Rita.—No sé qué decir al considerar una acción tan infame.

D.ª Francisca.—¿Qué has de decir? Que no me ha querido nunca, ni es hombre de bien... ¿Y vino para esto? ¡Para engañarme, para abandonarme así!

(Levántase, y Rita la sostiene.)

Rita.—Pensar que su venida fué con otro designio no me parece natural... Celos... ¿Por qué ha de tener celos?... Y aun eso mismo debiera enamorarle más... Él no es cobarde, y no hay que decir que habrá tenido miedo de su competidor.

D.ª Francisca.—Te cansas en vano... Dí que es un pérfido, dí que es un monstruo de crueldad, y todo lo has dicho.

Rita.—Vamos de aquí, que puede venir alguien, y...

D.ª Francisca.—Sí, vámonos... Vamos á llorar... ¡Y en qué situación me deja!... Pero ¿ves qué malvado?

Rita.—Sí, señora, ya lo conozco.

D.ª Francisca.—¡Qué bien supo fingir!... ¿Y con quién? Conmigo... ¿Pues yo merecí ser engañada tan alevosamente?... ¿Mereció mi cariño este galardón?... ¡Dios de mi vida! ¿Cuál es mi delito, cuál es?

(Rita coge la luz, y se van entrambas al cuarto de doña Francisca.)