D.ª Agustina.—Hemos sido muy imprudentes.

D. Pedro.—No hablemos de eso.

D. Antonio.—¡Ah, don Pedro, qué lección me ha dado usted esta tarde!

D. Pedro.—Usted se burla. Cualquiera hubiera hecho lo mismo en iguales circunstancias.

D. Antonio.—Su carácter de usted me confunde.

D. Pedro.—¿Eh? los genios serán diferentes; pero somos muy amigos. ¿No es verdad?

D. Antonio.—¿Quién no querrá ser amigo de usted?

D. Serapio.—Vaya, vaya; yo estoy loco de contento.

D. Pedro.—Más lo estoy yo; porque no hay placer comparable al que resulta de una acción virtuosa. Recoja usted esa comedia (Al ver la comedia que está leyendo Pipí); no se quede por ahí perdida, y sirva de pasatiempo á la gente burlona que llegue á verla.

D. Eleuterio.—¡Mal haya la comedia (Arrebata la comedia de manos de Pipí, y la hace pedazos), amén, y mi docilidad y mi tontería! Mañana, así que amanezca, hago una hoguera con todo cuánto tengo impreso y manuscrito, y no ha de quedar en mi casa un verso.