Para que una teoría sea aplicable, por legítima que parezca, es preciso que su fundamento se encuentre en los hechos antes que en el cerebro. Así, los primeros socialistas teóricos no pudieron sacar al Socialismo del dominio de la utopía, en una época en que aún no existían las condiciones económicas que permiten, que imponen su realización. No bastando la experiencia por ellos adquirida a dar una base material a sus intuiciones, a pesar de su genio, de sus aspiraciones filantrópicas, de sus justas recriminaciones, de los agudos sufrimientos a que querían poner remedio, no podían hacer el Socialismo practicable. Si lo es en la actualidad, es porque la solución comunista, adecuada a la manera de ser de las fuerzas productivas, no es otra cosa que el término natural de la fase social por que atravesamos.

Apoyada en la insuficiencia de la producción, la división en clases no tiene ya razón de ser. La industria mecánica ha desarrollado prodigiosamente la potencia productiva del hombre, disminuyendo así el tiempo de trabajo necesario para la satisfacción de las necesidades generales. Por primera vez se presenta la posibilidad de procurar a cada uno, mediante un corto tiempo de trabajo, grandes facilidades de existencia material, que irán aumentándose. La esclavitud de unos ha sido la condición del bienestar de otros; con las máquinas, esclavos de hierro, el bienestar de todos es posible.

Quien dice maquinismo, quien dice vapor, dice necesariamente concentración económica, y el colectivismo no es más que el complemento de esta concentración, que procede, no de nuestra imaginación, sino del estado de las cosas.

Es verdad que desde el punto de vista agrícola, la concentración está poco adelantada en nuestro país; que nuestro suelo está dividido, y nuestro régimen de pequeños propietarios labradores impide la división del trabajo, el maquinismo, la explotación metódica; pero este régimen contiene los elementos de una disolución más próxima de lo que se cree.

El labrador no puede contentarse con producir solo para su uso personal; a fin de comprar lo poco que necesita, de pagar los impuestos y los intereses de sus deudas, tiene que producir para cambiar, es decir, entrar en competencia con los demás productores. Dada esta situación, que la concentración se efectúe en cualquiera parte y los pequeños propietarios sentirán sus efectos.

Ahora bien; la competencia americana, todavía en sus comienzos, trae a nuestros mercados productos a más bajo precio que los de nuestros agricultores. Para luchar contra los productos americanos es preciso disminuir rápidamente los gastos de producción y recurrir a la maquinaria, incompatible con la pequeña propiedad y con el cultivo en corta escala. Sin embargo, si no se modifican los métodos de producción, la lucha será bien pronto imposible; nuestros propietarios se hallan reducidos a buscar los mejores medios de salvarse de la ruina.

Notaremos de paso que esta pequeña propiedad rural, tan ensalzada y tan poco remuneradora, es una de las principales causas, por la esterilidad premeditada de gentes que no quieren que su pequeño patrimonio se desmorone, del estancamiento de la población en Francia; en los departamentos en que la tierra está más dividida, en que los pequeños propietarios son más numerosos, es donde hay menos nacimientos.

La pequeña propiedad rural está condenada a desaparecer; pero su fin irremediable será tanto menos ruinoso para los interesados directamente y para la nación, cuanto más pronto se prevea lo que no puede evitarse.

Desde el punto de vista comercial, la concentración ha comenzado y está en buen camino; las ventajas que de ella resultan en el concepto de la variedad y de la baratura, aseguran al comercio en grande escala una rápida extensión.

Desde el punto de vista industrial, que afecta especialmente a la clase obrera, la concentración está en gran parte realizada. La propiedad industrial reviste cada vez más la forma societaria y anónima. Toda idea de volver a la forma individual primitiva es quimérica, dado el desarrollo de la producción.