Bartolo.—Eso no puede ser. Lo que yo haré, solamente por servirle á usted, será ponerle sordo para que no la oiga.

D. Jerónimo.—Lo estimo infinito... Pero ¿piensas tú, hija inobediente, que?...

(Encaminándose hacia doña Paula. Bartolo le contiene.)

Bartolo.—No hay que irritarse, que todo se echará á perder. Lo que importa es distraerla y divertirla. Déjela usted que vaya á coger un rato el aire por el jardín, y verá usted cómo poco á poco se la olvida ese demonio de Leandro... Vaya usted á acompañarla, don Casimiro, y cuide usted no pise alguna mala yerba.

Leandro.—Como usted mande, señor doctor. Vamos, señorita.

D.ª Paula.—Vamos enhorabuena.

D. Jerónimo.—Id vosotros también.

(Á Lucas y Ginés, los cuales, con doña Paula, Leandro y Andrea, se van por la puerta del foro.)

ESCENA VI.

DON JERÓNIMO, BARTOLO.