ESCENA IV.
DOÑA IRENE, DON DIEGO.
D.ª Irene.—Es muy gitana y muy mona, mucho.
D. Diego.—Tiene un donaire natural que arrebata.
D.ª Irene.—¿Qué quiere usted? Criada sin artificio ni embelecos de mundo, contenta de verse otra vez al lado de su madre, y mucho más de considerar tan inmediata su colocación, no es maravilla que cuanto hace y dice sea una gracia, y máxime á los ojos de usted, que tanto se ha empeñado en favorecerla.
D. Diego.—Quisiera sólo que se explicase libremente acerca de nuestra proyectada unión, y...
D.ª Irene.—Oiría usted lo mismo que le he dicho ya.
D. Diego.—Sí, no lo dudo; pero el saber que la merezco alguna inclinación, oyéndoselo decir con aquella boquilla tan graciosa que tiene, sería para mí una satisfacción imponderable.
D.ª Irene.—No tenga usted sobre ese particular la más leve desconfianza; pero hágase usted cargo de que á una niña no la es lícito decir con ingenuidad lo que siente. Mal parecería, señor don Diego, que una doncella de vergüenza y criada como Dios manda, se atreviese á decirle á un hombre: yo le quiero á usted.
D. Diego.—Bien, si fuese un hombre á quien hallara por casualidad en la calle y le espetara ese favor de buenas á primeras, cierto que la doncella haría muy mal; pero á un hombre con quien ha de casarse dentro de pocos días, ya pudiera decirle alguna cosa que... Además, que hay ciertos modos de explicarse...