Para ofrecer un derivativo a las pasiones populares amenazadoras, los Napoleón III, los Bismarck y los Alejandro de Rusia, han imaginado sustituir con las guerras de razas las luchas nacionales interiores. Estos pasatiempos, que pueden tener para sus autores una utilidad momentánea, serán en lo sucesivo impotentes para resucitar el patriotismo, para dar el extranjero como alimento a los odios intestinos desviados de su objeto.

El capital no tiene patria, va adonde encuentra buenas colocaciones. Si la explotación burguesa se ha convertido necesariamente, por el hecho del desarrollo económico, en explotación internacional; si no conoce razas ni fronteras, ejerciéndose indiferentemente donde quiera que hay que robar, al mismo tiempo que la intervención gubernamental se declara en su favor, enfrente del cosmopolitismo financiero, de la Internacional amarilla, el internacionalismo obrero se levanta, correspondiendo al verdadero antagonismo de los intereses que están en juego.

Hoy las fuerzas económicas, al encontrarse, acentúan, sin distinción de fronteras, la separación de la sociedad en dos clases, obligando a los unos, que son la mayoría, cada día más numerosa, a vender su facultad de trabajo para vivir, y permitiendo a los otros, la minoría, cada vez más reducida, que la compre para enriquecerse. En efecto, lo que obliga a la clase obrera a vender su facultad de trabajo, es que le falta la posibilidad directa de ponerla en actividad, es decir, los medios de trabajo. Mientras más veces la vende, más enriquece a los capitalistas y, por consiguiente, les proporciona más medios de monopolizar los instrumentos de trabajo que, faltándole a ella siempre, perpetúan su vasallaje.

La clase media, guiada por sus instintos conservadores, pero poco perspicaces, se interponía entre la clase capitalista y el proletariado, en beneficio de la primera; mas ya tiende a desaparecer, porque la centralización económica aumenta a expensas suyas por la absorción constante de los medios de producción pertenecientes a los pequeños detentadores, que se hallan en la imposibilidad de sostener la competencia con los grandes capitales.

IV

LA SUPRESIÓN DE CLASES Y EL MODO DE REALIZARLA

La distinción de clases que existe y la lucha que de ella se origina, no desaparecerán más que con la supresión de las desigualdades artificiales y mediante el reconocimiento de la igualdad social de todos ante los medios de desarrollo y de acción de las facultades musculares y cerebrales.

La igualdad ante los medios de acción será la consecuencia de la socialización de las fuerzas productivas que prepara, como ya hemos visto, la centralización económica actual.

La igualdad ante los medios de desarrollo resultará de la admisión de todos —no diré, empleando la fórmula usada, la cual, no pudiendo tomarse al pie de la letra, es mala— a la instrucción integral, sino a la instrucción científica y tecnológica, general y profesional.

Lo que es necesario procurar a todos, y reclama el sistema moderno de producción, es una instrucción que, por medio de nociones universales, permita a los individuos emprenderlo todo, conocer las relaciones generales que provienen de los resultados empíricos de las ciencias particulares, haciéndoles, no obstante, adquirir conocimientos especiales en armonía con sus aptitudes e inclinaciones, en una palabra, una instrucción que adapte al trabajador a las múltiples exigencias del trabajo.