Lucas.—¡Señor don Jerónimo!... ¡Ay qué desdicha!
Andrea.—¡Ay, amo mío de mi alma! que se la llevan.
D. Jerónimo.—Pero ¿qué se llevan?
Lucas.—El boticario no es boticario.
Ginés.—Ni se llama don Casimiro.
Andrea.—El boticario es Leandro, en propia persona, y se lleva robada á la señorita.
D. Jerónimo.—¿Qué dices? ¡Pobre de mí! Y vosotros, brutos, ¿habéis dejado que un hombre solo os burle de esa manera?
Lucas.—No, no estaba solo, que estaba con una pistola. El demonio que se acercase.
D. Jerónimo.—¿Y este pícaro de médico?...
Bartolo (aparte lleno de miedo).—Me parece que ya no puede tardar la tercera paliza.