D. Jerónimo.—Ya lo supongo. Cuando usted se vale de él, no, no será rana.
Bartolo.—¿Qué ha de ser rana? No, señor, si es un hombre que se pierde de vista.
D.ª Paula.—Siempre, siempre seré tuya, Leandro.
D. Jerónimo.—¿Qué? (Volviéndose hacia donde está su hija.) ¿Si será ilusión mía? ¿Ha hablado, Andrea?
Andrea.—Sí, señor, tres ó cuatro palabras ha dicho.
D. Jerónimo.—¡Bendito sea Dios! ¡Hija mía! (Abraza á doña Paula, y vuelve lleno de alegría hacia Bartolo, el cual se pasea lleno de satisfacción.) ¡Médico admirable!
Bartolo.—¡Y qué trabajo me ha costado curar la dichosa enfermedad! Aquí hubiera yo querido ver á toda la veterinaria junta y entera, á ver qué hacía.
D. Jerónimo.—Conque, Paulita, hija, ya puedes hablar, ¿es verdad? (Vuelve á hablar con su hija, y la trae de la mano.) Vaya, dí alguna cosa.
Ginés (aparte y á Lucas).—Aquí me parece que hay gato encerrado... ¿Eh?
Lucas.—Tú calla, y déjalo estar.