D.ª Agustina.—¿De veras, señor? ¡Válgame Dios!
D.ª Mariquita.—¿De veras?
D. Pedro.—Quiero hacer más. Yo tengo bastantes haciendas cerca de Madrid; acabo de colocar á un mozo de mérito, que entendía en el gobierno de ellas. Usted, si quiere, podrá irse instruyendo al lado de mi mayordomo, que es hombre honradísimo; y desde luégo puede usted contar con una fortuna proporcionada á sus necesidades. Esta señora deberá contribuir por su parte á hacer feliz el nuevo destino que á usted le propongo. Si cuida de su casa, si cría bien á sus hijos, si desempeña como debe los oficios de esposa y madre, conocerá que sabe cuánto hay que saber, y cuánto conviene á una mujer de su estado y sus obligaciones. Usted, señorita, no ha perdido nada en no casarse con el pedantón de don Hermógenes; porque, según se ha visto, es un malvado que la hubiera hecho infeliz; y si usted disimula un poco las ganas que tiene de casarse, no dudo que hallará muy presto un hombre de bien que la quiera. En una palabra, yo haré en favor de ustedes todo el bien que pueda; no hay que dudarlo. Además, yo tengo muy buenos amigos en la corte, y... créanme ustedes, soy algo áspero en mi carácter, pero tengo el corazón muy compasivo.
D.ª Mariquita.—¡Qué bondad!
(Don Eleuterio, su mujer y su hermana quieren arrodillarse á los piés de don Pedro; él lo estorba y los abraza cariñosamente.)
D. Eleuterio.—¡Qué generoso!
D. Pedro.—Esto es ser justo. El que socorre la pobreza, evitando á un infeliz la desesperación y los delitos, cumple con su obligación; no hace más.
D. Eleuterio.—Yo no sé cómo he de pagar á usted tantos beneficios.
D. Pedro.—Si usted me los agradece, ya me los paga.
D. Eleuterio.—Perdone usted, señor, las locuras que he dicho y el mal modo...