I
COLECTIVISMO O COMUNISMO
Hace seis años, la clase obrera, no repuesta aún de la espantosa sangría de 1871, había abandonado la tradición revolucionaria y no fiaba su emancipación sino en la generalización de las Asociaciones cooperativas. Las palabras partido obrero y colectivismo, hoy ya antiguas en nuestro lenguaje político, eran entonces punto menos que desconocidas; las ideas que representan solo contaban en Francia con un reducido número de partidarios, sin posibilidad de acción común.
El periódico L’Égalité, fundado a fines de 1877 por iniciativa de Julio Guesde y dirigido por él, es el único que ha dado impulso al movimiento socialista revolucionario actual. Este es un hecho que no lograrán borrar las personalidades envidiosas interesadas en desvirtuarlo, las cuales cuidan, en sus pretendidas historias, de ocultar las fechas que no dejan lugar a duda en esta cuestión.
En aquel tiempo era conveniente distinguir el comunismo científico, surgido de la docta crítica de Marx, del antiguo comunismo utópico y sentimental francés. La misma denominación para dos teorías diferentes habría favorecido una confusión de ideas que era muy importante evitar; por eso empleamos entonces exclusivamente la palabra colectivismo.
Ahora escribimos colectivismo o comunismo indiferentemente. Desde el punto de vista de su origen, estos dos términos son exactamente iguales; desde el punto de vista usual, tienen los mismos inconvenientes. Si ha habido un comunismo del que debíamos diferenciarnos, hay también formas de colectivismo, por ejemplo, las diversas falsificaciones belgas, que rechazamos. Lo importante es conocer, no el título que cada uno tome, sino lo que esconde bajo ese título.
II
LA TRANSFORMACIÓN SOCIAL Y SUS ELEMENTOS
Después de una aventura galante que, según parece, ocurrió algunos días después de la creación del mundo, el hombre fue condenado por Dios a ganar el pan con el sudor de su frente. Hoy que Dios está en vísperas de morir sin posteridad, sin haber podido nunca asegurar la ejecución de su mandamiento, el Socialismo se propone constreñir a la observación de la sentencia divina a los que, desde hace mucho tiempo, ganan el pan, y más que el pan, con el sudor de la frente de otros. ¿Puede esto conseguirse? Sí, por la socialización de los medios de producción, a que tiende nuestro sistema económico.