La división manufacturera del trabajo no se arraiga sino allí donde su división social ha llegado ya a cierto grado de desarrollo, y como resultado desarrolla y multiplica esta última, subdividiendo una profesión con arreglo a la variedad de sus operaciones y organizando estas diferentes operaciones en oficios distintos.

A pesar de las semejanzas y relaciones que existen entre la división del trabajo en la sociedad y la división del trabajo en el taller, existe entre ellas una diferencia esencial.

La semejanza resulta patente allí donde diversas ramas de industria están unidas por lazo íntimo. El ganadero, por ejemplo, produce pieles; el curtidor las convierte en cuero; el zapatero con el cuero hace zapatos. En esta división social del trabajo, como en la división manufacturera, cada uno suministra un producto gradual, y el último producto es la obra colectiva de trabajos especiales.

Pero ¿qué es lo que constituye la relación entre los trabajos independientes del ganadero, del curtidor y del zapatero? El ser mercancías sus productos respectivos. Y, por el contrario, ¿cuál es el carácter propio de la división manufacturera del trabajo? El no producir mercancías los trabajadores, siendo solo mercancías su producto colectivo. La división manufacturera del trabajo supone una concentración de medios de producción en manos del capitalista; la división social del trabajo supone la dispersión de los medios de producción entre gran número de productores comerciantes, independientes unos de otros. Mientras que en la manufactura la proporción indicada por la experiencia determina el número de obreros afectos a cada función particular, el acaso y lo arbitrario imperan de la manera más desarreglada en la distribución de los productores y de sus medios de producción entre las diversas ramas del trabajo social. Los diferentes ramos de la producción se ensanchan o reducen según las oscilaciones de los precios del mercado, pero tienden, sin embargo, a buscar el equilibrio por la presión de las catástrofes. Pero esta tendencia a equilibrarse no es más que una reacción contra la destrucción continua de este equilibrio.

La división manufacturera del trabajo supone la autoridad absoluta del capitalista sobre hombres transformados en simples miembros de un mecanismo que le pertenece. La división social del trabajo pone frente a frente a productores que no conocen más autoridad que la de la concurrencia ni otra fuerza que la presión que sobre ellos ejercen sus intereses recíprocos. ¡Y esa conciencia burguesa, que preconiza la división manufacturera del trabajo, es decir, la condenación perpetua del trabajador a una operación de detalle y su subordinación absoluta al capitalista, levanta el grito y se indigna cuando se habla de intervención, de reglamentación, de organización regular de la producción! Denuncia toda tentativa de este género como un ataque contra los derechos de la propiedad y de la libertad. «¿Queréis, pues, convertir la sociedad en una fábrica?» vociferan entonces esos partidarios entusiastas del sistema de fábrica. A lo que parece, el sistema de las fábricas solo es bueno para los proletarios. La anarquía en la división social y el despotismo en la división manufacturera del trabajo caracterizan la sociedad burguesa.

En tanto que la división social del trabajo, con o sin cambio de mercancías, pertenece a las formas económicas de las sociedades más diversas, la división manufacturera es una creación especial del sistema de producción capitalista.

V. Carácter capitalista de la manufactura.

Con la manufactura y la división del trabajo, el número mínimo de obreros que un capitalista debe emplear le es impuesto por la división del trabajo establecido; para obtener las ventajas de una división mayor necesita aumentar su personal, y hemos visto que el aumento debe recaer al mismo tiempo, según proporciones determinadas, sobre todos los grupos del taller. Este acrecentamiento de la parte del capital consagrada a la compra de fuerzas de trabajo, de la parte variable, necesita naturalmente el de la parte constante, anticipos en medios de producción y, sobre todo, en primeras materias. La manufactura aumenta, por lo tanto, el mínimum de dinero indispensable al capitalista.

La manufactura revoluciona totalmente el sistema de trabajo individual y ataca en su raíz a la fuerza de trabajo. Estropea al trabajador, hace de él algo monstruoso activando el desarrollo artificial de su destreza de detalle, en perjuicio de su desarrollo general. El individuo queda convertido en resorte automático de una operación exclusiva. Si adquiere destreza en detrimento de su inteligencia, los conocimientos, el desarrollo intelectual, que desaparecen en él, se concentran en otros como un poder que le domina, poder alistado al servicio del capital.

En el principio, el obrero vende al capital su fuerza de trabajo solo porque le faltan los medios materiales de producción. Desde el momento que en lugar de poseer todo un oficio, de saber ejecutar las diversas operaciones que concurren a la producción de una obra, tiene el obrero necesidad de la cooperación de mayor o menor número de compañeros para que la única función de detalle que es capaz de realizar sea eficaz; cuando, en una palabra, es solo un accesorio que aislado no tiene utilidad, no puede obtener servicio formal de su fuerza de trabajo si no la vende. Para poder funcionar necesita un medio social que solo existe en el taller del capitalista.