El consumo productivo y el consumo individual del trabajador son, pues, perfectamente distintos. En el primero, el obrero actúa como fuerza que pone en actividad al capital y pertenece al capitalista; en el segundo, se pertenece a sí propio y ejecuta funciones vitales independientemente del acto de producción. El resultado del primero es la vida del capital, el resultado del segundo es la vida del obrero mismo.
Al transformar en fuerza de trabajo una parte de su capital, el capitalista asegura la conservación y la reducción a valor de su capital entero. Haciendo esto, mata de una pedrada dos pájaros: saca beneficio de lo que recibe del obrero, y además de lo que le paga.
El capital que sirve para pagar la fuerza de trabajo, lo cambia la clase obrera por las subsistencias cuyo consumo fortalece los músculos, los nervios, el cerebro de los trabajadores existentes, y forma nuevos trabajadores. Dentro de los límites de lo estrictamente necesario, el consumo individual de la clase obrera no es más que la transformación de las subsistencias, la cual le permite que venda su fuerza de trabajo en nueva fuerza de trabajo, en nueva materia explotable por el capital. Por contribuir a la producción y reproducción del instrumento más indispensable al capitalista, que es el trabajador, el consumo individual de este es, pues, un elemento de la reproducción del capital.
Cierto es que el trabajador efectúa su consumo individual para su propia satisfacción y no para la del capitalista. Pero las bestias de carga también quieren comer; ¿acaso por esto su alimentación no contribuye a dar utilidad al propietario? El resultado es que el capitalista no necesita cuidar del consumo individual de los obreros; esto lo deja a merced de los instintos de conservación y de reproducción del trabajador libre; su único interés en esta materia es el de limitarlo a lo estrictamente necesario.
Por esto, el cortesano rastrero del capital, el economista vulgar, solo considera como productiva la parte del consumo individual que necesita hacer la clase obrera para perpetuarse y acrecentarse, y sin ella el capital no hallaría fuerza de trabajo que consumir, o no encontraría la suficiente. Todo cuanto el trabajador puede gastar, aparte de su alimentación, en esparcimiento, sea físico o intelectual, es un consumo improductivo que se le echa en cara como si fuese un crimen.
El consumo individual del trabajador puede considerarse, con razón, como improductivo, pero solo en cuanto a él, pues el consumo no reproduce sino al individuo necesitado; en desquite, es productivo para el capitalista y para el Estado, pues da origen a la fuerza creadora de toda riqueza.
La simple reproducción mantiene al trabajador en la situación de asalariado.
Desde el punto de vista social, la clase obrera es, por consiguiente, como cualquier otro instrumento de trabajo, una dependencia del capital, cuyo movimiento de producción exige en ciertos límites el consumo individual de los trabajadores. Este consumo individual que los sustenta y los reproduce, destruye al mismo tiempo las subsistencias que se habían procurado vendiéndose, y los obliga a reaparecer constantemente en el mercado. Hemos visto en el [capítulo sexto] que no bastan la producción y la circulación de las mercancías para acrecentar el capital. Era necesario todavía que el hombre de dinero encontrase en el mercado a otros hombres libres, pero obligados a vender voluntariamente su fuerza de trabajo, no teniendo otra cosa que vender. La separación entre producto y productor, entre una categoría de personas dotadas de todas las cosas necesarias al trabajo para realizarse y otra categoría de individuos cuyo único patrimonio se reduce a su fuerza de trabajo, tal era el punto de partida de la producción capitalista.
Pero lo que fue punto de partida se convirtió bien pronto, gracias a la simple reproducción, en resultado constantemente renovado. Por una parte, el movimiento de producción no cesa de transformar la riqueza material en capital y en medios de gozar para el capitalista; por otra, el obrero es después lo mismo exactamente que antes era: origen personal de riqueza, privada de sus propios medios de realización. La repetición periódica del movimiento de producción capitalista transforma continuamente el producto del asalariado en valor que absorbe la fuerza creadora de este, en medios de producción que dominan al productor, en medios de subsistencias que sirven para avasallar al obrero.
El sistema de producción capitalista reproduce, pues, por sí mismo la separación entre el trabajador y las condiciones del trabajo. Por esto solamente, reproduce y perpetúa las condiciones que obligan al obrero a venderse para vivir y permiten al capitalista comprarlo para enriquecerse. No es el acaso quien los coloca frente a frente en el mercado como vendedor y comprador, es el hecho mismo del sistema de producción el que arroja siempre al obrero en el mercado como vendedor de su fuerza de trabajo y el que transforma su producto en medio de compra para el capitalista.