Allí donde el trabajo proporciona escasamente lo que es indispensable para la vida de todos; allí donde, por consecuencia, aquel absorbe casi todo el tiempo de cada uno, la división de la sociedad en clases más o menos subdivididas es fatal. Una minoría consigue, por la violencia y el fraude, eximirse del trabajo directamente productivo, para dedicarse a la dirección de los negocios es decir, a la explotación de la mayoría, consagrada al trabajo. Gracias a la costumbre, a la tradición, esta mayoría llega a soportar sin resistencia una organización que considera al fin como natural, hasta el día en que esta organización, no respondiendo ya a las necesidades de la sociedad, se ve sustituida por una combinación más en armonía con la nueva manera de ser de la producción material.
La esclavitud y la servidumbre han existido en conformidad con la índole de la producción y han desaparecido cuando el grado de desarrollo de esta ha hecho más útil el trabajo del hombre libre que el del esclavo o el del siervo; la justicia y la fraternidad no han intervenido para nada en esta desaparición.
Cualquiera que sea el valor subjetivo de la moral, del progreso y otros grandes principios de relumbrón, esta bella fraseología no influye para nada en las fluctuaciones de las sociedades humanas; por sí misma es impotente para efectuar el menor cambio. Las evoluciones sociales las determinan otras consideraciones menos sentimentales. Sus causas se encuentran en la estructura económica, en el modo de producción y de cambio, que preside a la distribución de las riquezas y, por consiguiente, a la formación de las clases y a su jerarquía. Cuando esas evoluciones se efectúan, no es porque obedezcan a un ideal elevado de justicia, sino porque se ajustan al orden económico del momento.
No obstante, estos movimientos sociales jamás se efectúan pacíficamente; los nuevos elementos tienen que obrar violentamente contra el estado de cosas que los ha elaborado, y que deben destruir para poder continuar su evolución, al modo que el polluelo tiene que romper la cáscara en cuyo interior acaba de formarse.
Si el advenimiento de la burguesía ha traído la destrucción de los privilegios nobiliarios y la abolición del régimen corporativo, es porque el trabajo libre era necesario a la producción capitalista; la necesidad de instituir la libertad del trabajo ha acarreado la emancipación del trabajador de la dependencia feudal y de la jerarquía corporativa. Además, la burguesía necesitaba monopolizar las fuentes de riqueza, aboliendo las añejas prerrogativas de los nobles, ha entrado en posesión de la tierra, que detentaban estos, y del poder, que también monopolizaban.
El trabajador libre, pudiendo de derecho disponer de su persona, se ha visto obligado de hecho a disponer de ella para vivir, no teniendo otra cosa que vender. Desde entonces ha sido condenado al papel de asalariado durante toda su vida.
El derrumbamiento del orden feudal no se ha señalado por la supresión de las clases, sino por la sustitución de un nuevo yugo en lugar del antiguo, por el establecimiento de condiciones que reducen la lucha a los dos campos opuestos que poco a poco absorben toda la sociedad: la burguesía capitalista y el Proletariado.
En suma, lo que ha sido organizado hasta ahora de diferentes maneras, conformes exclusivamente con la diversa situación económica de los medios y de las épocas, es la satisfacción de las necesidades de una parte de la colectividad mediante el trabajo de la otra parte. Unos consumen superfluamente lo que los otros producen obligados por la necesidad, recibiendo para sí apenas lo necesario.
El sistema del salario, sustituyéndose a las demás formas de trabajos forzosos, ha relevado al capitalista de la manutención de los productores. Que se le obligase o no a trabajar, el esclavo tenía asegurada su pitanza cotidiana; el asalariado no puede comprar la suya sino a condición de que el capitalista necesite su trabajo; y la inseguridad de esto para el verdadero productor es tal, que la caridad pública se encarga de alimentar a aquellos a quienes incumbe, según la presente organización social, la tarea de alimentar a la sociedad, y que por esa organización misma se ven frecuentemente en la imposibilidad de cumplir su misión.
El Socialismo lucha por la desaparición del salario. Ciertamente, nuestra teoría es adecuada a la idea de justicia, como la engendran en nuestro estado económico los intereses humanos que hay que satisfacer igualmente; pero no porque sea justa es por lo que tratamos de ponerla en práctica, pues sabemos, en efecto, que las más generosas reivindicaciones formuladas por la razón pura no pueden suplir los resultados de la experiencia.