D. Pedro.—¿La han impreso?
D. Eleuterio.—Sí, señor. ¿Pues no se había de imprimir?
D. Pedro.—Mal hecho. Mientras no sufra el examen del público en el teatro, está muy expuesta; y sobre todo, es demasiada confianza en un autor novel.
D. Antonio.—¡Qué! No, señor. Si le digo á usted que es cosa muy buena. ¿Y dónde se vende?
D. Eleuterio.—Se vende en los puestos del Diario, en la librería de Pérez, en la de Izquierdo, en la de Gil, en la de Zurita, y en el puesto de los cobradores á la entrada del coliseo. Se vende también en la tienda de vinos de la calle del Pez, en la del herbolario de la calle Ancha, en la jabonería de la calle del Lobo, en la...
D. Pedro.—¿Se acabará esta tarde esa relación?
D. Eleuterio.—Como el señor preguntaba...
D. Pedro.—Pero no preguntaba tanto. ¡Si no hay paciencia!
D. Antonio.—Pues la he de comprar, no tiene remedio.
Pipí.—Si yo tuviera dos reales. ¡Voto va!