D. Diego.—¡No, qué! No, señor. Una cosa es que le haya hecho volver... Ya ves en qué circunstancias nos cogía... Te aseguro que cuando se fué me quedó un ansia en el corazón. (Suenan á lo lejos tres palmadas, y poco después se oye que puntean un instrumento.) ¿Qué ha sonado?

Simón.—No sé... Gente que pasa por la calle. Serán labradores.

D. Diego.—Calla.

Simón.—Vaya, música tenemos, según parece.

D. Diego.—Sí, como lo hagan bien.

Simón.—¿Y quién será el amante infeliz que se viene á puntear á estas horas en ese callejón tan puerco?... Apostaré que son amores con la moza de la posada, que parece un pico.

D. Diego.—Puede ser.

Simón.—Ya empiezan, oigamos... (Tocan una sonata desde adentro.) Pues dígole á usted que toca muy lindamente el pícaro del barberillo.

D. Diego.—No; no hay barbero que sepa hacer eso, por muy bien que afeite.

Simón.—¿Quiere usted que nos asomemos un poco, á ver?...