D. Pedro.—Si es esta la primera pieza que da al teatro, aún no puede quejarse; si ella es buena, agradará necesariamente, y un gobierno ilustrado como el nuestro, que sabe cuánto interesan á una nación los progresos de la literatura, no dejará sin premio á cualquiera hombre de talento que sobresalga en un género tan difícil.
D. Eleuterio.—Todo eso va bien; pero lo cierto es que el sujeto tendrá que contentarse con sus quince doblones que le darán los cómicos (si la comedia gusta), y muchas gracias.
Don Antonio.—¿Quince? Pues yo creí que eran veinte y cinco.
D. Eleuterio.—No, señor; ahora en tiempo de calor no se da más. Si fuera por el invierno, entonces...
D. Antonio.—¡Calle! ¿Conque en empezando á helar valen más las comedias? Lo mismo sucede con los besugos.
(Don Antonio se pasea. Don Eleuterio unas veces le dirige la palabra y otras se vuelve hacia don Pedro, que no le contesta ni le mira. Vuelve á hablar con don Antonio, parándose ó siguiéndole; lo cual formará juego de teatro.)
D. Eleuterio.—Pues mire usted, aun con ser tan poco lo que dan, el autor se ajustaría de buena gana para hacer por el precio todas las funciones que necesitase la compañía; pero hay muchas envidias. Unos favorecen á éste, otros á aquél, y es menester una tecla para mantenerse en la gracia de los primeros vocales, que... ¡Ya, ya! Y luégo, como son tantos á escribir, y cada uno procura despachar su género, entran los empeños, las gratificaciones, las rebajas... Ahora mismo acaba de llegar un estudiante gallego con unas alforjas llenas de piezas manuscritas: comedias, follas, zarzuelas, dramas, melodramas, loas, sainetes... ¿Qué sé yo cuánta ensalada trae allí? Y anda solicitando que los cómicos le compren todo el surtido, y da cada obra á trescientos reales una con otra. ¡Ya se ve! ¿Quién ha de poder competir con un hombre que trabaja tan barato?
D. Antonio.—Es verdad, amigo. Ese estudiante gallego hará malísima obra á los autores de la corte.
D. Eleuterio.—Malísima. Ya ve usted cómo están los comestibles.
D. Antonio.—Cierto.