Solo con esta igualdad ante los medios de desarrollo y de acción, cuya garantía social, asegurada a todo ser humano sin distinción de sexo, está conforme con las varias necesidades de la producción moderna, podrá efectuarse la emancipación de la mujer, así como la del hombre.
La mujer es hoy casi exclusivamente un animal de lujo o una bestia de carga. Mantenida por el hombre cuando no trabaja, está aún obligada a serlo aun cuando se mate trabajando.
En cantidad y calidad iguales, el trabajo de la mujer está menos retribuido que el del hombre. Pero esté o no bajo la dependencia patronal, no escapa a la dependencia masculina, y de todos modos se ve obligada a buscar en su sexo, transformado de una manera más o menos aparente en mercancía, un suplemento a sus recursos, insuficientes.
Si durante mucho tiempo ha permanecido por su misma naturaleza colocada en una situación inferior, a la hora presente existen ya las condiciones que le abren los diversos géneros de actividad. El desarrollo de la industria mecánica ha ensanchado la esfera estrecha en que la mujer estaba confinada; la ha libertado de las antiguas funciones domésticas y, al suprimir el esfuerzo muscular, la ha hecho apta para las faenas industriales. Así, pues, arrancada al hogar doméstico y arrojada en la fábrica, puesta al nivel del hombre ante la producción, solo le falta emanciparse como obrera, para igualarse socialmente con aquel y para ser dueña de sí misma.
No siendo su inferioridad legal otra cosa que el reflejo de la servidumbre económica particular de que es víctima, su igualdad civil y política no se podrá buscar eficazmente si no se logra la emancipación económica, a la cual, lo mismo para ella que para el hombre, se halla subordinada la desaparición de todas las servidumbres.
Porque el socialismo habla de igualdad, y sin cuidarse de examinar qué se entiende por esta, se le acusa de soñar con una nivelación tan quimérica como universal y de tender a una medianía uniforme.
De lo que precede resulta que el socialismo quiere la igualdad ante los medios de desarrollo y de acción, es decir, la igualdad del punto de partida. Mas esta igualdad no implica, en ningún caso, ni la igualdad de movimientos, ni la igualdad en el punto de llegada. Al asegurar a todos los organismos humanos una parte igual de las posibilidades de educación y de ejercicio, lejos de realizar la uniformidad, el socialismo hará brotar y acentuará las desigualdades naturales, musculares o cerebrales. Aun cuando fuera posible, el socialismo científico se guardaría muy bien de borrar esas diferencias, pues no ignora que semejante heterogeneidad es una de las condiciones esenciales del perfeccionamiento de la especie.
Mientras no se establezca la igualdad social ante los medios de desarrollo y de acción, la cual se deduce de las tendencias íntimas de la producción moderna, el proclamar el derecho del hombre a ser libre equivaldría a conceder generosamente a un paralítico el permiso de andar. Solo mediante esta igualdad, llegará a ser un hecho la libertad, que es el juego de todos los organismos humanos según su voluntad consciente.
El socialismo quiere la libertad completa del hombre, sin que esto se interprete torcidamente, pues no hay palabra más elástica que la de libertad; es un pabellón que cubre todo género de mercancías.
Los campeones del más radical de los liberalismos, so pretexto de libertad de cultos, tolerarían bajo cualquier régimen las prácticas religiosas, es decir, el peligro seguro del estupro intelectual de los niños, poniéndolos así, gracias a su deformado cerebro, en la imposibilidad moral de ejercer conscientemente su facultad de iniciativa.