D.ª Paula.—Sí, padre mío, he recobrado el habla para decirle á usted que amo á Leandro, y que quiero casarme con él.

D. Jerónimo.—Pero si...

D.ª Paula.—Nada puede cambiar mi resolución.

D. Jerónimo.—Es que...

D.ª Paula.—De nada servirá cuanto usted me diga. Yo quiero casarme con un hombre que me idolatra. Si usted me quiere bien, concédame su permiso sin excusas ni dilaciones.

D. Jerónimo.—Pero, hija mía, el tal Leandro es un pobretón...

D.ª Paula.—Dentro de poco será muy rico. Bien lo sabe usted. Y sobre todo, sarna con gusto no pica.

D. Jerónimo.—Pero ¡qué borbotón de palabras la ha venido de repente á la boca!... Pues, hija mía, no hay que cansarse. No será.

D.ª Paula.—Pues cuente usted con que ya no tiene hija, porque me moriré de la desesperación.

D. Jerónimo.—¡Qué es lo que me pasa! (Moviéndose de un lado á otro, agitado y colérico. Doña Paula se retira hacia el foro, y habla con Leandro y Andrea.) Señor doctor, hágame usted el gusto de volvérmela á poner muda.