El trabajador colectivo formado por la combinación de gran número de obreros fraccionarios constituye el mecanismo propio del periodo manufacturero.
Las diversas operaciones que el productor individual de una mercancía ejecuta sucesivamente y que se confunden en el conjunto de su trabajo, exigen cualidades de diferente índole. En una necesita emplear más habilidad, en otra más fuerza, en una tercera más atención, etcétera, y el mismo individuo no posee todas estas facultades en grado igual. Una vez separadas y hechas independientes las distintas operaciones, los obreros son clasificados según las facultades que dominan en cada uno de ellos. De esta suerte, el trabajador colectivo posee todas las facultades productivas requeridas, que no es posible encontrar reunidas en el trabajador individual, y las gasta lo más económica y útilmente posible, empleando a las individualidades que componen solo en funciones adecuadas a sus cualidades. Considerado como miembro del trabajador colectivo, el trabajador fraccionario llega a ser tanto más perfecto cuanto más incompleto es.
El hábito de una función única le convierte en órgano infalible y maquinal de esta función, al mismo tiempo que el conjunto del mecanismo le obliga a obrar con la regularidad de una pieza de máquina.
Siendo las funciones del trabajador colectivo más o menos simples, más o menos elevadas, sus órganos, es decir, las fuerzas individuales de trabajo, deben ser también más o menos simples, más o menos desarrolladas; poseen, por consecuencia, valores distintos. De esta suerte, para responder a la jerarquía de las funciones, la manufactura crea una jerarquía de fuerzas de trabajo, a la cual corresponde una gradación de salarios.
Todo acto de producción exige ciertos trabajos de que cualquiera es capaz; esos trabajos son separados de las operaciones principales que los necesitan y convertidos en funciones exclusivas. La manufactura produce, pues, en cada oficio que entra en su dominio una categoría de simples peones o braceros. Si bien desarrolla la especialidad aislada hasta el punto de hacer de ella una habilidad excesiva a expensas de la potencia del trabajo integral, empieza también por hacer una especialidad de la falta de todo desarrollo. Al lado de la gradación jerárquica se constituye una división simple de los trabajadores en hábiles e inhábiles.
Para estos últimos son nulos los gastos de aprendizaje; para los primeros son menores que los que supone el oficio aprendido en su conjunto; en ambos casos la fuerza de trabajo pierde de su valor. La pérdida relativa de valor de la fuerza de trabajo, que depende de la disminución o desaparición de los gastos de aprendizaje, ocasiona un aumento de supervalía; en efecto, todo lo que aminora el tiempo necesario para la producción de la fuerza de trabajo acrecienta por este mismo hecho el dominio del sobretrabajo.
IV. División del trabajo en la manufactura y en la sociedad.
Examinemos ahora la relación entre la división manufacturera del trabajo y su división social, distribución de los individuos entre las diversas profesiones, la cual forma la base general de toda producción mercantil.
Si nos limitamos a considerar el trabajo en sí, se puede designar la separación de la producción social en sus grandes ramas, industria, agricultura, etc., con el nombre de división del trabajo en general; la separación de estos grandes géneros de producción en especies y variedades bajo el de división del trabajo en particular; y, por último, la división en el taller con el nombre de trabajo en detalle.
De la misma manera que la división del trabajo en la manufactura supone como base material cierto número de obreros ocupados a la vez, así también la división del trabajo en la sociedad supone una población bastante numerosa y bastante compacta que corresponde a la aglomeración de los obreros en el taller.