D. Diego.—¡Mala comparación!... Dí que has dormido como un pobre hombre, que no tiene ni dinero, ni ambición, ni pesadumbres, ni remordimientos.

Simón.—En efecto, dice usted bien... ¿Y qué hora será ya?

D. Diego.—Poco há que sonó el reloj de San Justo, y si no conté mal, dió las tres.

Simón.—¡Oh! pues ya nuestros caballeros irán por ese camino adelante echando chispas.

D. Diego.—Sí, ya es regular que hayan salido... Me lo prometió, y espero que lo hará.

Simón.—¡Pero si usted viera qué apesadumbrado le dejé! ¡qué triste!

D. Diego.—Ha sido preciso.

Simón.—Ya lo conozco.

D. Diego.—¿No ves qué venida tan intempestiva?

Simón.—Es verdad... Sin permiso de usted, sin avisarle, sin haber un motivo urgente... Vamos, hizo muy mal... Bien que por otra parte él tiene prendas suficientes para que se le perdone esta ligereza... Digo... Me parece que el castigo no pasará adelante, ¿eh?