En cierto punto del progreso económico, esta división del capital social en multitud de capitales individuales se ve contrariada por el movimiento opuesto, gracias al cual, atrayéndose mutuamente, se reúnen diferentes centros de acumulación y de concentración. Cierto número de capitales se funden entonces en un número menor, en una palabra, hay concentración propiamente dicha. Examinemos rápidamente esta atracción del capital por el capital.

La guerra de la competencia se hace bajando cada cual los precios todo lo que puede. La baratura de los productos depende, siendo iguales las demás circunstancias, de la productividad del trabajo, y esta de la escala de las empresas. Los grandes capitales derrotan a los pequeños. Hemos visto ya, en los capítulos [undécimo] y [decimotercero], que cuanto más se desarrolla el sistema de producción capitalista, más aumenta el mínimum de los adelantos necesarios para explotar una industria en sus condiciones regulares. Los pequeños capitales se dirigen, pues, hacia los ramos de la producción de los que la grande industria no se ha apoderado aún, o de que solo se ha apoderado de una manera imperfecta. La competencia es en este terreno violentísima, y termina siempre con la ruina de un buen número de pequeños capitalistas, cuyos capitales perecen en parte, y pasan, también en parte, a manos del vencedor.

El desarrollo de la producción capitalista da origen a una potencia completamente nueva, el crédito, que, en sus comienzos, se introduce cautelosamente cual modesto auxiliar de la acumulación, se convierte en seguida en una nueva y terrible arma de la guerra de la competencia, y se transforma, por último, en un inmenso aparato social destinado a centralizar los capitales.

A medida que la acumulación y la producción capitalistas se extienden, la competencia y el crédito, los más poderosos agentes de la centralización, se desarrollan también. Por eso en nuestra época la tendencia a la centralización es más poderosa que en ninguna otra época histórica. Lo que principalmente diferencia la centralización de la concentración, que no es otra cosa que la consecuencia de la reproducción en mayor escala, es que la centralización no depende de un aumento efectivo del capital social; los capitales individuales de que este es la reunión, la materia que se centraliza, pueden ser más o menos considerables, pues eso depende de los progresos de la acumulación, pero la centralización no admite más que un cambio de distribución de los capitales existentes, una sola modificación en el número de los capitales individuales que componen el capital social.

En un ramo de producción particular, la centralización no habría llegado a su último límite sino en el momento en que todos los capitales individuales que estuviesen en ella empeñados, no formasen más que un solo capital individual. En una sociedad dada, tampoco llegaría a su último límite sino cuando el capital nacional entero no formase más que un solo capital y se hallase en manos de un solo capitalista o de una sola compañía de capitalistas.

La centralización no hace sino ayudar a la obra de acumulación, poniendo a los industriales en situación de ensanchar el círculo de sus operaciones. Que este resultado se deba a la acumulación o a la centralización, que esta se efectúe por el violento sistema de la anexión, derrotando unos capitales a otros y enriqueciéndose con sus elementos desunidos, o que la fusión de una multitud de capitales se verifique por el procedimiento más suave de las sociedades por acciones, etc., el efecto económico de esta transformación no dejará de ser el mismo. La extensión del círculo de las empresas será constantemente el punto de partida de una organización más vasta del trabajo colectivo, de un desarrollo más amplio de sus resortes materiales, o en otros términos, de la transformación cada vez mayor de movimientos de producción parciales y rutinarios en movimientos de producción socialmente combinados y ordenados científicamente.

Pero es evidente que la acumulación, el acrecentamiento gradual del capital merced a su reproducción en una escala creciente, no es más que un procedimiento lento, comparado con la centralización, la cual, en primer lugar, cambia únicamente la disposición cuantitativa de las partes componentes del capital. El mundo carecería aún del sistema de los ferrocarriles, por ejemplo, si hubiese tenido que aguardar el momento en que los capitales individuales hubieran suficientemente acrecentado por la acumulación para hallarse en estado de tomar a su cargo empresa de tamaña importancia, que la centralización del capital, merced al auxilio de las sociedades por acciones, ha efectuado, por decirlo así, en un abrir y cerrar de ojos.

Los grandes capitales creados por la centralización se reproducen como los demás, pero más rápidamente, y se convierten a su vez en poderosos agentes de la acumulación social. Al aumentar y hacer más rápidos los efectos de la acumulación, la centralización extiende y precipita las variaciones en la composición técnica del capital, variaciones que aumentan su parte constante a expensas de su parte variable, o bien ocasionan en la demanda de trabajo una disminución relativamente a la cantidad del capital.

III. Demanda de trabajo relativa y demanda de trabaja efectiva.

La demanda de trabajo efectiva que ocasiona un capital, no depende de la cantidad absoluta de este capital, sino de la cantidad absoluta de su parte variable, única que se cambia por la fuerza obrera. La demanda de trabajo relativa que ocasiona un capital, es decir, la proporción entre la cantidad de este capital y la suma de trabajo que absorbe, está determinada por la cantidad proporcional de su parte variable relativamente a su cantidad total. Acabamos de ver que la acumulación que acrecienta el capital social, reduce al mismo tiempo la cantidad relativa de su parte variable y disminuye así la demanda de trabajo relativa. ¿Cuál es ahora la influencia de este movimiento en la suerte de la clase obrera? Es evidente que, para resolver este problema, es preciso examinar desde luego de qué modo una disminución en la demanda de trabajo relativa ejerce su acción sobre la demanda de trabajo efectiva.