Don Pedro.—¿Todavía está usted en esa equivocación?
D. Antonio.—Déjele usted. (Ap. á don Pedro.)
D. Pedro.—No quiero dejarle; me da compasión... Y sobre todo, es demasiada necedad, después de lo que ha sucedido, que todavía esté creyendo el señor que su obra es buena. ¿Por qué ha de serlo? ¿Qué motivos tiene usted para acertar? ¿Qué ha estudiado usted? ¿Quién le ha enseñado el arte? ¿Qué modelos se ha propuesto usted para la imitación? ¿No ve usted que en todas las facultades hay un método de enseñanza, y unas reglas que seguir y observar; que á ellas debe acompañar una aplicación constante y laboriosa; y que sin estas circunstancias, unidas al talento, nunca se formarán grandes profesores, porque nadie sabe sin aprender? ¿Pues por dónde usted, que carece de tales requisitos, presume que habrá podido hacer algo bueno? ¿Qué, no hay más sino meterse á escribir, á salga lo que salga, y en ocho días zurcir un embrollo, ponerle en malos versos, darle al teatro, y ya soy autor? Qué, ¿no hay más que escribir comedias? Si han de ser como la de usted ó como las demás que se la parecen, poco talento, poco estudio y poco tiempo son necesarios; pero si han de ser buenas (créame usted), se necesita toda la vida de un hombre, un ingenio muy sobresaliente, un estudio infatigable, observación continua, sensibilidad, juicio exquisito: y todavía no hay seguridad de llegar á la perfección.
D. Eleuterio.—Bien está, señor; será todo lo que usted dice; pero ahora no se trata de eso. Si me desespero y me confundo, es por ver que todo se me descompone, que he perdido mi tiempo, que la comedia no vale un cuarto, que he gastado en la impresión lo que no tenía...
D. Antonio.—No, la impresión con el tiempo se venderá.
D. Pedro.—No se venderá, no, señor. El público no compra en la librería las piezas que silba en el teatro. No se venderá.
D. Eleuterio.—Pues, vea usted: no se venderá; y pierdo ese dinero; y por otra parte... ¡Válgame Dios! Yo, señor, seré lo que ustedes quieran; seré mal poeta, seré un zopenco; pero soy hombre de bien. Ese picarón de don Hermógenes me ha estafado cuánto tenía para pagar sus trampas y sus embrollos; me ha metido en nuevos gastos, y me deja imposibilitado de cumplir como es regular con los muchos acreedores que tengo.
D. Pedro.—Pero ahí no hay más que hacerles una obligación de irlos pagando poco á poco, según el empleo ó facultad que usted tenga, y arreglándose á una buena economía.
D.ª Agustina.—¡Qué empleo ni qué facultad, señor! si el pobrecito no tiene ninguna.
D. Pedro.—¿Ninguna?