D. Diego.—Sí, señora, mi sobrino, que con sus palmadas, y su música, y su papel me ha dado la noche más terrible que he tenido en mi vida... ¿Qué es esto, hijos míos, qué es esto?

D.ª Francisca.—¿Conque usted nos perdona y nos hace felices?

D. Diego.—Sí, prendas de mi alma... Sí.

(Los hace levantar con expresiones de ternura.)

D.ª Irene.—¿Y es posible que usted se determine á hacer un sacrificio?...

D. Diego.—Yo pude separarlos para siempre, y gozar tranquilamente la posesión de esta niña amable; pero mi conciencia no lo sufre... ¡Carlos!... ¡Paquita! ¡Qué dolorosa impresión me deja en el alma el esfuerzo que acabo de hacer! Porque, al fin, soy hombre miserable y débil.

D. Carlos (besándole las manos.)—Si nuestro amor, si nuestro agradecimiento pueden bastar á consolar á usted en tanta pérdida...

D.ª Irene.—¡Conque el bueno de don Carlos! Vaya que...

D. Diego.—Él y su hija de usted estaban locos de amor, mientras usted y las tías fundaban castillos en el aire, y me llenaban la cabeza de ilusiones, que han desaparecido como un sueño... Esto resulta del abuso de la autoridad, de la opresión que la juventud padece; estas son las seguridades que dan los padres y los tutores, y esto lo que se debe fiar en el sí de las niñas... Por una casualidad he sabido á tiempo el error en que estaba... ¡Ay de aquellos que lo saben tarde!

D.ª Irene.—En fin, Dios los haga buenos, y que por muchos años se gocen... Venga usted acá, señor, venga usted, que quiero abrazarle... (Abrázanse don Carlos y doña Irene, doña Francisca se arrodilla y la besa la mano.) Hija, Francisquita. ¡Vaya! Buena elección has tenido... Cierto que es un mozo muy galán... Morenillo, pero tiene un mirar de ojos muy hechicero.