D. Diego.—¿Quién sabe, hijo mío? ¿Tienes algunas deudas? ¿Te falta algo?

D. Carlos.—No, señor, ahora no.

D. Diego.—Mucho es, porque tú siempre tiras por largo... Como cuentas con la bolsa del tío... Pues bien, yo escribiré al señor Aznar para que te dé cien doblones de orden mía. Y mira cómo lo gastas... ¿Juegas?

D. Carlos.—No, señor, en mi vida.

D. Diego.—Cuidado con eso... Conque, buen viaje. Y no te acalores: jornadas regulares y nada más... ¿Vas contento?

D. Carlos.—No, señor. Porque usted me quiere mucho, me llena de beneficios, y yo le pago mal.

D. Diego.—No se hable ya de lo pasado... Adios...

D. Carlos.—¿Queda usted enojado conmigo?

D. Diego.—No, no por cierto... Me disgusté bastante, pero ya se acabó... No me dés que sentir. (Poniéndole ambas manos sobre los hombros.) Portarse como hombre de bien.

D. Carlos.—No lo dude usted.