D. Carlos.—Adios, vida mía.
D.ª Francisca.—Adios.
(Éntrase al cuarto de doña Irene.)
ESCENA IX.
DON CARLOS (paseándose con inquietud), CALAMOCHA, RITA.
D. Carlos.—¡Quitármela! No... Sea quien fuere, no me la quitará. Ni su madre ha de ser tan imprudente que se obstine en verificar este matrimonio repugnándolo su hija... mediando yo... ¡Sesenta años!... Precisamente será muy rico... ¡El dinero! Maldito él sea, que tantos desórdenes origina.
Calamocha (saliendo por la puerta del foro).—Pues, señor, tenemos un medio cabrito asado, y... á lo menos parece cabrito. Tenemos una magnífica ensalada de berros, sin anapelos ni otra materia extraña, bien lavada, escurrida y condimentada por estas manos pecadoras, que no hay más que pedir. Pan de Meco, vino de la tercia... Conque si hemos de cenar y dormir, me parece que sería bueno...
D. Carlos.—Vamos... ¿Y adónde ha de ser?
Calamocha.—Abajo... Allí he mandado disponer una angosta y fementida mesa, que parece un banco de herrador.
Rita (saliendo por la puerta del foro con unos platos, taza, cucharas y servilleta).—¿Quién quiere sopas?