D.ª Rosa.—Yo.
D. Enrique.—¿Doña Rosita?
D.ª Rosa.—Yo soy.
D. Enrique.—Á mi casa.
D.ª Rosa.—Pero ¿qué seguridad tendré en ella?
D. Enrique.—La que debe usted esperar de un hombre de honor.
D.ª Rosa.—Yo iba á la de mi hermana; pero él me observa, no puedo llegar sin que me reconozca, y...
D. Enrique.—Está usted conmigo... Pasará usted la noche en compañía de mi ama, mujer anciana y virtuosa... Mañana daré parte á un juez; y á él, á don Manuel, á su tutor de usted, y á todo el mundo, les diré que es usted mi esposa, y que estoy pronto si es necesario á exponer la vida para defenderla... Abre, Cosme. Venga usted.
(Cosme abre la puerta de la casa de don Enrique.)
D.ª Rosa.—Allí está.