D. Jerónimo.—¡Vaya, vaya, que no he visto semejante insolencia!
Bartolo.—Esa es resulta necesaria del mal que ha estado padeciendo hasta ahora. La última idea que ella tenía cuando enmudeció, fué sin duda la de su casamiento con ese tunante de Alejandro, ó Leandro, ó como se llama. Cogióla el accidente, quedáronse trasconejadas una gran porción de palabras, y hasta que todas las vacíe, ó se desahogue, no hay que esperar que se tranquilice ni hable con juicio.
D. Jerónimo.—¿Qué dice usted? Pues me convence esa reflexión.
(Saca la caja don Jerónimo, y él y Bartolo toman tabaco.)
Bartolo.—¡Oh! y si usted supiera un poco de numismática, lo entendería un poco mejor... Venga un polvo.
D. Jerónimo.—¿Conque luégo que haya desocupado?...
Bartolo.—No lo dude usted... Es una evacuación que nosotros llamamos tricolos tetrastrofos.
ESCENA VII.
LUCAS, ANDREA, GINÉS (van saliendo todos tres por la puerta del foro), DON JERÓNIMO, BARTOLO.
Ginés.—¡Señor amo!