente, y entonces los obreros dejan de trabajar y mueren de hambre porque se les ha obligado a producir demasiados artículos de consumo.
De todo esto se desprende que las exigencias de la producción entrañan una aplicación cada día más amplia de la división del trabajo y del maquinismo; el producto es cada vez menos obra individual; el instrumento de trabajo, colosal, necesita para ponerse en movimiento una colectividad de obreros; el propietario no solo pierde toda función útil, sino que es perjudicial, siendo, por consecuencia, necesaria su eliminación; las fuerzas productivas caminan fatalmente a la destrucción de los obstáculos que impiden su evolución normal, y que provienen del modo de apropiación.
Lo mismo que sucedió con la revolución del pasado siglo, la preparación preliminar de toda transformación social se efectúa a favor del colectivismo; los elementos materiales e intelectuales de la renovación que perseguimos, engendrados por el medio actual, están suficientemente desarrollados.