D. Pedro.—Séneca dice en todas sus epístolas, que usted es un pedantón ridículo, á quien yo no puedo aguantar. Adios, señores.

ESCENA V.

DON ANTONIO, DON ELEUTERIO, DON HERMÓGENES, PIPÍ.

D. Hermógenes.—¿Yo pedantón? (Encarándose hacia la puerta por donde se fué don Pedro. Don Eleuterio se pasea inquieto por el teatro.) ¿Yo, que he compuesto siete prolusiones greco-latinas sobre los puntos más delicados del derecho?

D. Eleuterio.—¿Lo que él entenderá de comedias, cuando dice que la conclusión del segundo acto es mala?

D. Hermógenes.—Él será el pedantón.

D. Eleuterio.—¿Hablar así de una pieza que ha de durar lo menos quince días? Y si empieza á llover...

D. Hermógenes.—Yo estoy graduado en leyes, y soy opositor á cátedras, y soy académico, y no he querido ser dómine de Pioz.

D. Antonio.—Nadie pone duda en el mérito de usted, señor don Hermógenes, nadie; pero esto ya se acabó, y no es cosa de acalorarse.

D. Eleuterio.—Pues la comedia ha de gustar, mal que le pese.