El salario a destajo parece a primera vista demostrar que se paga al obrero, no el valor de su fuerza, sino el del trabajo ya realizado en el producto, y que el precio de este trabajo está determinado por la capacidad de ejecución del productor. En realidad, solo es una transformación del salario a jornal.
Supongamos que la jornada ordinaria de trabajo es de doce horas, seis de trabajo necesario y seis de sobretrabajo, seis pagadas y seis no pagadas, y que el valor producido es de 6 pesetas. El producto de una hora de trabajo será, por consiguiente, de 50 céntimos. La experiencia ha establecido que un obrero, trabajando con el grado medio de intensidad y de habilidad, y empleando, por tanto, solo el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de un artículo, entregue en doce horas doce de estos productos o fracciones de producto. Estas doce porciones, deducidos los medios de producción que contienen, valen 6 pesetas, y cada una de ellas vale 50 céntimos. El obrero recibe por cada fracción 25 céntimos, y gana así 3 pesetas en doce horas, mientras que las mercancías, producto de doce horas de trabajo, valen 6 pesetas, deducidos los medios de producción consumidos.
Así como en el sistema del salario a jornal es indiferente decir que el obrero trabaja seis horas para sí y seis para el capitalista, o la mitad de cada hora para él y la otra mitad para el patrono, asimismo en este caso puede decirse indiferentemente que cada fracción de producto está mitad pagada y mitad no pagada, o que el precio de seis fracciones de producto no es más que un equivalente de la fuerza de trabajo, mientras que la supervalía está contenida en las otras seis suministradas gratuitamente por el obrero. En el salario a jornal, el trabajo se mide por su duración inmediata; en el salario a destajo, por la cantidad de productos suministrados en un espacio de tiempo determinado; pero, en ambos casos, el valor de una jornada de trabajo está determinado por el valor diario de la fuerza de trabajo. El salario a destajo no es, pues, sino una forma modificada del salario a jornal.
Si la productividad del trabajo aumenta, si la cantidad de productos realizable en cierto tiempo se duplica, por ejemplo, el salario a destajo bajará en la misma proporción, disminuirá una mitad, de suerte que el salario cotidiano no variará absolutamente. De una manera o de otra, lo que el capitalista paga no es el trabajo, sino la fuerza de trabajo. Tal forma de retribución puede ser más favorable que tal otra para el desarrollo de la producción capitalista, pero ninguna modifica la naturaleza del salario.
Particularidades que hacen de esta forma del salario la más conveniente para la producción capitalista.
Dentro de esta forma de salario, la obra debe ser de una calidad media para que la fracción de producto se pague al precio estipulado. Bajo este concepto, el salario a destajo es un manantial inagotable de pretextos para retener parte del salario del obrero y para privarle de lo que le pertenece.
Al mismo tiempo suministra al capitalista una medida exacta de la intensidad del trabajo. No se paga más tiempo de trabajo que el que contiene una masa de productos determinada de antemano y establecida experimentalmente. Si el obrero no posee la capacidad media de ejecución, si no puede suministrar en su jornada el mínimum fijado, se le despide.
Aseguradas así la calidad y la intensidad del trabajo, por la forma misma del salario, se hace innecesaria una gran parte del trabajo de vigilancia. En esto se funda, no solo el trabajo moderno a domicilio, sino todo un sistema de opresión y de explotación jerárquicamente constituido. Este sistema reviste dos formas fundamentales.
Por una parte, el salario a destajo facilita la intervención de parásitos entre el capitalista y el trabajador, o sea la contrata. La ganancia de los contratistas proviene exclusivamente de la diferencia que existe entre el precio del trabajo que paga el capitalista y la porción de este precio que ellos asignan al obrero. Por otra parte, el salario a destajo permite al capitalista ajustar en un tanto cada fracción de producto con un obrero principal, jefe de grupo o tanda, etc., el cual se encarga, por el precio estipulado, de buscar el personal necesario y de pagarlo. La explotación de los trabajadores por el capital se complica en este caso con una explotación del trabajador por el trabajador.
Con el salario a destajo, el interés personal impele al obrero a redoblar sus fuerzas todo lo posible, lo cual facilita al capitalista la elevación de la intensidad ordinaria del trabajo; el obrero está igualmente interesado en prolongar la jornada de trabajo, pues es el único modo de aumentar su salario cotidiano o semanal. De aquí se origina una reacción semejante a la de que hemos hablado al [final del capítulo anterior].