DON SERAPIO, DON ELEUTERIO, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.
D. Serapio.—¡Pero, hombre, dejarnos así!
(Bajando la escalera, salen por la puerta del foro.)
D. Eleuterio.—Si se lo he dicho á usted ya. La tonadilla que han puesto á mi función no vale nada, la van á silbar, y quiero concluir esta mía para que la canten mañana.
D. Serapio.—¿Mañana? ¿Conque mañana se ha de cantar, y aún no están hechas ni letra ni música?
D. Eleuterio.—Y aun esta tarde pudieran cantarla, si usted me apura. ¿Qué dificultad? Ocho ó diez versos de introducción, diciendo que callen y atiendan, y chitito. Después unas cuantas coplillas del mercader que hurta, el peluquero que lleva papeles, la niña que está opilada, el cadete que se baldó en el portal, cuatro equivoquillos, etc.; y luégo se concluye con seguidillas de la tempestad, el canario, la pastorcilla y el arroyito. La música ya se sabe cuál ha de ser: la que se pone en todas; se añade ó se quita un par de gorgoritos, y estamos al cabo de la calle.
D. Serapio.—¡El diantre es usted, hombre! todo se lo halla hecho.
D. Eleuterio.—Voy, voy á ver si la concluyo; falta muy poco. Súbase usted.
(Don Eleuterio se sienta junto á una mesa inmediata al foro; saca de la faltriquera papel y tintero, y escribe.)
D. Serapio.—Voy allá; pero...