D. Eleuterio.—No, señor. Yo estuve en esa lotería de ahí arriba; después me puse á servir á un caballero indiano, pero se murió; lo dejé todo, y me metí á escribir comedias, porque ese don Hermógenes me engatusó y...
D.ª Mariquita.—¡Maldito sea él!
D. Eleuterio.—Y si fuera decir estoy solo, anda con Dios; pero casado, y con una hermana, y con aquellas criaturas...
D. Antonio.—¿Cuántas tiene usted?
D. Eleuterio.—Cuatro, señor; que el mayorcito no pasa de cinco años.
D. Pedro.—¿Hijos tiene? (Ap. con ternura ¡Qué lástima!)
D. Eleuterio.—Pues si no fuera por eso...
D. Pedro.—(Ap. ¡Infeliz!) Yo, amigo, ignoraba que del éxito de la obra de usted pendiera la suerte de esa pobre familia. Yo también he tenido hijos. Ya no los tengo, pero sé lo que es el corazón de un padre. Dígame usted: ¿sabe usted contar? ¿escribe usted bien?
D. Eleuterio.—Sí, señor, lo que es así cosa de cuentas, me parece que sé bastante. En casa de mi amo... porque yo, señor, he sido paje... allí, como digo, no había más mayordomo que yo. Yo era el que gobernaba la casa; como, ya se ve, estos señores no entienden de eso. Y siempre me porté como todo el mundo sabe. Eso sí, lo que es honradez y... ¡vaya! Ninguno ha tenido que...
D. Pedro.—Lo creo muy bien.