(Escuchando la conversación de don Antonio y don Pedro.)
D. Antonio.—De suerte, que ó es buena, ó es mala. Si es buena, se admira y se aplaude; si por el contrario está llena de sandeces, se ríe uno, se pasa el rato, y tal vez...
D. Pedro.—Tal vez me han dado impulsos de tirar al teatro el sombrero, el bastón y el asiento, si hubiera podido. Á mí me irrita lo que á usted le divierte. (Guarda don Eleuterio papel y tintero; se levanta, y se va acercando poco á poco, hasta ponerse en medio de los dos.) Yo no sé; usted tiene talento y la instrucción necesaria para no equivocarse en materias de literatura; pero usted es el protector nato de todas las ridiculeces. Al paso que conoce usted y elogia las bellezas de una obra de mérito, no se detiene en dar iguales aplausos á lo más disparatado y absurdo; y con una rociada de pullas, chufletas é ironías, hace usted creer al mayor idiota que es un prodigio de habilidad. Ya se ve, usted dirá que se divierte; pero, amigo...
D. Antonio.—Sí, señor, que me divierto. Y por otra parte, ¿no sería cosa cruel ir repartiendo por ahí desengaños amargos á ciertos hombres cuya felicidad estriba en su propia ignorancia? ¿Ni cómo es posible persuadirles?...
D. Eleuterio.—No, pues... Con permiso de ustedes. La función de esta tarde es muy bonita, seguramente; bien puede usted ir á verla, que yo le doy mi palabra de que le ha de gustar.
D. Antonio.—¿Es este el autor?
(Don Antonio se levanta, y después de la pregunta que hace á Pipí, vuelve á hablar con don Eleuterio.)
Pipí.—El mismo.
D. Antonio.—¿Y de quién es? ¿Se sabe?
D. Eleuterio.—Señor, es de un sujeto bien nacido, muy aplicado, de buen ingenio, que empieza ahora la carrera cómica; bien que el pobrecillo no tiene protección.