(Saca un bolsillo y al volverse Bartolo se le pone en la mano; él le toma, le guarda, y bajando la voz habla confidencialmente con Leandro.)
Bartolo.—¡Desvergüenza como ella!
Leandro.—Tome usted... Y le pido perdón de mi atrevimiento.
Bartolo.—Vamos, que no ha sido nada.
Leandro.—Confieso que erré, y que anduve un poco...
Bartolo.—¿Qué errar? ¡Un sujeto como usted! ¡Qué disparate! Vaya, conque...
Leandro.—Pues, señor, esa niña vive infeliz. Su padre no quiere casarla por no soltar el dote. Se ha fingido enferma; han venido varios médicos á visitarla, la han recetado cuantas pócimas hay en la botica; ella no toma ninguna, como es fácil de presumir; y por último, hostigada de sus visitas, de sus consultas y de sus preguntas impertinentes, se ha hecho la muda, pero no lo está.
Bartolo.—¿Conque todo ello es una farándula?
Leandro.—Sí, señor.
Bartolo.—¿El padre le conoce á usted?