(Se encamina hacia la puerta. Don Antonio se levanta y procura detenerle.)

D. Antonio.—¿Se va usted, don Pedro?

D. Pedro.—¿Pues quién, sino usted, tendrá frescura para oir eso?

D. Antonio.—Pero si el amigo don Hermógenes nos va á probar con la autoridad de Hipócrates y Martín Lutero que la pieza consabida, lejos de ser un desatino...

D. Hermógenes.—Ese es mi intento: probar que es un acéfalo incipiente cualquiera que haya dicho que la tal comedia contiene irregularidades absurdas; y yo aseguro que delante de mí ninguno se hubiera atrevido á propalar tal aserción.

D. Pedro.—Pues yo delante de usted la propalo, y le digo, que por lo que el señor ha leído de ella, y por ser usted el que la abona, infiero que ha de ser cosa detestable; que su autor será un hombre sin principios ni talento, y que usted es un erudito á la violeta, presumido y fastidioso hasta no más. Adios, señores.

(Hace que se va, y vuelve.)

D. Eleuterio.—(Señalando á don Antonio.) Pues á este caballero le ha parecido muy bien lo que ha visto de ella.

D. Pedro.—Á ese caballero le ha parecido muy mal; pero es hombre de buen humor, y gusta de divertirse. Á mí me lastima en verdad la suerte de estos escritores, que entontecen al vulgo con obras tan desatinadas y monstruosas, dictadas más que por el ingenio por la necesidad ó la presunción. Yo no conozco al autor de esa comedia, ni sé quién es; pero si ustedes, como parece, son amigos suyos, díganle en caridad que se deje de escribir tales desvaríos; que aún está á tiempo, puesto que es la primera obra que publica; que no le engañe el mal ejemplo de los que deliran á destajo; que siga otra carrera, en que por medio de un trabajo honesto podrá socorrer sus necesidades y asistir á su familia, si la tiene. Díganle ustedes que el teatro español tiene de sobra autorcillos chanflones que le abastezcan de mamarrachos; que lo que necesita es una reforma fundamental en todas sus partes; y que mientras esta no se verifique, los buenos ingenios que tiene la nación, ó no harán nada, ó harán lo que únicamente baste para manifestar que saben escribir con acierto, y que no quieren escribir.

D. Hermógenes.—Bien dice Séneca en su epístola diez y ocho, que...